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20 de julio de 2024

El que cuenta las sílabasGabriel Albiac

Cadáveres en la Moncloa

¿Cosas de gánsteres? Puede. Pero las lógicas de clan son siempre idénticas

Actualizada 09:17

Es una historia de gánsteres, casi un canon del género. La incluye Dashiell Hammett en la compleja trama de su Halcón Maltés. ¿Ha leído Sánchez la novela de Hammett? ¿O alguien se la contó a ese killer, que se me antoja tan sin tiempo para frivolidades literarias? Puede que, en una noche de insomnio, atisbara la estupenda versión que John Huston hizo interpretar a Bogart en 1941. Sea cual sea el origen, también la muerte es plagiable.

La escena se desarrolla en el apartamento de un Sam Spade que es, junto a Philip Marlowe, el más legendario de los detectives de novela negra. Personajes, en torno a él: Kasper Gutman, esférico gánster de altos vuelos, a la caza de la legendaria joya que da título a la novela; su guardaespaldas, Wilmer Cook, matón histérico y, en lo primordial, pobre diablo; Brigid O’Shaugnessy, quintaesencia de mujer fatal; Joel Cairo, ese elegante psicópata que no puede faltar en una banda que se precie. Spade advierte a Gutman: la poli va a echarles el guante. Alternativa: que uno pague por los cinco. Mira al jefe. Y al pobre guardaespaldas. Y en ese cruce de miradas se cierra el trato. «Créeme, Wilmer» –susurra el gánster hipopotámico, con dulzura de hada madrina–, «créeme que siento perderte, y quiero que sepas que no te tendría más cariño si fueras hijo mío. Pero, compréndelo, si se pierde un hijo, siempre es posible tener otro; halcón maltés, sólo hay uno». Fin de partida: uno paga para que el negocio viva.

Pero no, la partida no ha terminado. Aún. Falta un último giro de tuerca: en él, toda la maestría literaria de Hammett se despliega. Nada de buenos y malos. Malos todos. Incluido el Spade que entrega a la policía a la mujer a la cual ama. Brigid ha matado a su socio. Y eso no es bueno para un negocio de detectives. Majestuoso adiós de los amantes: «Te voy a entregar a la policía. Lo probable es que escapes con cadena perpetua. Eso quiere decir que estarás libre dentro de veinte años. Eres un ángel. Te estaré esperando… Si te ahorcan, te recordaré siempre».

¿Cosas de gánsteres? Puede. Pero las lógicas de clan son siempre idénticas: para el delincuente como para el poli, para Gutman como para Spade, para Willmer como para Brigid. Ni buenas, ni malas: inexorables. Tenues fronteras separan las liturgias delictivas de las respetables. Todo reposa sobre un principio sagrado: llegadas las horas malas, el de abajo pagará siempre por el de arriba. Y su sacrificio será remunerado con la largueza que merece. Para que esa ley de grupo funcione se requiere, eso sí, ser discreto. El estruendo en sacrificios y compensaciones inhabilita su eficacia. La urgencia ha sido el peor enemigo de Sánchez. Año tras año, mes tras mes, su electorado se iba derritiendo: todo anuncia un derrumbe electoral que puede llevarse, con él, a su partido. No hay tiempo para maneras elegantes en una máquina tan de picar carne en vivo como lo es la política española.

En esa política, sólo la sangre fraterna restaura la virginidad desflorada. Y, virginidades, tenía muchas que reparar el doctor Sánchez. Su primera víctima estaba a la medida del primer honor perdido. ¿Había plagiado Sánchez su tesis doctoral? Pues se decapitaba vicariamente a la ministra Montón, que había plagiado, al 58 por ciento, su propio trabajo de fin de máster; y se la gratificaba con sueldo en la OEA. La segunda víctima fue un locutor televisivo transubstanciado en ministro de Cultura. ¿Corrían voces acerca de negocios familiares raros en torno al presidente? Hacienda decapitaba, en vicariato suyo, al bisoño ministro; digo yo que habrá vuelto a sus programas cardíacos. Lo de Ábalos fue más serio. ¿Se sospechaba del lugar venezolano en las finanzas de la coalición de Gobierno? ¿Qué mejor precio que la cabeza del guía de las maletas de Dalcy por Barajas? Y después, «lo de Gali»: casus belli con nuestro único proveedor energético fiable: Argelia, y la ministra Laya pasada por la guillotina con consolador cargo en París. Las dos últimas cabezas rodaron en el cesto esta semana: una nulidad llamada Lastra y una jurista, Delgado, que, vaya usted a saber por qué, vino a extraviarse en las delicias del cenagal político; quedan por fijar las compensaciones, es demasiado pronto. Habrá más sangre. Tanta cuanta el presidente juzgue precisa para lavar sus culpas.

Hacia el final de su versión cinematográfica, Huston –o puede que haya sido el mismo Hammett– interpola en el guion un fugaz guiño shakespeariano. ¿De qué precioso material estaba hecha esa estatuilla por la que pagaron todos? Bogart responde con desgana: «De la materia de la que están hechos los sueños».

Busco en La Tempestad los versos que preceden a esa sentencia en la voz del sabio Próspero que, con un súbito pase mágico, va a hacer que la tramoya implosione ante el ojo atónito de los espectadores: «Nuestra diversión ha llegado al final. Estos actores eran fantasmas todos y se disiparon en el tenue aire; y, a semejanza del edificio sin base de esta ficción, las altas torres, cuyas crestas tocaban las nubes, los solemnes templos y hasta el inmenso globo y cuanto sobre él descansa, se disolverán, y lo mismo que la diversión insustancial que acaba de esfumarse, no quedará de ello ni rastro».

Ni rastro. Ni sombra de uno. No fueron sueños. Fueron pesadillas.

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