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23 de julio de 2024

Perro come perroAntonio R. Naranjo

Juan de la Cierva

Mirar al pasado con ojos del presente no solo es una barbaridad histórica, sino también una indecencia política nada inocente: se trata de recuperar trincheras y detonar puentes, una tarea en la que el soldado Sánchez ha demostrado una pericia sin parangón

Actualizada 01:31

Juan de la Cierva fue un peligroso murciano insurgente que inventó el autogiro fascista, no como Arnaldo Otegi, fundador de una ONG de larga trayectoria humanitaria.

Por esos deméritos, y gracias a la Ley de Memoria Histérica de Zapatero que preludia la de Sánchez, escrita a medias con el terrorista batasuno, el Gobierno ha recurrido la decisión del Gobierno de Murcia de bautizar a su aeropuerto con el nombre de su ilustre paisano.

Se estrecha el cerco y, en breve, alguna luminaria antifranquista de Moncloa caerá en la cuenta de que Barajas tiene también el nombre de Adolfo Suárez, cuyos méritos en la Transición no pueden hacernos olvidar que perteneció al Movimiento.

Hasta ahí podríamos llegar, un fascista bautizando ese lugar del que saldrían Irene Montero o Yolanda Díaz de no optar por la sala vip del aeropuerto privado de Torrejón donde reposa el inclusivo Falcon a su servicio.

El revisionismo es lo que tiene: cuando te pones a hurgar, a todo el mundo le sale algún hito biográfico que, convenientemente adulterado, indulta o condena a cualquiera.

La Justicia, por ejemplo, acaba de perdonar a Largo Caballero y a Indalecio Prieto, dos insignes agitadores de la España previa a 1936, que volverán a tener placa en Madrid: bienvenida sea, así quien quiera podrá aplaudir y quien no podrá explicarle a sus hijos quiénes fueron y qué hicieron en aquellos tiempos guerracivilistas que ahora pretenden simplificar apelando a la maldad intrínseca de Franco.

Pero si los tribunales indultan a dos personajes dudosos, es de desear que lo hagan con un brillante ingeniero a quien culpan de haberle buscado a Franco el «Dragón Rapide» con el que inició, tras un vuelo a Marruecos, su asonada en la península.

Nada confirma esa acusación pero, aunque fuera cierta, es irrelevante: todo el mundo fue franquista o antifranquista o las dos cosas en una época en la que, por el mero hecho de existir ya te tocaba ser algo.

Mirar al pasado con ojos del presente no solo es una barbaridad histórica, sino también una indecencia política nada inocente: se trata de recuperar trincheras y detonar puentes, una tarea en la que el soldado Sánchez ha demostrado una pericia sin parangón.

Alguien tiene que pararlo y se me ocurre una idea: mientras Sánchez se va, a puntapiés electorales, dejémosle que juegue a lo que quiera y como quiera, con tal de no entrar en su juego maniqueo ya tercermundista.

Y si España tiene que llenarse de aeropuertos Caballero, autovías Pasionaria y hospitales Indalecio, que se llene: cualquier esfuerzo merecerá la pena para desactivar al miliciano Sánchez, un inútil incapaz de ganar las guerras económicas y sociales del presente pero dispuesto, siempre, a jugar la vuelta de la batalla del Ebro con un puño en alto indigno del siglo XXI.

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