06 de diciembre de 2022

Agua de timónCarmen Martínez Castro

Meloni y los siete enanitos

Todo el mundo mira a Meloni e interpreta a Meloni, pero nadie mira a sus rivales, que son los auténticos responsables del resultado electoral

La victoria de Giorgia Meloni ha sido recibida por la izquierda española con las habituales llamadas al zafarrancho de emergencia antifascista. Algunos se muestran más alterados por ella que por las atrocidades que Putin está perpetrando en Ucrania. Tal pareciera que esa señora bajita y de voz cazallera estuviera a punto de convocar una nueva marcha sobre Roma. Otros parecen más escandalizados por los melones que la candidata exhibió a modo de atributos en la jornada electoral. Cosas del populismo, que siempre resulta un poco zafio. Y todos sin excepción temen unas relaciones tormentosas con la Unión Europea. ¡Como si Italia estuviera en condiciones de renunciar a los 200.000 millones de fondos Next Generation negociados por Draghi!
Todo el mundo mira a Meloni e interpreta a Meloni, pero nadie mira a sus rivales, que son los auténticos responsables del resultado electoral del pasado domingo. Los italianos votaron mayoritariamente a una outsider y a la abstención. Es lo que suele ocurrir cuando la política deja de ser útil para los ciudadanos: estos le acaban dando la espalda. Yo no creo que los italianos se hayan vuelto de extrema derecha de sopetón ni que suscriban los excesos del discurso identitario de la señora Meloni; tampoco creo que quieran cuestionar su pertenencia a la Unión Europea, creo que sencillamente han votado a la única candidata que no tenía nada que ver con los políticos que les llevan desgobernando demasiados años.
Desde que Bruto asesinó a César los puñales no han dejado de marcar el desarrollo de la política italiana, pero en los últimos años esa tradición ha llegado al paroxismo. La clase política del país se ha convertido en un elemento disfuncional y una rémora para el progreso general. La azarosa y breve historia del gobierno reformista liderado por Draghi es el mejor ejemplo de lo que digo.
Meloni, que desde el principio se quedó fuera de aquel gobierno de unidad, fue más leal desde la oposición a Draghi que sus socios en el ejecutivo. Ahora su primera decisión ha sido negar a Salvini la capacidad de condicionar al gobierno y buscar en Draghi un anclaje a sus relaciones con Bruselas. Me parece un doble acierto.
A diferencia de sus antecesores la nueva líder italiana cuenta con una legitimidad añadida para hacer frente a los retos que tiene ante sí. Ella ha sido la más votada por los ciudadanos, algo que nunca pudieron decir ni Monti ni Draghi ni Renzi ni Conte. Italia se había acostumbrado a tener primeros ministros que no se habían presentado a las elecciones y Meloni es la primera que vuelve a conectar la gobernabilidad del país con el valor irrenunciable del voto ciudadano.
Ese voto ciudadano ha castigado a la política de irredentos conspiradores ajenos al interés general y castigará a Meloni si no es capaz de elevarse sobre las ruinas esa manera enfermiza de hacer política.
En cuanto a los alarmados por el fascismo, mejor harían si miraran más a Moscú y menos a Roma.
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