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25 de junio de 2024

Aire libreIgnacio Sánchez Cámara

Galicia en un hilo

La alternativa hoy, en Galicia y en toda España, es la continuación del proceso de avance del Frente Popular secesionista o su detención

Actualizada 01:30

No es solo el Gobierno autonómico de Galicia lo que está hoy en juego. En situaciones graves o extraordinarias, lo que se decide es siempre grave o extraordinario. Los gallegos deciden básicamente entre comunismo y libertad. El hecho de votar no garantiza la libertad porque se puede votar servidumbre e iniciar un proceso de destrucción de la libertad con muy difícil retorno. Un partido, el Socialista gallego, puede llegar a ser casi insignificante y, sin embargo, llegar a gobernar en coalición. Pero, en realidad se tratará de un gobierno comunista dirigido por el Bloque Nacionalista, mezcla explosiva de comunismo y separatismo.

La alternativa hoy, en Galicia y en toda España, no es la clásica entre socialdemocracia, por un lado, y liberalismo y conservadurismo, por otro. La socialdemocracia no existe hoy en España, salvo en un reducido grupo de socialistas acobardados o que ya no tienen nada político que perder. La alternativa es la continuación del proceso de avance del Frente Popular secesionista o su detención. Hablar de un posible gobierno de progreso con el Partido socialista y el Bloque es peor que una broma macabra. Independientemente de que la palabra «progreso» se haya convertido en algo políticamente inservible. Pues la idea de un progreso hacia el comunismo, es decir, hacia la ruina y la opresión, parece sarcasmo. O se abre un tercer frente secesionista promovido por el comunismo o se frustra. En el primer caso, las consecuencias serán gravísimas. A Cataluña, el País Vasco y sus pretendidos satélites se uniría Galicia. Hasta ahora, la única buena noticia en los últimos años ha sido el revés del Frente en la Comunidad valenciana y Baleares. Si cae Galicia, la situación será muy grave para la libertad, la Constitución, el Estado de derecho y la unidad nacional. Se trata de mucho más que de una alternativa entre políticas económicas, sociales y culturales o de un incremento o no de la acción del Estado o de las Comunidades. No es un conflicto entre ideologías, sino la pretensión de expulsar de la vida pública al menos a la mitad de los ciudadanos. Decía Ortega y Gasset que el que todo lo ve políticamente es un majadero, pero quien no se ocupa nunca de política es un inmoral. Estados ante uno de esos casos en los que no ocuparse y preocuparse de política es un acto inmoral. Conviene no ser ni majadero ni inmoral.

No hay un partido católico cuyos representantes puedan ser elegidos. El PP no lo es. Vox tampoco. Pero sí hay partidos más o menos próximos (o alejados) de la doctrina social de la Iglesia. Desde un punto de vista puramente religioso, la opción moral sería la abstención. Pero, aparte de lo ya dicho, la política no es asunto puramente religioso. Una cosa es la salvación de los hombres y otra el gobierno de los pueblos, aunque no sean absolutamente independientes. Si no hay una política cristiana, sí hay muchas anticristianas. Por ejemplo, el comunismo y el nacionalismo, justo los dos componentes esenciales del actual Frente popular. En este sentido, decir que da moralmente lo mismo votar al PP que a este PSOE o a Sumar es una necedad. No creo que sea conveniente, ni siquiera posible, la existencia de un partido político católico. Sí la de partidos que no sean anticatólicos y puedan inspirarse, al menos en parte, en la doctrina social católica. El cristianismo no es una ideología.

Hoy deciden los gallegos, no el pueblo gallego. El resultado electoral no es la voluntad de un sujeto colectivo, sino el conjunto de centenares de miles de decisiones individuales. El lógico Frege sostenía que el concepto de «la voluntad del pueblo» carece de una referencia universalmente aceptada. Hay que votar con responsabilidad moral, pero lo que llaman «voto útil» no constituye un acto inmoral. El primer objetivo moral es detener este «proceso». Lo mejor es votar la opción más adecuada para lograrlo. El voto es un instrumento, no un fin en sí.

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