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13 de junio de 2024

Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Bailando en la cubierta del Titanic

El iceberg de una Europa con el alma dañada: 336 eurodiputados votan a favor de que el aborto sea un «derecho fundamental» y solo 163 en contra

Actualizada 10:21

En la Edad Media, los europeos eran un hatajo de brutos frente a civilizaciones ya tan sofisticadas como la china. Nadie apostaría por ellos. Pero se convirtieron contra todo pronóstico en dueños del mundo. En su libro Civilización, el elocuente historiador escocés Niall Ferguson habla de «cinco aplicaciones letales» que explicarían el despegue de Europa a partir de 1500. Son la competencia entre los estados nación –germen del capitalismo–, el imperio de la ley, la ciencia, la medicina, el consumo y la ética de trajo. Ferguson se fuma el acicate evangelizador cristiano, pero acierta bastante.

Sin embargo hubo un reverso oscuro tremendo, que vapuleó al continente, con un siglo XIX que arranca con la calamidad de las guerras napoleónicas y un siglo XX espantoso, con la destrucción total de las dos guerras mundiales y los insuperables horrores del Holocausto nazi y las matanzas de Stalin.

Tras desangrarse en la Segunda Guerra Mundial, Europa, exhausta y aparentemente arrepentida del veneno nacionalista, se rehace sobre tres pilares:

-Arrienda su seguridad militar a Estados Unidos a cambio de acoger sus bases y someterse a su tutela, lo que deja dinero sobrante para otros gastos públicos.

-Funda el gran club de una comunidad europea, que convierte en socios a los enemigos mortales de unos años antes.

-Implanta de facto un modelo socialdemócrata, con impuestos atosigantes a cambio de prestaciones sociales, que es asumido incluso por los partidos de derechas.

Lo que acabamos de describir convirtió a Europa Occidental durante algunas décadas en uno de los espacios con mayor calidad de vida del mundo. Pero hoy bailamos sobre la cubierta del Titanic. Empezamos a vivir de rentas, no inventamos nada y flotamos sobre un globo ingobernable de deuda. Todo agravado por unos políticos sin pensamiento profundo ni original, que han apagado las luces largas atosigados por el cortoplacismo electoral y la taquicardia de la información instantánea.

A comienzos del siglo XX, Europa todavía destaca en vanguardia de las novedades tecnológicas y los avances médicos. Hoy no rascamos pelota en el mundo digital, donde somos rehenes comerciales de gigantes estadounidenses y chinos. ¿Cuál es la marca europea de móviles, o el portal de búsquedas, o la red social europea, o nuestro Amazon o Alibaba de comercio electrónico…? No existen. Incluso el tren de la IA nos está pasando de largo. En lugar de competir por el futuro, seguimos anclados en morriñas románticas subvencionadas. El resultado es un crecimiento rácano, dopado además por los chutes del BCE, sin reparar en que el volcán de deuda está llamado a estallar.

Los ingresos de las clases medias europeas han ido menguando desde los años noventa, mientras se disparaban los asiáticos. Nuestros países han envejecido dramáticamente, porque hemos construido sociedades hedonistas, donde los niños son una carga que limita el ocio perpetuo al que nos hemos acostumbrado en décadas de bonanza. La solución adoptada por Europa es parchear su demografía imposible y sus pocas ganas de trabajar con una llegada masiva de inmigrantes. Lo cual suscita fricciones que la corrección política se niega a encarar (ahí están Francia y Bélgica como epítome del fracaso, con guetos donde la policía ya no puede entrar).

Con semejante panorama, el terreno está abonado para que germinen los populismos efectistas, con soluciones simplistas para todo. Unos postulan otra vuelta de tuerca al híper fracasado socialismo. Otros, el retorno a un nacionalismo de líder fuerte.

Europa está enferma también de estatalismo, en lugar de oxigenarse con la libertad e iniciativa del individuo. Tal propensión se ha incrementado desde que el único país con alma liberal, el Reino Unido, dio portazo al club europeo, dejándonos en manos de las muy anquilosadas Francia y Alemania, adoradoras del estatismo.

Los lastres del Titanic europeo los completa el problema moral. Los valores cristianos, argamasa de nuestra civilización junto al derecho romano y la filosofía griega, están siendo sustituidos por un «progresismo» diletante y relativista, que prima un YO egotista y victimista.

Nada simboliza mejor la avería del alma europea que la tristísima votación de ayer en la Eurocámara: 336 eurodiputados a favor de incorporar el aborto a la carta europea de derechos, con solo 163 en contra. La propuesta incluía además disparates como acabar con la cláusula de conciencia de los médicos, o incorporar una asignatura en Medicina donde se enseñe a matar al nasciturus. Al otro lado del charco occidental, en Estados Unidos, el seudo católico Biden convierte el aborto en su bandera electoral y Trump, que parecía estar en contra, ha empezado a replegarse por temor a que la causa de la vida le reste votos.

Europa tiene un agujero moral y otro económico; es una birria en el concierto diplomático –vean el caso que les hacen por ahí a Úrsula y al frenético Borrell–; y carece de un poderío militar disuasorio frente a matones como Rusia o Irán (...o Marruecos).

Pero eso sí: tenemos cocineros-filósofos que han inventado la emulsión de gelatina de percebe, somos los más LGTBIQ+ del orbe y a eutanasia no nos gana nadie.

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