Miguel Ángel Blanco vuelve a ser asesinado
28 años después de su crimen, las víctimas están peor que los verdugos y el amigo de los asesinos elige quién gobierna en España
Miguel Ángel Blanco sería hoy algo mayor que yo, que ya soy un señor mayor, peinaría alguna cana o ningún pelo, estaría viendo corretear a sus primeros nietos tal vez y quizá sería alcalde de Ermua, presidente autonómico o un feliz economista retirado de la política y desconocido más allá de su entorno.
Pero ETA lo asesinó hace 28 años, cuando no llegaba él a los 30, después de secuestrarlo y torturar a todo un país, sobrecogido por la cuenta atrás que sus verdugos anunciaron: o liberaban a no sé cuántos, o aquel joven concejal casi anónimo moriría. Y murió.
Una vida vale más que una investidura, pero el Estado entendió que, si se cedía al chantaje, la extorsión nunca acabaría, una lección que Pedro Sánchez nunca ha querido aprender: él si aceptó el impuesto revolucionario de Otegi, y el de Junqueras, y también el de Puigdemont, con el resultado por todos conocido. Accedió a la Presidencia, sí, pero con un pacto que solo le permite gobernar para atender las instrucciones de sus propietarios, cada vez más constantes y peores.
Los peajes del separatismo catalán son muy conocidos: indultos, amnistías, inmigración, condonación de la deuda y, ahora, toca el cupo catalán, un Poder Judicial propio y un referéndum; tropelías inconstitucionales todas que Sánchez sin embargo intentará atender para que le ayuden a cambio a tapar su derrota, su corrupción y sus saunas.
Pero de los del independentismo vasco se habla menos, y todos se resumen en uno: nadie que en 1997 no tuviera al menos 20 años se acuerda de Miguel Ángel Blanco, pero muchos creerán que Arnaldo Otegi es un demócrata resultón, con esas pintas de viejoven antifascista que le distancian del político tradicional.
Otegi estaba en la playa cuando ETA asesinó al hijo de un albañil llegado al País Vasco desde una aldea de Orense, donde ahora descansan ambos: la tumba de Miguel Ángel era asaltada en el pueblo del que era un humilde concejal del montón y tuvo que ser evacuada a Faramontaos, la aldea gallega oriunda de la familia, donde la han cuidado durante años Aurelio y Pacita, dos de sus tíos, por la falta ya de sus inolvidables padres.
«Pasamos allí el día, como tantas familias», dijo el entonces líder de Batasuna y hoy de Bildu, que nunca ha condenado el terrorismo ni mucho menos ha mostrado intención de ayudar a esclarecer los 300 asesinatos sin resolver. Sí ha lamentado el dolor causado, una expresión ofensiva que vale para un fenómeno meteorológico o un accidente y que despersonaliza el origen premeditado y cruel de ese dolor concreto, el que causa el terrorismo.
No sabemos qué hubiera sido de Miguel Ángel, pero sí que ha sido de sus verdugos y de los socios de sus verdugos. Los primeros están en la calle o cerca de estarlo, en muchos casos sin haber cumplido condena, por una decisión arbitraria de Sánchez: transfirió las competencias penitenciarias al País Vasco y trasladó allí a los etarras, sin el visto bueno de los profesionales de sus cárceles primigenias, con la intención de que al llegar a ellas lograran el favor penitenciario. Y eso ocurrió.
Y de los segundos no hay duda: eligen quién preside España y Navarra, han redactado a medias con el PSOE la Ley de Memoria Democrática y son, gracias a las maniobras blanqueadoras del beneficiario a título lucrativo de los prostíbulos del suegro y de sus meretrices mediáticas, un partido ejemplar, progresista y sin pasado reprochable: el PP es heredero de Franco y VOX de Hitler, dicen los mismos que se enfadan si les recuerdas que Bildu es el disfraz de Sortu, que Sortu es Batasuna y que al frente de ese tinglado está el tipo que pasó el día en la playa y el último jefe de ETA.
En el homenaje a Blanco en Ermua se dio un dato estremecedor: solo el 2,6 % de los alumnos de España estudian en sus colegios la larga etapa del terrorismo etarra. Pero todavía alguno sostiene que no han ganado: nadie recuerda quiénes eran y hasta han logrado que los niños no sepan quién era Miguel Ángel.
La derrota del horror no solo consiste en que desaparezcan las armas: necesita la reparación de las víctimas, si acaso eso está al alcance, y un epílogo correcto y sencillo. Que se sepa quiénes eran los buenos y quiénes los malos. Que los nietos de los terroristas sientan vergüenza de sus abuelos y nunca tengan la tentación de emularles. Y que quienes ponían las nucas no sean más castigados en las urnas que quienes ponían las bombas. No es tan difícil: solo hay que hacer lo correcto, pero para eso es necesario ser una persona decente, como era Blanco, como no es Sánchez.