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Perro come perroAntonio R. Naranjo

Pedro feminista

El feminismo de Sánchez es como su lucha contra la corrupción y por eso las mujeres le abandonan, salvo las que viven de callarse

El Partido Sanchista presume de feminista, como lo haría de terraplanista si el terraplanismo diera votos, aunque luego tiene dificultades para poner su comportamiento a la altura de sus eslóganes. Ellas practican un feminismo consistente en soflamar comportamientos ajenos y silenciar los abusos en su entorno. Y ellos, con el propio Sánchez al frente, en callarse, mirar para otro lado e incluso promocionar a quienes tienen de feministas lo que Cerdán de empresario.

Ahora ha salido Adriana Lastra, Miss Asturias original, a revelar con aflicción que ella fue acosada laboralmente por Santos Cerdán y a sugerir que le constaban los comportamientos babosos de Salazar, caído por fuego amigo cinco minutos antes de que Sánchez le entregara la dirección del PSOE, a pachas con los hombres de Zapatero y de Blanco.

Pero cuando la flamante Adriana dejó la primera fila del PSOE, abandonada por su mentor, cacareó como causa su embarazo, que es lo menos feminista que puede alegarse: convierte la gestación en una especie de enfermedad inhabilitante y lanza el mensaje funesto de que no se puede ser madre y mantener el trabajo, pese a que el suyo le permitía hacer pedagogía de lo contrario.

Si ella no se atreve a defenderse de los «machistas», miente en público sobre las razones auténticas de su salida y acepta un castigo laboral tercermundista por engendrar, ¿qué no pensará una humilde auxiliar de limpieza en una contrata municipal, con tres hijos y un piso de alquiler en un cuarto sin ascensor?

Lastra aceptó su inmolación a cambio de una promesa laboral futura que se cumplió: se calló para que no se enfadara Sánchez y al final logró el cargo de delegada del Gobierno en Asturias, que Dios aprieta pero no ahoga si se aceptan sus designios por caprichosos e inmorales que sean.

Y el feminismo de Sánchez es aún peor que el de Lastra, y patina incluso en público con los torpes bodegones que le genera la Torpeza Artificial de la Moncloa, su departamento más delicioso: hay que tenerlos cuadrados para obligar a 30 o 40 mujeres socialistas a besarle y aplaudirle, como si fuera un sultán en su harén, en un acto destinado a compensar la pasión putera de sus más ilustres protegidos, esos que hablan de mujeres como si estuvieran comerciando con mulas en una feria de ganado.

Pero hay más. Sánchez expulsó al tal Francisco Salazar, compañero de fatigas desde los tiempos del famoso Peugeot, por unas denuncias anónimas que se publicaron el sábado, antes del Comité Federal y Mesiánico, pero le constaban desde 2018, lo que ya deja muy claro que su feminismo es tan de pega como su lucha contra la corrupción.

Porque si hace siete años el comportamiento de «Paco» no era grave, no debió echarlo al foso de los leones el sábado. Y si lo era, no debió mantenerle en la Moncloa ni intentar darle galones en el PSOE hasta el último suspiro. La moraleja es sencilla: a Sánchez solo le importan que el machismo, el acoso, la violencia sexual o la corrupción se conozcan públicamente, no que existan incluso a su vera, y solo reacciona cuando trascienden, con una respuesta artificial e hiperventilada con la que pretende presentarse como campeón de una lucha que en realidad ha pisoteado.

Quien pontifica contra la prostitución cuando en su propia casa se ha medrado gracias a ella demuestra una infinita amoralidad, que solo engaña ya a quien vive de sostener el bulo y ejerce de sacerdote o monaguillo de una secta de adoración empadronada ya en El Palmar de Troya.

Por eso, de todos las adversidades que reflejan los sondeos electorales serios, uno destaca por encima de todos: las mujeres han abandonado a Sánchez, y ya solo le votan Pilar Alegría, María Jesús Montero, Begoña Gómez y, por supuesto, Adriana Lastra.

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