Oda a la familia
La familia es eso: el primer lugar donde se aprende a amar, no a base de teorías, sino a base de unión y fe. Amar al que piensa distinto, al que molesta, al que te conoce demasiado, al que se equivoca, al que tiene mal carácter. La familia es la primera escuela moral, el primer templo, donde se sirve, se cede, se perdona
En la última semana, he tenido varios planes seguidos con mis hermanos y mis primos y no dejo de pensar en lo afortunado que soy. La familia es la institución más importante de la humanidad, la primera red que sostiene, el primer lugar donde uno aprende a amar, a compartir, a servir, a pensar en los demás. En la familia se quiere, se pelea, se ríe, se apoya, se burla, se aguanta. Todo lo importante empieza ahí.
En la mía somos siete hermanos. Yo, el pequeño. Una casa siempre llena de ruido, de platos, de discusiones, de órdenes y de risas. Mi padre siempre ha sido muy jerárquico, muy de respeto y disciplina. «Yo, general; tú, soldado», nos ha repetido mil veces. Y así nos ha educado: mano firme, pero justa. Mi madre también es disciplinada, pero pone todo su corazón, más mano izquierda, una forma más suave de instruir. En casa, lo normal y esperado era hacer las cosas bien. Si sacabas sobresalientes, eras educado, recogías tu cuarto y todo eso, nadie te aplaudía; era lo que tenías que hacer y punto. Mis padres nos enseñaron (eso espero) a cumplir con la vida y a hacerlo con integridad y bondad (con el «1» delante, que decimos en casa).
En las familias grandes, el orden se impone solo. Hay normas no escritas que nadie discute. En la mesa, se servía primero a mis padres, luego al hermano mayor, después al siguiente, y así hasta que me tocaba a mí, cuando la bandeja ya venía flaca. En el coche, el asiento de copiloto era trono reservado al mayor que estuviera presente. Y la propiedad era mancomunal: se compartía la ropa, los coches, los ordenadores, los libros… Creo que no tuve un pantalón realmente mío hasta los catorce años. Además, en las familias grandes siempre hay hermanos con especial talento para robar ropa ajena. Pero en todo esto hay enseñanzas: en la familia se aprende que no eres el centro de nada, y que compartir ha de ser una actitud de vida.
Los hermanos mayores son pioneros. Son los primeros en discutir con los padres, en equivocarse, en probar suerte. Abren camino. Los pequeños lo recorremos, muchas veces con menos esfuerzo, pero también con la sensación de llegar siempre tarde. Eso enseña humildad y gratitud. Aprendes a observar, a escuchar, a adaptarte. Y aprendes que el amor fraternal tiene mucho de orden natural: cada uno ocupa su sitio y todos, de alguna manera, lo aceptamos. Y ese orden permanece. Por muchos años que pasen, el pequeño sigue siendo el pequeño. Se nota en las discusiones, en el tono, en las decisiones. Los mayores hablan con una autoridad natural, y los pequeños, aunque tengan 60 años, conservan el reflejo de escuchar antes de responder. Son papeles eternos.
Con los años, la familia cambia de forma. Cuando eres joven, la familia es horizontal: hermanos, primos, tíos, todos en un mismo plano. Las comidas ruidosas, los juegos familiares, las celebraciones multitudinarias. Luego creces y la familia se vuelve más vertical. Ya no miras tanto a los lados, sino hacia arriba, a tus padres, y hacia abajo, a tus hijos. Y descubres, y valoras, y agradeces lo que antes eras demasiado inmaduro para ver: el esfuerzo silencioso y constante de tus padres, la paciencia de tus abuelos, la dedicación y el amor que, en la familia, alcanza todo su sentido.
Los abuelos son el pegamento que une todo. Los nuestros eran la referencia. Cada domingo íbamos a comer con ellos. Y en verano, Asturias: aquella casa, Santa Bárbara, llena de primos (los de sangre y la pandilla ampliada, con los Figaredo como baluarte), meriendas, juegos y playa, cuando el tiempo permitía. Ahora son nuestros hijos los que pasan los veranos con sus abuelos. Hay algo hermoso en esa continuidad: ver repetirse los gestos, oír las mismas risas, sentir que lo que empezó hace generaciones sigue vivo. Recuerdo que mi abuela, antes de morir, nos dijo solo una cosa: «Mantened la familia unida». Con los años he entendido que no hay legado más sabio que ese.
No hay familia perfecta. En todas hay diferencias, comparaciones, egos, silencios. Hay quien se va lejos, quien se enfada, quien se cansa. Pero si el amor es verdadero, siempre encuentra el camino de vuelta. La familia es eso: el primer lugar donde se aprende a amar, no a base de teorías, sino a base de unión y fe. Amar al que piensa distinto, al que molesta, al que te conoce demasiado, al que se equivoca, al que tiene mal carácter. La familia es la primera escuela moral, el primer templo, donde se sirve, se cede, se perdona.
Cuando pienso en quién soy, pienso en mi familia. En mis padres, que nos enseñaron a hacer siempre lo que se debe. En mis hermanos, que me enseñaron a tener carácter. En mis abuelos, que nos recordaron que nada vale la pena si no se hace con sacrificio y amor. Y, en los últimos años, pienso en mis hijos y en qué ejemplo quiero darles como padre.
Tener familia es un regalo de Dios, y estos regalos hay que valorarlos, cuidarlos, protegerlos, conservarlos. ¡Viva la familia!