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Perro come perroAntonio R. Naranjo

Sánchez en el caserío de Otegi

¿Qué más da si se vieron en un zulo si las consecuencias del pacto entre PSOE y Bildu son tan escandalosas y evidentes ya?

Que Otegi suene más veraz que Sánchez cuando niega un encuentro entre ambos en un caserío clandestino para engrasar la llegada del segundo a La Moncloa deja clara la catadura del personaje, su credibilidad política y su autoridad moral: resulta más convincente el jefe de Sortu, la matriz de Bildu, el partido hermanado con Batasuna que tiene en su dirección al último jefe de ETA, que el secretario general del PSOE y presidente del Gobierno.

Le pasa con cualquiera: Koldo, Aldama, Ábalos, Cerdán, Puigdemont y hasta Miss Asturias resultan más creíbles, en cualquier cosa, que un mentiroso en serie conocido por decir una cosa y hacer la contraria mientras piensa ya en la siguiente tropelía utilitaria: el saco de trolas sanchistas no tiene fondo, atiende siempre a un fin espurio, carece de líneas rojas y se completa con todas las trampas imaginables, resumidas en la tranquilidad con la que buscó una investidura gracias a un terrorista, un prófugo y un golpista para ayudarles a todos ellos, a cambio, en su tarea de demolición del Estado.

Ya puede Sánchez decir que no se vio con el viejo secuestrador en un caserío, que todo el mundo cree que sí lo hizo, básicamente porque más allá del lugar exacto para la coyunda, la hubo y procreó engendros ya irrevocables: da igual el origen exacto, pues, porque los efectos son públicos y notorios.

Empezando por el principio: Sánchez no sería presidente sin el visto bueno de Otegi. Punto. No hay más preguntas, señoría: el líder del PSOE le debe el cargo a un etarra que nunca ha condenado el terrorismo, al que se refiere como si fuera una especie de fenómeno meteorológico a lamentar y no la acción sangrienta, premeditada y sostenida de la chusma que más amenazó el asentamiento de la democracia en la Transición y los albores del relevo a la dictadura.

A partir de ahí, que no esté claro dónde se negoció y quiénes lo hicieron, es menos relevante que la certeza de que Sánchez, a cambio de ese préstamo, ha tenido que pagar mensualidades terribles para España y solo productivas para él.

Porque este otro Pequeño Nicolás de la fantasmada con éxito ha ayudado en estos años a reescribir la historia del horror, diluyendo la distancia sideral entre víctimas y verdugos con una Ley de Memoria que las equipara. Ha entregado Navarra al delirante universo abertzale, diluyendo el carácter fundacional de España del viejo reino foral en una especie de franquicia forzada del independentismo vasco.

Ha intercambiado presupuestos e investiduras por votos, retorciendo las normas para acercar presos al País Vasco y, desde allí, salir a la calle por la puerta de atrás, en otra variante creativa del indulto indirecto igual de nefanda que las aplicadas, con distintas fórmulas, a Puigdemont, Junqueras, Chaves, Griñán y pronto a Álvaro García Ortiz, siempre por los servicios prestados.

Y por encima de todo, ha resucitado al independentismo, vasco o catalán, y estimulado el cantonalismo en otras latitudes, plagadas de partidos y de ceporros que han visto en la debilidad de este PSOE una plataforma de crecimiento; humillando al Estado de derecho, a sus servidores en las peores circunstancias y dejando plantada de nuevo la semilla para que rebrote, con su cara más cruel, cuando las circunstancias cambien y eche de nuevo un pulso, cargado de la legitimidad regalada por este indecente.

Si aparece una prueba de que Sánchez se vio con Otegi en un zulo, con Koldo al volante, Cerdán de escolta y Antxón Alonso de intermediario, la caída de Sánchez será oprobiosa e inevitablemente rápida. Pero si no aparece, lo sustantivo no varía: el Gobierno es en sí mismo un inmenso caserío, y las llaves de la propiedad están en el bolsillo de Otegi y de sus primos hermanos más abyectos.

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