Fundado en 1910
El astrolabioBieito Rubido

Cuando los bancos se convierten en cafeterías

No sé de qué vivirán si pierden al pequeño cliente, ya que las grandes corporaciones en más de una ocasión se han llevado algún banco por delante. Al final va a tener razón Mark Twain cuando decía que el banco es ese señor que te deja el paraguas cuando hace sol y te lo retira cuando llueve

En nombre de la originalidad se cometen muchas tropelías, a veces estéticas, otras morales y, lo peor de todo, innecesarias. Y ya sabe el lector que todo lo innecesario suele acabar en un error. Desconozco lo que se esconde en la estrategia de algunas entidades financieras empeñadas en convertir las clásicas sucursales bancarias en cafeterías. Ahora los directores de agencias a pie de calle deben saber más sobre tipos de café o té que de cómo cotizó ayer el euríbor. Me llama la atención que hagan esto algunos bancos que ya no dan créditos a empresas hosteleras porque creen que España sufre una burbuja de restaurantes. Tal vez no les falte razón, pero entonces no entiendo su empeño en convertir hermosos patios de operaciones de viejos edificios bancarios en simples cafeterías, donde te dan citas que nunca se cumplen en su horario y donde, además, el cliente va a resolver un problema o una duda, y no a tomarse un chocolate con churros. Allá ellos, pero harían mejor cobrando menos comisiones o bajando los intereses en lugar de gastarse dinero en esa supuesta originalidad que nadie acaba de apreciar.

Cuando en un partido de fútbol el portero acude veloz a rematar un saque de esquina al área contraria, malo. Eso quiere decir que su equipo va perdiendo. Por eso, cuando vea que los bancarios se han convertido en camareros, échese a temblar. Malo también. Uno acude a la sucursal bancaria a pedir un crédito, a negociar un plazo, a ingresar o a retirar dinero, o a pedir algún tipo de asesoramiento. Para tomarse un café ya hay una gran oferta en la misma calle. Sería mejor que enseñasen un poco más de amabilidad a sus empleados, tal vez un curso de empatía con el cliente u otro de simpatía y comprensión con los más mayores.

Hubo un tiempo que las entidades financieras se habían convertido en bazares. Ibas a solicitar una tarjeta y te ofrecían una vajilla. Eso tenía una disculpa en mi pueblo, donde en la tienda de Agustín pedías un par de calcetines y lamentaba que no los tenía en ese momento, pero que había llegado el Hola. A Agustín se le podía perdonar eso y mucho más, ya que era la bondad personificada y le movía siempre un ánimo de servicio y atención a sus parroquianos. No es lo que uno encuentra habitualmente en su banco de cabecera. En ocasiones, haces la cola mientras cinco empleados están mirando el móvil y dejan a su compañero de la caja refrenar el mal ánimo del cliente medio. A veces uno cree que los bancos se han convertido en maquinarias hostiles al cliente y no sé de qué vivirán si pierden a ese pequeño cliente, ya que las grandes corporaciones en más de una ocasión se han llevado a más de un banco por delante. Al final va a tener razón Mark Twain, que solía decir que el banco es ese señor que te deja el paraguas cuando hace sol y te lo retira cuando llueve.

Se suele decir que los bancos son la corriente sanguínea de la economía y que sin esa corriente no funcionaría la economía. Estoy de acuerdo: lo que ocurre es que por el sistema sanguíneo corren glóbulos rojos, blancos y, a veces, plaquetas que te matan. Tal vez, para reconciliarse con esa legión de paciente y sufridora clientela, no se les ha ocurrido nada mejor que convertir la vieja y clásica sucursal en una cafetería. Mientras, en las clásicas cafeterías, te tratan cada vez peor. El camarero que antes te preguntaba qué querías tomar, te lo servía y te lo cobraba ha desaparecido. Ahora tienes que hacer cola, llevar una solicitud a una barra y finalmente pasar tú por caja a abonar el café, ese que ahora te quieren dar los financieros mientras te cuelan una póliza de seguros más sin que tú te enteres. Y qué decir de las compañías de seguros: cada vez que tienes un siniestro encuentran todo tipo de excusas para no atender tu demanda.

Al terminar de escribir esto, me planteo si la edad me está volviendo un poco cascarrabias o el afán por la ruptura con el pasado se quiere presentar como una evolución de lo tradicional, que es lo que algunos entienden por originalidad.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas