Teatro electoral
Se envuelven en la bandera de la justifica fiscal ante la opinión pública y, sin embargo, se rinden de hinojos ante las exigencias de una burguesía trasnochada que defiende a ultranza sus regalías medievales. Cabalgando contradicciones, como diría Pablo Iglesias, por un puñado de votos. Los suficientes para no acabar descalabrado
Susto o muerte. Esta es la disyuntiva ante la que María Jesús Montero coloca a las comunidades autónomas cuando las reúne en el Consejo de Política Fiscal y Financiera para reformar el sistema de financiación. O aceptan el trágala de los separatistas, que condena a los ciudadanos del resto de España a una posición de inferioridad a la hora de acceder a los servicios públicos frente a los que viven en Cataluña, País Vasco o Navarra, o tendrán que renunciar a los ingresos adicionales que la señora de Hacienda reserva para ablandar conciencias y torcer voluntades. Es un trágala en toda regla, jugando a la ruleta con el dinero que sale del bolsillo de los ciudadanos, que ya ni siquiera aceptan sus propios compañeros de partido.
La decisión de sobrevivir a toda costa obliga a este gobierno a ejercer un contorsionismo delirante. Suben impuestos, crean nuevas figuras tributarias y se llenan la boca agrediendo verbalmente a los ricos, calificando de ese modo a cualquiera con una remuneración suficiente para poder pagar una hipoteca, al tiempo que blindan sus propios privilegios. Se envuelven en la bandera de la justifica fiscal ante la opinión pública y, sin embargo, se rinden de hinojos ante las exigencias de una burguesía trasnochada que defiende a ultranza sus regalías medievales. Cabalgando contradicciones, como diría Pablo Iglesias, por un puñado de votos. Los suficientes para no acabar descalabrado.
Pedro Sánchez sabe que no serán Andalucía, Aragón o Castilla y León quienes le den suficientes escaños para engordar su grupo parlamentario, ni siquiera Extremadura, sino Cataluña o País Vasco. Ese ha sido su modelo desde que se enfrentó en primarias a Susana Díaz para disputar la secretaría general del PSOE: sumar a las fuerzas centrípetas del sistema antes que convertirse en el portavoz y representante de los consensos que reúnen a las grandes mayorías. Ha cosechado triunfos sembrando cizaña y discordia entre derechas e izquierdas, hombres y mujeres, delincuentes y jueces, ricos y pobres o separatistas y ciudadanos de a pie que, cada uno a su modo, se sienten españoles.
Sólo él conoce la fecha. O tal vez ni siquiera se ha molestado en echar un vistazo al calendario y se contenta con ir saltando obstáculos. Pero, cuanto más se acercan las elecciones, más leña echa a la hoguera frentista. Ya está en campaña. Ha vendido humo para tratar de hacer ver que se ha preocupado por la escasez de vivienda fomentando el enfrentamiento en el seno de su gobierno. Es más comedia que una seria discrepancia, pero siempre habrá alguien dispuesto a que le engañen cuando asiste al teatro. Y el pacto con Junqueras, que no pasará el filtro del Congreso, es más de lo mismo: ir quemando etapas, campaña ficción hasta que llegue el momento de pedir el voto. Para los sufridos espectadores, los que pagamos la fiesta, un circo detrás de otro, una nueva ocasión perdida, un manoseo de los asuntos serios, de las cosas de comer, que cada vez provoca más hastío, cuando no revuelve el estómago.