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El ojo inquietoGonzalo Figar

Venezuela desde tres ángulos

Aquí entra la clásica estrategia del palo y la zanahoria con la que, presumiblemente, Trump y Rubio pilotarán el medio plazo. El palo es la presión: capturas (o incluso asesinatos…) selectivos, amenazas creíbles, operaciones quirúrgicas. El mensaje es claro: ya no sois intocables

Ya se ha escrito mucho sobre las razones y las implicaciones de la caída de Maduro. Me gustaría aportar mi granito de arena a la conversación analizando Venezuela desde tres ángulos distintos. No porque sean los únicos, ni porque estén aislados entre sí, sino porque ayudan a hacerse una composición de lugar más completa.

El primer ángulo es el de la política interior estadounidense.

Lo primero que hay que aclarar es algo básico: Trump no se ve arrastrado a Venezuela. Decide intervenir. Tiene agencia. Y lo hace por intereses muy concretos y con una visión del mundo muy definida.

En Venezuela se acumulaban varios problemas: narcotráfico, inmigración ilegal, petróleo y presencia de potencias rivales en el hemisferio occidental. Cuatro asuntos que, para Trump, no son abstractos ni morales. Son domésticos, estratégicos y electorales.

Desde su punto de vista, Venezuela era un narcoestado que alimentaba rutas de droga, empujaba oleadas migratorias, regalaba las mayores reservas de petróleo del mundo a China, Rusia e Irán y funcionaba como enclave hostil en lo que él considera el backyard americano. Doctrina Monroe pura y dura.

Trump decide intervenir para estabilizar, para reordenar, no para democratizar de inmediato. Y esto es clave, porque explica tanto lo que hace como, sobre todo, lo que no puede hacer.

El primer límite es interno. America First no es un eslogan vacío. El electorado de Trump no quiere aventuras extranjeras, ni guerras largas ni programas de nation-building. Eso significa que cualquier intervención que Trump plantease debía ser quirúrgica y sin despliegue militar sostenido, o sus votantes no la aceptarían.

Pero hay un segundo límite, aún más importante: la estabilidad. Trump no puede permitirse que, tras la caída de Maduro, Venezuela entre en una espiral de caos, guerra civil o fragmentación armada. Eso dispararía el narcotráfico, la migración y, en última instancia, forzaría a Estados Unidos a intervenir de nuevo con tropas, justo lo que su base aislacionista rechaza.

El segundo ángulo es la realidad del poder en Venezuela.

Ha caído Maduro, pero no el régimen. El régimen venezolano es otra cosa: una red de clanes políticos, estructuras administrativas y, sobre todo, una cúpula militar armada que controla las armas, la Inteligencia, el territorio, … y mucho dinero.

Venezuela es un narcoestado en el que buena parte de sus dirigentes civiles y militares se han hecho multimillonarios protegiendo rutas de droga, saqueando recursos públicos y garantizando impunidad. Gente que no solo perdería el poder si cae el régimen, sino la libertad –y probablemente algo más. Y son ellos quienes, hoy por hoy, controlan los resortes del poder.

Por eso es ingenuo pensar que basta con quitar a Maduro y poner a la oposición. En política real, puedes tener el cargo y no mandar. Y mandar sin controlar armas, burocracia y territorio es imposible.

Una sustitución inmediata de Maduro por una figura opositora, por muy legítima que sea, podría conducir a dos escenarios: o un gobierno incapaz de gobernar, o una resistencia armada que derive en violencia, guerra civil e inestabilidad. Exactamente el escenario que Estados Unidos quiere evitar y que, además, sería devastador para los propios venezolanos.

Por supuesto que una Venezuela libre y próspera es el objetivo ansiado. Pero la forma realista, aunque incómoda, de avanzar hacia ahí puede pasar por aceptar, durante un tiempo, a las estructuras bolivarianas. No para legitimarlas, sino para que se vayan desmontando gradualmente. No por simpatía. Por realismo.

Aquí entra la clásica estrategia del palo y la zanahoria con la que, presumiblemente, Trump y Rubio pilotarán el medio plazo. El palo es la presión: capturas (o incluso asesinatos…) selectivos, amenazas creíbles, operaciones quirúrgicas. El mensaje es claro: ya no sois intocables.

La zanahoria también es clara: exilio, inmunidad, no extradición, conservar parte de lo robado a cambio de colaborar. Suena obsceno, y desde un punto de vista moral lo es, pero es probablemente la manera más eficaz de desmantelar el régimen sin incendiar el país.

La lógica de este proceso no es inmediata, sino gradual. Si el palo y la zanahoria funcionan, lo razonable es pensar en un periodo de dos o tres años en el que las estructuras chavistas vayan perdiendo cohesión y poder. Solo cuando ese desmantelamiento avance será viable plantear elecciones realmente libres y competitivas, en las que la oposición pueda no solo ganar, sino gobernar.

El tercer ángulo es el tablero internacional.

Existe un argumento muy extendido según el cual una intervención estadounidense en Venezuela debilitaría el orden internacional y daría alas a Rusia o China para agredir a sus vecinos. ¡Benditos ingenuos, que aún creen que a las grandes potencias les importa lo más mínimo lo que diga la Asamblea General de la ONU!

Las grandes potencias no deciden en función de organizaciones internacionales ni del derecho internacional; deciden en función del balance de poder. Rusia invade cuando calcula que puede. China presiona cuando el coste le resulta asumible. Nos guste o no, el mundo funciona por realpolitik: por grandes potencias protegiendo con su poder sus intereses nacionales.

En este contexto, el petróleo venezolano es parte de la cuestión, pero no sólo como negocio para Estados Unidos, sino como negación estratégica: impedir que rivales geopolíticos sigan explotando y monetizando ese recurso.

A esto se suma la conexión de Venezuela con Irán y Hezbolá y su función como sostén energético de Cuba. En este cóctel internacional también hay que incluir el mensaje que Trump envía al resto de la región, especialmente a gobiernos adversariales que observan hasta dónde llega la determinación estadounidense por controlar lo que consideran su legítima esfera de influencia.

Otros debates aparentemente lejanos, como el renovado interés de Trump por Groenlandia, responden a la misma lógica: control de espacios estratégicos, minerales críticos y posiciones clave en un mundo de competencia entre grandes potencias.

La caída de Maduro es una gran noticia pero está hundida en un mar de complejidad. Ojalá todo acabe con el régimen en ruinas y una Venezuela libre, pero tendremos que esperar un tiempo aún.

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