Sí a Mercosur
No niego que puedan existir determinados sectores perjudicados a los que habrá que atender y ayudar, pero los beneficios para la mayoría están fuera de discusión
Tengo una absoluta admiración por los agricultores y ganaderos españoles; creo que han protagonizado un proceso de modernización formidable del que nos hemos beneficiado todos los consumidores, tanto en términos económicos como en calidad y seguridad alimentaria. Creo también que sus reiteradas denuncias contra la burocracia absurda y exagerada impuesta por Bruselas están más que justificadas; por eso mantengo que el problema del campo español no es la competencia con los productos de Mercosur sino el peso de una regulación excesiva que lastra su dinamismo y su capacidad para abordar con éxito esta competencia que ahora mismo es desigual.
Resulta muy difícil no solidarizarse con ese ganadero que nos explica en televisión todos sus problemas, pero esa solidaridad no puede ir en contra del interés de la gran mayoría. Además de agricultores y ganaderos, en España hay muchos trabajadores del sector industrial o de los servicios a quienes se les abren nuevos mercados y posibilidades de negocio. Admito que Ursula Von der Leyen no es la persona favorita de la sociedad española, pero eso no convierte en malo todo lo que toca. El acuerdo con Mercosur es un acierto por su contenido y por su momento político. Además, España, por nuestra especial relación con Iberoamérica, es el país europeo más interesado en que prospere y el mejor situado para optimizar sus ventajas.
No niego que puedan existir determinados sectores perjudicados a los que habrá que atender y ayudar, pero los beneficios para la mayoría están fuera de discusión. El comercio global ha reducido de forma abrupta los niveles de pobreza y miseria en todo el mundo y a España, que es una economía exportadora, nos permitió salir de la peor crisis económica de nuestra historia reciente. A los españoles nos conviene el comercio; nos interesa como consumidores porque bajan los precios, pero también porque sabemos exportar y competir de manera eficaz. Incluso sectores agrícolas tan importantes como el de la aceituna o el vino han visto en este acuerdo con Mercosur una gran oportunidad de acceder a nuevos mercados.
Estar en contra del comercio internacional es tan irracional como estar en contra de las vacunas, de hecho, los detractores de ambos suelen coincidir. Todavía no tenemos perspectiva para evaluar lo que están suponiendo las tarifas comerciales de Trump en la economía americana, pero sí sabemos el resultado de otro experimento de aislacionismo económico similar, el Brexit que en este 2026 cumplirá 10 años.
Un reciente estudio de la Universidad de Standford ha demostrado que el impacto negativo de Brexit acumulado en la economía británica les ha supuesto a los británicos una caída de la inversión de entre el 12 % y el 18 %. Ello, lógicamente, ha impactado en el empleo y la productividad general del país. Hoy británicos son entre un 6 % y un 8 % más pobres de lo que serían si hubieran seguido en el mercado europeo. En definitiva, un negocio ruinoso que acabará teniendo que gestionar su principal responsable, el histriónico Farage.
A los agricultores y ganaderos españoles que protestan contra el acuerdo de Mercosur les diría que no se equivoquen de objetivo. El suyo no debe ser parar este acuerdo a costa del interés de muchos otros españoles, sino aprovecharlo para cambiar las políticas europeas que les han venido penalizando durante todos estos años. Y en ese objetivo seguro que cuentan con el apoyo de toda la sociedad.