Una abuela
Su abuela habló, es una mujer que, en cuestión de horas, vio desaparecer a buena parte de su familia y asumió de golpe una responsabilidad que nadie está preparado para afrontar
La tragedia ferroviaria ocurrida en las inmediaciones de Adamuz ha dejado una herida profunda en una familia andaluza y ha conmocionado a toda una comunidad y un pueblo. En el accidente perdieron la vida cuarenta y cinco personas, cuatro de ellas eran miembros de una misma familia. Solamente sobrevivió una niña de seis años, cuya recuperación física y emocional se ha convertido en el principal motivo de esperanza para quienes la rodean.
Al frente de ese proceso se encuentran sus abuelos. Su abuela habló, es una mujer que, en cuestión de horas, vio desaparecer a buena parte de su familia y asumió de golpe una responsabilidad que nadie está preparado para afrontar. Entre lágrimas, ha relatado el dolor de despedirse de sus seres queridos mientras reúne fuerzas para cuidar de su nieta, hoy el único vínculo directo con quienes ya no están. El abuelo también fue contundente, con el rostro tenso y la voz rota por instantes.
Vecinos y allegados describen –según leo– a la abuela y también al abuelo como una mujer y un hombre serenos. Ella, profundamente afectada, pero decidida a proteger a la menor y a garantizarle un entorno de estabilidad y cariño. La niña, según fuentes cercanas –también leído–, evoluciona favorablemente dentro de la gravedad emocional del suceso y probablemente recibe atención especializada para ayudarla a procesar la experiencia.
El accidente ha puesto de manifiesto, una vez más, el impacto humano que dejan este tipo de tragedias más allá de las cifras y los tardíos informes oficiales. Detrás de cada víctima hay historias, familias y vínculos que se rompen de forma irreversible. Y hay culpables. En Adamuz, el silencio de los días posteriores se ha llenado de gestos de solidaridad: vecinos que acompañan, instituciones locales que ofrecen apoyo y profesionales que trabajan para atender a los afectados. Pero también supongo que no podrán olvidar y que estarán decididos a no perdonar.
Mientras continúan las investigaciones para esclarecer lo ocurrido, la abuela centra todas sus energías en el presente inmediato: la recuperación de su nieta y la reconstrucción de una vida marcada por la pérdida. Su historia refleja el rostro más humano de la tragedia y recuerda la importancia del acompañamiento social y emocional en momentos de dolor extremo. Un acompañamiento que no llega por parte de los culpables. No, los culpables continúan, a la hora que escribo este artículo, muy orondos en sus puestos; ni una dimisión.
Todavía no soy abuela, aunque pudiera serlo no he tenido esa magnífica experiencia; se dice que las abuelas quieren a los nietos tanto o más que a los hijos. De modo que también sé que esa nieta estará muy bien cuidada por esos abuelos tan valientes que decidieron manifestar sus sentimientos para que no quede duda de que si bien la calma los ampara, por otro lado, están hartos y tienen suficiente razón para estarlo, al igual que la mayoría de los españoles.
Las abuelas suelen ser sabías y, en medio de su hondo dolor, de súbito se iluminan y piden lo correcto, lo urgente: acabar de una vez con el origen real de este accidente y de otros accidentes anteriores y posteriores (en menos de una semana tres) en los que pagan invariablemente los inocentes. Acabar de cuajo con la infamia, para que los nietos puedan en un futuro vivir con sus padres. Para salvar a los nietos, a sus padres, a España.
Ayudaremos a esos abuelos a conseguir su deseo, que es también el mío; que deberá ser un anhelo unánime.