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Al bate y sin guanteZoé Valdés

España enquistada con su zombi de hielo

Bajo la dictadura de Pedro Sánchez, se han implementado empobrecidas metodologías de control político que han degenerado y obtenido pocos apoyos y numerosos rechazos, de calamitosa medida

España, bajo la dictadura de Pedro Sánchez, desde 2018, ha experimentado una profunda polarización política y social. El debate público se ha intensificado, con acusaciones cruzadas y narrativas enfrentadas sobre la dirección ideológica extrema de izquierda del país. Las tensiones crecientes y la poca pluralidad de opiniones presentes en la sociedad española, evitando enfoques extremos y buscando un análisis ponderado, han conseguido elevar el nivel de censura y enquistar a la sociedad española. A eso habría que añadir la corrupción galopante.

Pedro Sánchez, líder del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), y de la corrupción, accedió a la presidencia tras una moción de censura al anterior gobierno. Desde entonces, su gestión ha estado marcada por alianzas con dudosos partidos, incluyendo formaciones de ultraizquierda y nacionalistas, matones terroristas, lo que ha generado críticas y debates sobre la estabilidad y la orientación de la gobernabilidad. Hundió a su partido y va camino de hundir al país.

El término «enquistado» se utiliza a menudo en la esfera pública para describir situaciones en las que se percibe una falta de avance o una consolidación rígida del poder. En el caso español, algunos sectores consideran que la presencia enervante continuada de Sánchez y sus aliados indica una resistencia al cambio y una tendencia a perpetuar determinadas políticas dictatoriales. No olvidemos y es importante señalar que la alternancia política y la crítica son elementos característicos de cualquier democracia consolidada. El sanchismo se echó al pico todo eso.

El régimen de Sánchez, el sanchismo, ha sido objeto de etiquetas como 'islamocomunista' o 'antisemita' por parte de algunos críticos y opositores, yo misma las he usado a consciencia. Semejantes términos, cargados de connotaciones negativas, suelen responder a la verdad social, a malas estrategias y retóricas de palo, y a una descripción precisa de la deprimente realidad política. El ejecutivo de Sánchez ha defendido políticas sociales llamadas «progresistas», o sea comunistas, y ha mantenido relaciones internacionales serviles con los estándares de la agenda 2030, planeada desde la Unión Europea, donde ha surgido y aumentado el antisemitismo y que ya no tan veladamente promueve el racismo antiblanco.

La poca o ninguna pluralidad de puntos de vista, incluso de los menos críticos, es un reflejo del enquistamiento y acciones democráticas en España. La precariedad de los debates sobre la gestión del gobierno, sus alianzas y políticas forman parte de la carencia cada vez más creciente de ejercicio democrático y del derecho a la libertad de expresión. Es esencial distinguir entre la legítima crítica política y la desinformación estatal extendida a sus medios esclavos, que puede nutrir la polarización y la intolerancia; desde luego, provenientes del régimen.

España atraviesa una etapa peligrosa de intensos escándalos de corrupción, ausencia de debates ideológicos, persistente y mediocre confrontación. Bajo la dictadura de Pedro Sánchez, se han implementado empobrecidas metodologías de control político que han degenerado y obtenido pocos apoyos y numerosos rechazos, de calamitosa medida.

Más allá de etiquetas o consignas, el futuro del país dependerá de la capacidad de los actores políticos y sociales para entender que se trata de salvar España y del bienestar de los españoles, consensuar y fortalecer las bases democráticas que han caracterizado al país desde sus distintos períodos históricos, al menos de los más recientes. Debo señalar que Alberto Núñez Feijoó coopera poco o nada.

Y para colmo sale el dictador, haciendo el «cheche» (el dueño de la situación) bajo una nevada, el rostro enjuto, una calvicie acentuada, parece un zombi; aunque intenta hacerse el simpático, más plomo no puede ser. Sabe que no tiene salida, pero también no ignora que siempre le quedarán el gallego y el monarca para sacarle las castañas del fuego que derrite el trozo de hielo casi derretido en que se ha convertido.

Sánchez no es más que un pelele sulfatado de la internacional socialista; su partido lo deplora, el pueblo lo detesta, y el mundo con Estados Unidos a la cabeza lo ignoran y lo desprecian. No obstante, ahí está el «galleguibiri pan con tíbiri» (personaje del teatro bufo cubano) para alimentarle el ego, y la corona de medio lado para lanzarle un manto protector de pompones tornasolados, y así se note menos que muy pronto, tras la caída de Zapatero, de su malograda estampa no tendremos más que un pésimo recuerdo.

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