¿Era Zapatero un bobo solemne?
Alguien puede ser «solemnemente bobo» en política y despiadadamente tiburón en los negocios. El buen chico cortito dio buena prueba de ello. Supo detectar en qué parajes políticos estaba el dinero: Venezuela, China…
Pasó un cuarto de siglo. Yo guardo en la memoria aquella cara de guasa de mi interlocutor. Un tal José Luis Rodríguez Zapatero acababa de ser nombrado secretario general del PSOE en horas muy, muy bajas. Mi amable interlocutor era hombre de añejos lazos políticos y profesionales con la cúpula socialista. Y yo había tenido la ingenuidad de transmitirle mi extrañeza:
«No parece que ese Zapatero sea precisamente vuestro chico más avispado. ¿De verdad no teníais a otro menos simplón?» «A puñados: chicos listos, das una patada y te sale una tribu entera en el partido». «Entonces…, ¿a cuento de qué este pintoresquismo de embarcaros con algo tan, digamos, planito?» «Por eso, precisamente por eso». «Pues como no me lo aclares…» «Es que tú no has entendido nunca nada de política». «Esa suerte que tengo, mira». «El cálculo de poner al más inútil como cabeza de lista, no sólo es correcto, es un golpe de genio». «No me digas».
«Hasta tú deberías entenderlo. Las próximas elecciones nos toca perderlas: eso certifican todas las encuestas. Mejor, pues, que el que las pierda sea un activo desechable. A nadie que tenga dos dedos de frente vas a convencerle de embarcarse camino del vertedero. Lo preservas para cuando le llegue el momento propicio. Y al vertedero tiras, tan contento, a un buenazo sin demasiadas neuronas. Son las reglas del juego». Cuando se me ocurrió evocar el venerable tópico platónico que advierte de que no existe tonto bueno, mi amable interlocutor casi se estrangula de la risa. «Ni idea. Es que no tienes ni idea de política». Me lo tomé, naturalmente, como un halago.
Luego, llegó el 11M. Y, con él, los locos años del buen chico desneuronado. Y, de su mano, una quiebra nacional mayestática. Y, para entretener al personal, un imbécil guiñol gerracivilista que todos dábamos ya por ranciedad putrefacta y enterrada. Un buen chico, ciertamente. No muy listo. Eso repetían todos aquellos camaradas de partido, sonrientes ante el inane sacrificio humano que creían estar ofrendando a los cocodrilos.
Duró siete años. No muchos, si se comparan con los de su «tontiastuto» (copyright, Sánchez Ferlosio) predecesor socialista en la presidencia. Suficientes para sembrar la mayor ruina de la España posterior a la dictadura. Y para cosechar la más aplastante victoria de sus adversarios políticos. Que Mariano Rajoy no supiera qué hacer con aquella opulencia parlamentaria que le ofrendó ese a quien él catalogara en la sección «bobo solemne», es ya otra historia. Más bien triste.
Pero alguien puede ser «solemnemente bobo» en política y despiadadamente tiburón en los negocios. El buen chico cortito dio buena prueba de ello. Supo detectar en qué parajes políticos estaba el dinero: Venezuela, China… No eran lugares, desde luego, a la altura de su «credo» del año 2004: «amor por el bien, ansia infinita de paz, mejora social de los humildes». Pero un hombre de negocios no puede ponerse exquisito con las fuentes de las que habrá de manar su riqueza. Y, con ella, el bienestar de su familia. Faltaría más. Un buen chico debe siempre desvivirse por los suyos…
Ábalos está en la cárcel. Y es bastante verosímil que unos cuantos camaradas de partido vayan a seguir su mismo sendero. Al generoso Nicolás Maduro, es poco probable que vaya nadie a sacarlo de presidio durante lo que pueda restarle de una vida, deseémosle que larga. Pero el chico bueno y neuronalmente escaso sabe que en su preciada China nunca cambia nada. Tampoco los ingresos de los altos asalariados exteriores. Eso, al menos, es eterno. Tan eterno como «el amor por el bien, el ansia infinita de paz o la mejora social de los humildes». ¿Era, de verdad, un «solemne bobo» Zapatero?