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El que cuenta las sílabasGabriel Albiac

Artemisa, Selene... lunas

Hacia ese inquietante diamante pulido se encamina Artemisa —que hubiera podido igual ser llamada Selene—. Hacia la idéntica soledad humana de cada noche. Universal en Mallarmé, o en Keats, o en Giordano Bruno. Cualquier otro objetivo poco importa. Artemisa es el silencio del espejo

Artemisa llegará, leo, a su órbita lunar en cuatro días. Regresará a nuestra prosaica Tierra en otros seis. Y nada habrá pasado. Y habrá pasado todo. Todo cuanto debiera contar a los que sepan mirar hacia la noche y hacia el lado oculto de los espejos. Todo cuanto ha sido opacado en nuestras vidas: el misterio. Después, perseveraremos en nuestras comunes chácharas de siempre en torno a naderías.

Cuando era el universo un concierto de dioses, Artemisa disputó a Selene la primacía sobre el astro luminaria de la noche. Colectó cada una de ambas su sacrificio humano, como exige la enormidad de las divinidades. Despedazado por sus propios canes, Acteón paga el delito de haber avistado la desnudez de «la venerada arquera virgen, cuyas saetas abaten a los ciervos y siembran la muerte entre la raza de las fieras». Sumido en eterno letargo, Endymión es la pasiva víctima del enamoramiento de aquella que, «luego de haber lavado la belleza de su cuerpo en el océano, ataviada con brillantes revestiduras, enjaeza a sus corceles luminosos». Artemisa y Selene dan soporte a dos de las más bellas ascuas poéticas de los Himnos homéricos. Al uncir en su carro a sus cegadas víctimas.

Cualquiera de las dos hubiera dado nombre justo a la misión de poner nuevamente pie en eso que, no siendo en sí más que un prosaico cuerpo inerte atrapado por la gravitación de otro con mayor masa, reviste en las almas humanas, sin embargo, el fulgor misterioso de un espejo legendario. Sobre él, los milenios proyectan la tenue carga de nuestros imposibles. El nombre elegido por los científicos fue el de Artemisa. Puede que el vigor de la caza haya primado: las «crudas, fieras dentelladas» de la diosa a cuyo oficio predador rinde obediencia el soneto de Giordano Bruno. A mí, confieso, me intimida más la imagen que de Selene alza el íntimo John Keats en la voz aletargada de Endymión: «No me he aferrado / a nada, nada he amado, / no he visto / ni sentido más que un gran sueño». Pero Endymión como Acteón son solo sombras con las cuales la deidad nocturna, bajo da igual cuál de sus dos advocaciones, teje en la noche, por igual, oscuridad y brillo.

Que un irrisorio artefacto humano trace, en estos mismos momentos en que escribo, delicados teoremas matemáticos para alcanzar la altura de aquel espejo de incorpóreos sueños hacia el cual se elevó el estupor de los hombres antes aún de que fueran hombres y muchísimo antes de que supieran serlo, debiera maravillarnos. No por la portentosa concentración de saberes y técnicas que se conjugan en una máquina de perfección milimetrada. Artemisa, en su caza fulminante, Selene en el letal sosiego de los sueños de los cuales es dueña, son ante todo una apuesta poética. Por la luna. La que cabe en el destino heroico de perseguir dioses solo. De agotar talento, esfuerzo, vida en la misteriosa caricia de lo incorpóreo. Que es lo único que de verdad merece ser acariciado.

Mallarmé hubiera entendido la infinitud mitológica del proyecto. Él y también su más bella criatura literaria. Aquella solitaria Herodías que, en esa claridad lunar de «noche blanca y cruel hielo», se sabe fulminada por el único consuelo al que llamar con justeza sagrado: que «todo, en torno a mí, vive en la idolatría / de un espejo que en su calma durmiente refleja / a Herodías la de clara mirada de diamante».

Hacia ese inquietante diamante pulido se encamina Artemisa –que hubiera podido igual ser llamada Selene–. Hacia la idéntica soledad humana de cada noche. Universal en Mallarmé, o en Keats, o en Giordano Bruno. Cualquier otro objetivo poco importa. Artemisa es el silencio del espejo.

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