Abuso y grandeza en la Nueva España
Porque también los cuchillos para sacrificios pueden ser muy bellos. Y decir de las pirámides, ante las cuales corría a diario la sangre humana, que son grandiosas es apenas decir nada. Y es verosímil que, para arrancar sobre el altar corazones, se desplegara una liturgia de exquisita estética… Se perdió esa cultura
El debate, debo decir, me desconcierta. Como todo cuanto se enloquece girando alrededor de un pleonasmo. El rey Felipe VI, ante una bella muestra del Museo Arqueológico Nacional sobre la mujer en el México indígena, dice lo obvio: que «hubo cosas» que no pueden hacernos sentir orgullosos”, desde la perspectiva de los valores presentes. Lo explicita, de inmediato, en los términos someros que son los de un hombre de Estado; no de un académico. En la veloz literalidad de una intervención hablada: «Los Reyes Católicos, la Reina Isabel, con sus directrices, las Leyes de Indias, con todo el proceso legislativo, hay un afán de protección, que luego la realidad es que no se cumple como se pretende y hay mucho abuso». Y la querella empieza
No es un tratado de la legislación de Indias, lo que el rey de España enuncia. Ni una crónica histórica. Es una reflexión moral, sobre la cual es difícil cargar reproches. Ni tampoco elogios. Es, en cuatro líneas, la evocación cauta de uno de los momentos más asombrosos en la historia de la especie humana: el momento en el que la tierra esférica pasa, de hipótesis sabia, a constancia tangible, que anticipa el cierre conclusivo de Elcano. El momento también en el que unas pocas decenas de hombres, desembarcados de sus tan vulnerables cascarones de nuez, tejen la enrevesada tela de alianzas entre tribus amigas y enemigas, de la cual resultará una nación nueva y, de inmediato, una red de naciones, a las que lengua y leyes homogenizan en la densa maraña de un imperio. Hablar de que un par de cientos de marinos españoles hayan doblegado la resistencia unitaria de millones de indígenas es algo tan infantil que da pereza entretenerse a discutirlo.
Y da pudor tener que enunciar lo obvio. Pero, a veces, es obligado. No fue angélica la tarea que se abrió ante Colón. Ni lo fue, sobre todo, la que hubieron de afrontar Cortés y los que tras él vinieron. Claro está que no existen las sociedades querubínicas sobre la tierra. Por fortuna: los ángeles mundanos son siempre exterminadores. Los navegantes españoles arribaron a una tierra en guerra. Tejida en naturaleza embriagadora y crueldad humana extrema. En la bellísima pirámide de Tenochtitlán, se extraían ritualmente, a lo largo de un años, entre diez y veinte mil corazones de sacrificados. Los mexicas eran un pueblo guerrero y duro. Frente a su devastadora potencia impositiva, buscaron las poblaciones a ellos sometidas el apoyo de aquellos extraños, misteriosamente depositados en sus playas por el mar. No cabe hacerse fantasías sobre la benevolencia de lo que se ponía en marcha.
El «abuso» es consustancial a las comunidades humanas. La ley está para acotarlo y corregirlo. Reprimiendo, con la fuerza regulada del Estado, la brutalidad desreglada de los más fuertes. Pero no existe ley que pueda sobreponerse a la brutalidad primigenia, a no ser mediante el despliegue de una fuerza más alta. España, en los territorios del Nuevo Mundo, construyó, no una nación; alzó un imperio. Prolijamente codificado por leyes que sometían a los de indígenas a una sumisión jurídica similar a la que regía a las gentes de la península. Y hubo abusos. Claro que los hubo. Los hay siempre, allá donde perviven atávicas primacías de los más poderosos sobre los más humildes. Hubo abusos en la Nueva España. Como los hubo en la España de siempre. Como los hubo, como los hay, como los habrá en toda sociedad humana organizada. Si alguien pretende exhibir una sociedad sin abusos ni desigualdades, solo un necio muy profundo ignorará que miente. Aquí, como en los más perdidos recodos del planeta. Y los que invocan paraísos —perdidos, de preferencia— están ya planificando infiernos.
¿Se perdió una cultura? Sin duda. Esa que hoy nos asombra en el Museo Nacional de Antropología de la Ciudad de México. Porque también los cuchillos para sacrificios pueden ser muy bellos. Y decir de las pirámides, ante las cuales corría a diario la sangre humana, que son grandiosas es apenas decir nada. Y es verosímil que, para arrancar sobre el altar corazones, se desplegara una liturgia de exquisita estética… Se perdió, esa cultura. Y habrá quienes la añoren. En todo momento hay gente dispuesta a añorar cualquier cosa. Siempre que quede lejos y que no deba sufrirla el propio embelesado añorante. Se ganó otra cultura. Hecha de Universidades, de técnicas, de autoridad, de leyes.
Pero, de verdad, ¿de qué estamos hablando? ¿Orgullo? ¿En serio? No hay sociedad que, en un momento u otro no se haya avergonzado de sí misma: de sus carencias como de sus excesos. Y está bien que así sea: que sepa el orgullo ser aminorado. Porque tal vez la vergüenza sea el más humano de los sentimientos. Y, desde luego, el más noble. Sólo en ella tenemos la certeza de no ser dioses. Y de que el error nos acecha. Y, con triste regularidad, nos vence. La vergüenza es la postrera trinchera de un hombre digno, de una sociedad digna. Y no borra —muy al contrario— el peso soberano de la grandeza. Que esa constancia pueda remorder a alguien cinco siglos luego, debo decir que, eso sí, me desconcierta.