A la sombra del padre
De un animalillo indefenso, la lengua hace a un humano. Y esa lengua no es un profusión de ruidos, más o menos grata o crispante. Es una matemática inexorable: la que la sintaxis esculpe. Y, en ella, el laberinto, tan paradójico, tan aritmético, de nuestras almas
Ayer, día del padre. Poca cosa. Todo.
Aquello que intemporalmente envuelve todo en nuestras vidas no podremos percibirlo con claridad nunca. De modo directo, al menos. Si acaso, se nos dará sólo en atisbos: sobre sombras, reflejos, metáforas… ¿Puede acaso el ojo ver de sí mismo otra cosa que no sean las imágenes fingidas que le devuelven espejos y reproducciones? ¿Puede un hombre saber de sí otra cosa que no sea ese cruzarse huidizo de cuanto evoca el palacio de espejos que fue su vida?
Día del padre, ayer. O sea, hoy, cuando escribo. Y todo parece tan evidente en la palabra «padre» que ni siquiera al intervalo de una pregunta deja sitio. Pero esa pregunta está detrás de todo lo que somos: esto es, de lo que hacemos. ¿Qué decimos, a través de las innumerables –tal vez, debiera escribir infinitas– metáforas que pone en movimiento la palabra «padre»? A bucear eso consagré mi último libro. El eclipse del padre era, ante todo, el intento –quise que riguroso– de entender qué es lo que hemos perdido en la empobrecida lengua presente. En la lengua y, con ella, en la red blindada de imágenes y deseos con los que la lengua nos inventa como sujetos. Y el «eclipse» que titula el libro, no es tanto el de aquel «otro» del cual hablamos; es el nuestro. El eclipse de una subjetividad que ve deshacerse sus códigos.
Cualquiera puede decir que «padre» es el depositario de la carga genética que hace desarrollarse un embrión en el vientre de una madre. Sencillo. Y falso en todos su términos. Esa descripción dibuja con precisión al «genitor». Que, en la muy mayoritaria cifra de los casos, coincidirá con el «padre» en datos administrativos. Pero, ¿son ambas funciones, de verdad, una sola? Empíricos azares personales me mueven a ponerlo en duda. No he sido jamás genitor. He sido –soy– dos veces padre. ¿Podría ser reducido esto a un simple juego de palabras, a una elemental coartada retórica? Puede que haya quien lo piense así. Lo entiendo. Y sé que se equivoca.
Genitor es quien trae vida al mundo. Padre quien hace que una vida que está ahí sea compatible con el mundo. Porque el mundo de los mamíferos hablantes es hostil. Y cuando el prodigioso Heráclito dejaba, hace dos mil seiscientos años, caer la certeza de que todo en tal universo existe bajo la tiranía de un conflicto insoluble –Pólemos–, en el dominio de cuyas reglas se juegan supervivencia o aniquilación, el sabio de Éfeso atinaba a dar el canon de esas hostiles combinatorias: la palabra «padre» –Páter –; la que todo lo regula.
Y, en ese nudo verbal, las palabras dispersas, las visiones dispersas pues del mundo, habrían de hallar código con el que encajar el caos perceptivo en realidad armónica. Aunque todos sepamos hasta qué punto realidad y armonía son quebradizas. Sin ese vértice nodal del rompecabezas, sencillamente son nada. Nada, lo que impuso sentido al caos de las percepciones, de los afectos, amores odios… Rilke: «Nosotros no amamos, como las flores, desde / un solo año: en nosotros, cuando amamos sube / inmemorial savia por nuestros brazos… / Esto que hemos amado en nosotros, no es una sola cosa, algo venidero, sino / lo que fermenta sin número; no un niño solo, / sino los padres, que como ruinas de montañas / descansan en nuestro fondo». Padre es lo que no vemos, porque es nosotros. Aquello sin lo cual nuestro hablar sería delirio.
Porque hablar no es un accidente biológico. De un animalillo indefenso, la lengua hace a un humano. Y esa lengua no es un profusión de ruidos, más o menos grata o crispante. Es una matemática inexorable: la que la sintaxis esculpe. Y, en ella, el laberinto, tan paradójico, tan aritmético, de nuestras almas. «En el nombre del Padre…», invoca lo sagrado a la pléyade de sus fieles. Y, en ese nombre, en esa sintaxis bien codificada, los dota de un sentido armonioso: el de la trascendencia. «En el nombre del padre», de la red complejísima de imágenes y representaciones que el lenguaje acarrea, es cualquier yo construido. Y, el cabo, «Padre» y «padre» son lo mismo: el tan tenue sentido de la vida, siempre en trance de deshilacharse.
El mundo es ese descomunal arquetipo que sólo puede dársenos bajo el desasosiego de la sombra que lo otorga. Es titánica la lucidez del Franz Kafka que, en carta a su padre, da mediante una sola línea la inmensidad del pánico y la grandeza de aquello legendario que se alza ante el hijo «como sombra que cubre un mapamundi». No hay mundo que no venga de la luz del padre. Tampoco, mundo sin sombra.
Ayer, día del padre. Poca cosa. Todo.