Fundado en 1910
Pecados capitalesMayte Alcaraz

De M. R.

Con todas las torpezas, inacciones, pasividad y tancredismo que se reconozca en Rajoy, los españoles todavía sabemos distinguir entre un oportunista que llegó al poder copiando su tesis doctoral y un señor que aprobó una de las oposiciones más difíciles del servicio público

Act. 24 abr. 2026 - 09:44

Está la progresía muy excitada. Han conseguido desentrañar el mayor arcano de los últimos quince años. El «M. R.» que anotó Luis Bárcenas en sus «papeles», era el nombre del expresidente del Gobierno, Mariano Rajoy, que ayer compareció como testigo en el caso Kitchen. No crean que todo el mundo puede llegar a una deducción tan compleja sobre una abreviatura del formato estándar. Ni el juez de la Gürtel, un poco más riguroso con nuestro Estado de derecho que cuatro activistas del sanchismo, ávidos de tapar la imagen del régimen sentado en el banquillo del Supremo, se planteó imputar al exjefe del PP no porque le fuera difícil identificar esas siglas con Mariano Rajoy, que lo hace hasta un niño de guardería, sino porque lo realmente imposible fue demostrar que esos apuntes estuvieran en origen en los manuscritos del tesorero de Génova. Al tribunal siempre le quedó la duda de que cabía la posibilidad de que se añadieran después. Es decir, que L. B., entiéndase Luis Bárcenas —no Luis Buñuel, que de ese sí que me encantan sus películas—, los agregara a lo escrito una vez que ya estaba siendo investigado en la causa judicial, con el fin de advertir a su partido de lo que le podía pasar.

Hay que reconocer que el tal Luis huidizo no es un ejemplo de decencia y credibilidad. Su última ocurrencia ha sido defender que sí grabó a Rajoy —y hasta dice que en el archivo sonoro se oye al expresidente destruyendo evidencias sobre la corrupción en la trituradora de su despacho— después de haber mantenido durante años que nunca dio al botón del magnetófono. También sostiene, doce años después, que mandó destruir ese audio a un compinche, que niega haberlo hecho. Sin embargo, cuando el extesorero fue a mirar en la nube, solo había algodón de azúcar; ni rastro de lo grabado a Mariano. Un auténtico dislate todo. Menos de los 48 millones que guardó en Suiza habla de todo, y nada puede probar.

Mariano, haciendo de Rajoy como solo él sabe hacer, sentenció ayer cuando le preguntaron por los alias que le ponían, que él se llama como se llama, pero que «luego cada uno me llama como quiera». Difícil olvidar cuando, ante el tribunal de la Gürtel y preguntado por si se reconocía en las siglas anotadas por Bárcenas, dijo aquello de que «en absoluto; y no se dé usted por aludido que se vive más feliz». También ayer negó que nadie le entregara en Génova una copia de la contabilidad B del partido. Es conveniente recordar que la Justicia, aunque lo intentó, nunca encontró material sustancioso para imputar al segundo presidente popular. Eso es tan cierto como que la corrupción anegó al PP, en buena medida heredada de tiempos de Aznar, y el partido se desangró en votos y dividió el espectro ideológico del que, hasta entonces, era hegemónico. Todo, hasta que llegó un arribista e intentó un pucherazo en el Comité Federal de 2016 que le defenestró y después ganó una moción de censura que derribó a Rajoy. Pero otros vendrán que buenos te harán: baste traer aquí el recuerdo de Ábalos haciendo un alegato a favor de la limpieza democrática y la regeneración. Una factoría de chatarra ideológica arrancaba aquella primavera de 2018. Y aquí seguimos.

Ortega, en el epílogo de La rebelión de las masas, escribió que «toda realidad ignorada prepara su venganza». Es claro que Rajoy ignoró realidades a su alrededor que finalmente se vengaron de él. Y, por extensión, de España, que como daño colateral soporta el Gobierno más nefasto de nuestra historia reciente. Pero que a nadie se le olvide que si la Justicia española hubiera detectado cualquier indicio solvente de que el expresidente metió la mano en la caja o —como se juzga en la Kitchen— mandó sufragar con dinero público una operación parapolicial para robar pruebas de Bárcenas sobre las irregularidades de su partido, hoy no sería testigo sino procesado.

Los hiperventilados de la opinión sincronizada deben tranquilizarse. Con todas las torpezas, inacciones, pasividad y tancredismo que se reconozca en Rajoy, los españoles todavía sabemos distinguir entre un oportunista que llegó al poder copiando su tesis doctoral y un señor que aprobó una de las oposiciones más difíciles del servicio público. Entre aquel que pudo aprobar Presupuestos y hasta dejar en herencia el último de Montoro y la reforma laboral de Fátima Báñez para que lo aprovechara Pedro, y un presidente sin cuentas, sin apoyo parlamentario y sin vergüenza. Y, sobre todo, entre un presidente que se fue a su casa sin hacer ruido y sin dar lecciones, asumiendo y pagando los errores cometidos, y otro que puso al mando del fuerte al sheriff más devoto de las meretrices y del dinero ajeno. Lo que va de M. R. a la urna clandestina escondida detrás de un biombo.

comentarios

Más de Mayte Alcaraz

tracking

Compartir

Herramientas