Maquillar una cara de cemento armado
Pero Sánchez es la quintaesencia del relato trapacero. Su álbum está repleto de ridículas imágenes donde intenta vender crecepelos a los Kikos Matamoros que le votan. Sus dislates fotográficos en nada tienen que envidiar a los de Jesús Gil en la piscina rodeado de mama-chichos
Si la vida es puro teatro (un frenesí, una ilusión, una sombra, una ficción…), a este Sánchez-Segismundo, encerrado por Bildu, Puigdemont y otros ultras del montón en su torre de Babel, a esta Sanchidad, que es la cara más dura de Occidente, cómo no habrían de cubrirle de maquillaje. Todo, para que sus cerditos bien alimentados no vean al lobo vestido de cordero en esos mítines de embaucador, cuando llama a sus corazones sonsos, a los que embelesa hasta atontarlos.
Y tiene competencia: Trump y Macron pugnan por agotar las existencias mundiales de base facial, y Putin y Berlusconi han sido siempre un referente; pero ya sabemos que este presidente no repara en gastos, sobre todo si los pagan otros. Pero cada vez es más difícil conseguir que Dorian Gray se parezca a su retrato; y que Pedro Sánchez pueda esconder el deterioro de su alma. Por eso se ha disparado el gasto en cosmética en Moncloa: ha duplicado el presupuesto y lleva ya desembolsados por este concepto en seis años más de 130.000 euros. Ana, la maquilladora que Pedro heredó de Rajoy, necesita cada vez más tiempo para recomponer la figura del presidente, recolocar una cara que debería haberse caído al suelo de vergüenza, a diferencia de lo que ocurría con el jefe del PP, que con cuatro brochazos estaba arreglado. O no, que diría él mismo.
Pero es que la estética del engaño es más importante que la ética para el Gobierno socialista. Dónde va a parar. Y si se ha maquillado la estadística de los parados, se enmascara a una banda de arribistas para presentarlo como un Gobierno occidental, e incluso se camufla el desplome electoral a base de afeite extendido por su fan número uno, Pepe Félix Tezanos, a nueve millones de euros públicos cada año, por qué no habría de aplicarse el juego de contrastes del contouring en el rostro del presidente. Pero, claro, luego está el gesto: lo más difícil de disimular. Esa crispación de los músculos tensores, ese bruxismo mandibular, ese rictus amargo y furibundo, esa delgadez extrema. Conjurar los efectos de la corrupción moral y económica no debería ser el cometido de una experta en imagen, pero a Ana le ha caído esta carga. Sánchez demanda correcciones constantes para su jeta. Además, disimular los efectos de los hilos tensores es una labor titánica solo comparable a la de librar al mundo del fascismo.
Es casi un homenaje a la metamorfosis de Kafka lo que se pide a esta estilista que también trabaja para Masterchef. Nuestro gran cocinero de mentiras se proyecta con un mensaje triunfalista –«vamos como un cohete»–, pero contado con un rictus que demanda más un tanatopractor que una profesional de la cosmética. La sesión de la maquilladora, que también embellece al resto de ministros, cuesta 188 euros, siempre que el trabajo se haga en la Comunidad de Madrid. Si no, hay que pagar dietas. Tanto dinero para hermosear a un presidente en sus comparecencias públicas, en las que no contesta ni a media pregunta.
Pero Sánchez es la quintaesencia del relato trapacero. Su álbum está repleto de ridículas imágenes donde intenta vender crecepelos a los kikos matamoros que le votan. Sus dislates fotográficos en nada tienen que envidiar a los de Jesús Gil en la piscina rodeado de mama-chichos. A la de top gun en el Falcon, hay que sumar la de un verano en La Mareta, en alpargatas, cuando Occidente abandonó Afganistán, y él se quedó repanchingado en su tumbona desde donde simuló que seguía la crisis internacional. Hasta llegar a su risible instantánea, adornada con una leyenda monclovita que rezaba que «Sánchez está siguiendo muy de cerca la amenaza de Moscú a la soberanía de Ucrania». Con camisa color coral, tejida probablemente a destajo por los desheredados de la tierra con cuyos sátrapas se reúne en Pekín y en Barcelona, mirando a la cámara bajo seis o siete capas de maquillaje con que le enmascara la buena de Ana, y una expresión que parecía concluir: ya he «arreglao» lo de Ucrania. Poco pagamos por esa tanatoestética.