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Perro come perroAntonio R. Naranjo

Feijóo y Abascal tienen una tarea conjunta

Las abrumadoras victorias del PP y la consolidación de Vox obliga a ambos a lanzar un mensaje inequívoco a España sobre Sánchez y ZP

Pedro Sánchez no es un demócrata, porque de serlo no estaría él donde está. No lo ha sido en el PSOE, tomado al asalto y con trampas a sus propios compañeros, y no lo es con España, a la que gobierna desde hace ya 3.000 días con una única victoria en las urnas, allá por 2019, cuando el PP de Casado no compareció en la cita y él unió a la legalidad de su investidura la legitimidad de hacerlo desde la primera posición electoral.

Todo lo demás han sido trucos y atajos, coreados por quienes viven de este cuento pero incompatibles con el respeto a la democracia y por extensión a los ciudadanos: la suma aritmética solo debe activarse cuando el resultado permite gobernar de manera estable, con una visión nacional y unos objetivos compartidos por los sumandos, algo que con Sánchez nunca ha ocurrido.

Él se limitó a intercambiar su designación nominal por una obscena complicidad traidora de todo un presidente con todos los planes que él más que nadie tenía obligación de frenar, envueltos en pomposa e inane retórica sobre la «plurinacionalidad», la «mayoría social» y otras zarandajas que no esconden la realidad: Sánchez es el tipo que vende a su hija a cambio de dinero o el que coge un maletín y firma una recalificación. A eso equivale el peor caso de corrupción de la historia, consistente en legalizar los delitos de unos delincuentes para que le arrenden los escaños negados por las urnas.

En ese viaje, defendido por interés o convicción por gente que se cree demócrata pero no lo es, se ha utilizado toda la maquinaria del Estado para generar un relato falso indulgente consigo mismo, pero perverso. A saber: el PSOE no puede entenderse en nada con el PP; el PP no puede hacerlo con Vox sin convertirse en ultraderecha antisistema y los socialistas sí pueden hacerlo con todos, incluyendo a Jack el Destripador si logra un diputado por la circunscripción de Teruel. Es decir, solo el PSOE puede gobernar y la alternancia en España queda abolida.

Este es el chusco paisaje pintado por un político de brocha gorda y principios estrechos ante el cual, sorprendentemente, no se ha encontrado antídoto, con lo fácil que era: solo es necesario llamar por su nombre a lo que hace, que es golpista, y no naturalizar lo que dice ser, un demócrata, insistiendo cada día en su falta de legitimidad y peleando contra él en el Parlamento, Europa, los juzgados, la calle y los escasos medios de comunicación que no forman parte de su coro de palmeros.

Que tras cuatro victorias abrumadoras de la derecha desde diciembre, con hasta un 60 % de votos para PP y VOX y un hundimiento estratosférico del PSOE, el debate sea que los populares no han logrado siempre la mayoría absoluta, sitúa las dificultades de la oposición para replicar a Sánchez con solvencia.

Basta con decirle que, si tanto le preocupa el «fascismo» de Vox, una tontería indignante en una España en la que el único problema político real es la extrema izquierda y el separatismo, puede frenarlo permitiendo los gobiernos de las listas ganadoras, por paliza además y sin alternativa posible.

Y como eso no ocurrirá, ni ahora ni nunca, solo toca que PP y Vox se entiendan rápido, antepongan el reto común de acabar con el sátrapa y exijan elecciones generales cada cinco minutos, desde la evidencia de que Sánchez tiene secuestrada la democracia y además él está secuestrado por todos los enemigos de España.

Quienes hemos defendido siempre el entendimiento del PP y Vox y a ambos les hemos pedido la altura de miras que necesita España echamos de menos una imagen icónica que sus votantes piden a voces: la de Feijóo y Abascal compareciendo juntos para decir que hasta aquí hemos llegado, que lo de Zapatero es la gota que colma el vaso y que moverán Roma con Santiago para que Madrid deje de ser Caracas. Todo lo demás es humo.

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