Un verano Bad Bunny
Pero quienes ya hemos dejado atrás la (ahora) eterna juventud, si conservamos en la memoria algún recuerdo con especial cariño y nitidez es el de los veranos en familia. Siempre en el mismo lugar –si este cambiaba, rápidamente se convertía en hogar–, jugando en la misma plaza, haciendo los mismos planes...
Con la llegada del calor, España se convierte en una procesión de sombrillas ambulantes, carreteras intransitables, maleteros rebosantes y un constante trasiego de bermudas y chanclas de gente dispuesta a vivir la experiencia de su vida –la misma del año anterior–, de la que recordarán lo que el alcohol les permita.
Se apodera de nosotros la extraña sensación de que tenemos que estar en todo y ¡pobre del que se pierda algo!, aun a costa de sacrificar descanso y auténtico gozo. Los anuncios de San Miguel puede que tuvieran razón pues todos nos volvemos un poco ciudadanos del mundo, agotados por no tener un lugar al que poder llamar hogar y no por viajar, sino por hacerlo para que otros lo vean.
Nos conformamos con una casita como la de Bad Bunny, pero esta es nuestra –no nos invitan a ella por nuestras tetas– y es virtual. El nombre de la finca suele ser nuestro nombre precedido de una @. Y en ella nos exhibimos para que el resto vea lo cerca que estamos de la felicidad –sin llegar nunca a alcanzarla–. Cuando el concierto finaliza, la casita se desmonta, es de pladur barato, y toca volver al piso compartido –también de pladur barato– y seguir con nuestra vida, que ni por asomo encierra la felicidad que aparentábamos en las fotos que nos hicieron anoche mientras bailábamos.
Algunos viven esta esquizofrenia con su familia que, sin duda es mejor que solos, pero el sabor amargo que nos deja es parecido. A nadie le gusta vivir con mentiras.
Para otros tantos, la familia extensa, como los mosquitos, mejor lejos, que si no, nos chupan la sangre.
Pero quienes ya hemos dejado atrás la (ahora) eterna juventud, si conservamos en la memoria algún recuerdo con especial cariño y nitidez es el de los veranos en familia. Siempre en el mismo lugar –si este cambiaba, rápidamente se convertía en hogar–, jugando en la misma plaza, haciendo los mismos planes, cenando en los mismos lugares. Familiar, sencillo y casi siempre rodeados de las mismas caras.
Ahora queremos regalar a los hijos aventuras extraordinarias cuando no estrambóticas, normalmente con un montón de personas que van pasando por nuestra vida –sería muy pretencioso llamarlos amigos–, cuando quizá lo que necesitan es más sencillo: un lugar al que volver. Como nosotros.
Y eso se lo podremos dar si no los alejamos de la familia extensa, si nuestros amigos perduran en el tiempo y si sus familias de algún modo quedan espiritual y materialmente integradas en la nuestra, y si construimos un lugar al que, en su adultez, puedan llamar hogar.
Los veranos de Bad Bunny nos harán infelices a nosotros ahora y los privarán a ellos de recuerdos felices después.