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Al bate y sin guanteZoé Valdés

Venezuela, 'mon amour'

Caracas es una criatura nocturna, una bestia herida que se rehace cada madrugada. Pero esa noche, mientras la tierra seguía respirando hondo, la ciudad parecía musitarles: No me voy a caer. No me voy a rendir. No me voy a apagar

Yo estaba despierta escribiéndole esa carta constante a Cuba, mon amour, cuando la tierra decidió hablar en Venezuela. No sé si fue un presentimiento, una punzada en el pecho, o simplemente ese insomnio heredado que tenemos las mujeres cubanas y que compartimos con las venezolanas: ese hábito de velar, de escuchar, de sostener el mundo con las manos abiertas.

El temblor retumbó como retumba el amor cuando duele: primero un susurro, luego un estremecimiento, después la certeza de que nada volverá a ser igual. Las casas vibraron –dicen– como si recordaran todas las veces que la vida las ha puesto a prueba. Y yo, mujer de grietas y de luz, sentí que Venezuela entera respiraba dentro de mí, de nosotras.

El terremoto no surgió de un movimiento de placas: fue un movimiento de memorias. La tierra se abrió como una herida antigua, y de ella brotaron imágenes que se creían enterradas: una madre rezando en voz baja, la abuela contando historias del temblor del 67, aquella infancia en un país que ya entonces sabía quebrarse sin romperse.

Mi amiga poeta, Sonia Chocrón, probablemente estuviese quieta, viva, con las manos sobre el pecho, como si sostuviese el país desde lo más alto de su respiración. Porque así aman las madres venezolanas: con el cuerpo entero, con la piel alerta, con la intuición encendida.

El temblor le atravesó el pecho como un poema que no sabía que estaba escribiendo –imaginé.

Y en ese poema, supuse que Venezuela era también una mujer: una mujer cansada, hermosa, obstinada, que se niega a caer incluso cuando la vida insiste en empujarla.

Caracas, criatura nocturna. Caracas se sacudió semejante a una muchacha obstinada y nerviosa. Las luces de los cerros parpadearon, los edificios se miraron entre sí como viejos enemigos que comparten un secreto, y las calles se llenaron de gente que salió con el miedo en los ojos y la solidaridad en las manos. Sólo tiene que ver con sobrevivir, con salvar vidas.

Otra amiga bajó a la acera con sus vecinos. Una señora lloraba sin lágrimas, un muchacho reía para espantar el susto, un niño preguntaba si el Ávila también se desplomaba.

Y esa otra amiga, que siempre ha sentido que Caracas es una extensión de su propio cuerpo, pensó que la ciudad estaba haciendo lo que hacemos las mujeres cuando nos duele algo: seguir de pie, aunque sea temblando.

Caracas es una criatura nocturna, una bestia herida que se rehace cada madrugada. Pero esa noche, mientras la tierra seguía respirando hondo, la ciudad parecía musitarles: No me voy a caer. No me voy a rendir. No me voy a apagar.

El exilio, otro temblor a distancia. A miles de kilómetros, las mujeres venezolanas del exilio también sintieron el terremoto. Las que viven en Miami, Madrid, Santiago, Buenos Aires. Las que se fueron con una maleta y un duelo. Las que cargan a Venezuela como se carga un hijo: con miedo, con nostalgia, con una fuerza que no se explica.

Los teléfonos vibraron con mensajes urgentes:

—¿Están bien?

—¿Cómo amaneció la casa?

—¿Se sintió fuerte?

Yo imaginé a esas mujeres mirando la pantalla con el corazón en la garganta, sintiendo el temblor en un lugar del cuerpo donde la geografía no llega. Porque el exilio es eso: un terremoto permanente. Una sacudida que no se detiene. Un amor que vibra cual llama que no se apaga.

El país que se quiebra y se recompone. Cuando amaneció, me contaron que Venezuela tenía nuevas grietas, pero también nuevas certezas. Los bomberos, los voluntarios, los vecinos: todos actuaron con una rapidez que sólo se explica por la experiencia acumulada en crisis sucesivas. Mi amiga caminó por donde pudo, por el pedrerío de la calle y vio algo que la estremeció más que el temblor:

gente ayudándose sin esperar instrucciones,

gente compartiendo agua,

gente abriendo puertas,

gente que, aun con miedo, se mantuvo de pie.

Venezuela es un país que se quiebra y se recompone como un golpe de dados, como lo hacemos las sobrevivientes del comunismo:

en silencio, con dignidad, con una terquedad luminosa.

Somos expertas en recoger pedazos y volver a armar la vida.

Somos maestras en resistir sin perder la ternura.

Venezuela mon amour. Amar a Venezuela es amar el misterio que resiste desde los abismos. Es amar un país que vibra, que se fractura, que se levanta. Es amar un paisaje que parece siempre al borde del abismo y, sin embargo, sigue produciendo belleza: los tepuyes que se elevan como templos, los llanos que respiran como mares de hierba, el Ávila que observa, paciente, las torpezas humanas. Es amar al hombre por fin aparecido entre los escombros de la historia íntima.

Yo la amo así: como se ama a un amante con el mar de fondo, como se ama a un hijo que se escapa, como se ama a una madre que envejece.

La amo con miedo, con rabia, con nostalgia, con esperanza.

La amo porque me duele como me duele Cuba.

La amo porque me sostuvo en mi exilio.

La amo porque, incluso cuando tiembla, sigue siendo ella, tan firme.

Lo que queda en pie. Cuando la tierra se aquieta y el miedo retrocede, queda algo más profundo, la certeza de que Venezuela sigue siendo levantada en brazos.

Por quienes se quedaron.

Por quienes se fueron.

Por quienes sueñan con volver.

Cierro los ojos y escucho el silencio después del temblor. En ese silencio, Venezuela respira.

Y respiro con ella.

Temblando, sí.

Pero viva. Viva en ti, mon amour.

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