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Perro come perroAntonio R. Naranjo

Pedrino Craxi Pérez Castejón

O la democracia acaba con este peligro público o este peligro público acabará con la democracia

Si se taparan los nombres y las ocupaciones, lo que saldría de la familia objeto de estas líneas sería lo siguiente: ella vivió muy bien gracias al dinero ganado por su padre con una cadena de prostíbulos, alguno de los cuales lo montó en un local público con la excusa de que iba a abrir una tienda de muebles. Luego se montó una cátedra sin ser licenciada, la intentó utilizar como si fuera una empresa privada, se asoció con empresarios beneficiarios luego de millonarios contratos del Estado, imputó al erario el salario de su asistente personal, logró patrocinios de multinacionales cuya actividad está de un modo u otro condicionada por su marido y además registró a su nombre los bienes que en realidad eran propiedad de la institución con la que ella intentaba hacer negocios.

Su cuñado consiguió que una Administración Pública le creara una plaza innecesaria, después la aumentara de categoría, además le permitiera enchufar a un amigo en el mismo destino y, por si todo ello fuera poco, no acudió a trabajar y se empadronó fuera de su país para ahorrarse un pico en impuestos, si no para algo más que en estos momentos es desconocido, pero huele a gato encerrado.

Y el esposo de una y hermano del otro fue decisivo en las tropelías de los dos anteriores y añadió las suyas, las peores de todas: para empezar, vivió, y vivió muy bien, gracias a las rentas matrimoniales derivadas de explotar sexualmente a hombres, mujeres y jóvenes. E incluso pudo financiar con ellas los inicios de su propia carrera, algo que nunca se ha atrevido a desmentir. Logró su puesto gracias al apoyo de quienes, en realidad, querían acabar con la empresa que dirige, a la que ellos auparon para que les ayudara a lograrlo, pasando de estar en la cárcel o fugados a utilizarle como un títere para alcanzar su objetivo.

Cuando todo eso empezó a saltar por los aires, el Capo optó por nombrar a sicarios al frente del mayor número de contrapesos posibles, para que taparan todo. Y al no conseguirlo en su totalidad, montó y financió una auténtica mafia para derribar, por lo criminal si fuera necesario, a las personas encargadas de aclarar y, en su caso, juzgar cada uno de sus abusos. Todo ello completado con un batallón de corifeos, en nómina de su organización o financiado por ella, que bramaban contra cada sentencia, instrucción o información que dejaba en evidencia su siniestra trayectoria.

El portador de la placa de sheriff es el jefe de la banda de forajidos, que además quiere colocar al juez, al maestro, al cura y al verdugo del pueblo, para mantener la doble ficción de que se merece esa autoridad y de que tiene derecho a la impunidad y a la eternidad, sin pasar por el tedioso filtro de la ley, la democracia y el decoro, tres estorbos que alguien de su envergadura ha de eliminar como sea.

El relato descrito, con hechos ya documentados e incluso sentenciados, parece sin duda el guion de una película de mafiosos basada en la vida real, pero solo en la transcripción resumida de los calamitosos años de Pedro Sánchez, casi una década ominosa en la que han saltado por los aires todas las costumbres morales, códigos de conducta e incluso leyes vinculantes que hacían de España una democracia.

Aquí manda un conspirador infame, con un hermano enchufado y una esposa imputada, sin ganar en las urnas, sin mayoría parlamentaria y sin Presupuestos; aupado en su partido por dos secretarios de Organización en la cárcel o cerca de ella; inspirado en un investigado por encabezar una organización criminal que guarda un tesoro con joyas de origen desconocido en una caja fuerte; y se mantiene ahí solo si secunda a un terrorista, un fugado y un golpista a rematar sus planes.

Solo en los 90 vimos algo parecido, en la Italia de 'Tangentopoli', un sistema corrupto que situó al propio gobierno como gran enemigo del Estado y concluyó, no sin antes dejar un reguero de sangre y dolor en las filas de quienes lo combatían, con el procesamiento o la huida de sus responsables. La comparación no es exagerada y el desenlace ha de ser parecido: o la democracia acaba con Pedrino Craxi o Pedrino Craxi acabará con la democracia.

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