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en primeralíneaRafael Carriegas

La paz y la reconciliación

Ni hemos estado, ni estamos, ni estaremos en guerra entre el País Vasco y España (es como si estuviera en guerra el cerebro con el corazón, o el fémur con la tibia). Ni ha habido, ni hay, ni habrá un conflicto entre dos partes, por tanto resulta de todo punto imposible llegar a una reconciliación

La organización terrorista ETA ha estado asesinando, secuestrando, amenazando y extorsionando durante cincuenta años a toda la sociedad española y muy singular y cruelmente a la sociedad vasca. Los muertos lo eran de verdad. Casi mil personas fueron ferozmente asesinadas. No son simples cifras, son las cifras que tanto recordamos las víctimas del terrorismo y que tanto aburren a los nacionalistas, por cierto 370 de ellas sin que nadie se moleste, ni afecte a su conciencia no mover un dedo en saber al menos quiénes lo hicieron. Aunque solo fuera por cerrar un duelo, por humanidad o por decencia. Curiosa manera de entender y defender el Estado de derecho. Los secuestrados sufrían de verdad, en ese momento comenzó su terrible muerte física y social. Los amenazados huían de verdad, según la Fundación San Pablo CEU, hasta 200.000 vascos se exiliaron de su tierra por miedo a ser perseguidos y asesinados. Esa sí que es una auténtica diáspora, aunque totalmente invisible a ojos del nacionalismo.

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El Debate (Asistido por IA)

El miedo era de verdad, tan de verdad que sigue cobijado en nuestro interior de manera perenne, porque el nacionalismo ha preferido una sociedad mutilada de principios éticos, a una sociedad libre que se pudiera escapar de la jaula. Y es víctima del terror toda la sociedad vasca puesto que no se siente sino parcialmente libre, libre hasta tocar los límites infranqueables. Solo hasta ahí. Quienes usaron la violencia saben del peso de una mirada, de unas palabras, de una pintada o de un pasquín. Porque todos los vascos sabemos que están dispuestos, de nuevo, a llegar hasta el final. Sencillamente, este no es el momento. Porque los argumentos fueron, son y serán siempre los mismos. No por falsos o absurdos están dispuestos a renunciar a ellos. Se sienten impunes, cobijados y amparados por un sistema que les comprende. Y los demás, la gente que deseamos vivir en libertad, también lo sabemos bien, porque sabemos cuáles son las cotas, los límites y las fronteras que nunca debemos sobrepasar si no queremos recibir el inmediato aviso de las consecuencias. Siempre terribles. Podrás ser todo lo vasco que te quieras sentir, pero solo lo podrás disfrutar en plenitud si cercenas tu ética, renuncias a tus ideas, comulgas con las pesadísimas ruedas de molino nacionalistas y te olvidas para siempre de la plena libertad.

Quien libremente eligió vestirse una camiseta de España con motivo de la final del Campeonato del Mundo de fútbol se dio cuenta de manera cruda de la libertad de la que gozamos. Antes había habido miles de ocasiones similares saldadas con idéntico resultado, pero quien tiene la obligación de acabar para siempre con estos episodios, siempre se le olvida. El nacionalismo gobernante, coincidente no en los medios pero sí en los fines del terror, lleva muchísimos lustros intoxicando a la sociedad con un discurso inverosímil pero eficaz. Ya se sabe que una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad. Hablo de la búsqueda de la paz. ¡Madre mía, que bienintencionados!, ¡solo quieren la paz! Hasta un millón de veces les hemos repetido que en nuestra tierra ni ha existido ni existe conflicto o guerra alguna, luego, se pueden ahorrar la reivindicación de la paz. Es una mentira. Es un simple espantajo con el que justificar su cobarde infamia. Unos cuantos canallas intentan imponer por la fuerza sus postulados. Ayer matando, hoy pateando en la cabeza a chicos de 16 años y amenazando a mujeres. ¿Qué va a proponer ahora el nacionalismo para lograr la paz? ¡Eureka! que el muchacho de 16 años dialogue, se arrepienta de su postura claramente belicista —ojito llevaba una camiseta— y que llegue a acuerdos de futuro con los que le han intentado abrir la cabeza, para que ¡por fin! podamos vivir todos en paz. ¡Viva el diálogo entre las dos partes! Claro que sí, de igual a igual, porque todos tienen su parte de culpa en el conflicto. Y sin duda, tanto el muchacho, como las chicas que tomaban un refresco o montaban una pantalla para ver el partido de fútbol mientras les amenazaban con las cosas más horribles, deben dar un paso adelante haciendo acto de contrición y reconociendo sus pecados, para lograr la tan ansiada reconciliación entre los vascos.

¡Que no! Que todo es una mentira. De sobra se sabe que si un planteamiento parte de una premisa errónea, todas sus conclusiones son equivocadas y fallidas. Soy consciente de que son bellas palabras, incluso poéticas o emocionantes palabras, pero en el País Vasco son premisas inventadas y sus objetivos, no por idílicos, totalmente edulcorados y falsarios. Solo son una terrible cortina de humo para conseguir réditos políticos. Ni hemos estado, ni estamos, ni estaremos en guerra entre el País Vasco y España (es como si estuviera en guerra el cerebro con el corazón, o el fémur con la tibia). Ni ha habido, ni hay, ni habrá un conflicto entre dos partes, por tanto resulta de todo punto imposible llegar a una reconciliación. Lo que hace falta es establecer límites políticos y legales inequívocos a quienes usan la violencia para intimidar a los demás. Sin duda que gocen de toda la libertad que para mí deseo, pero que caiga todo el peso de la ley sobre quienes obren de esa manera absolutamente fascista.

Rafael Carriegas fue diputado nacional del Partido Popular por Vizcaya
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