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TribunaIgnacio García de Leániz

La Odisea de Nolan: dos enseñanzas antropológicas

Verdad, fidelidad y paternidad: no son magras enseñanzas para un mundo tan herido como el nuestro. Grande es Nolan a hombros de un gigante como Homero

Envuelta en polémica y sin ser una película perfecta, Nolan nos ofrece una personal lectura del poema homérico que implica una valiosa interpretación y propuesta de solución a la gran crisis antropológica de nuestro siglo XXI. Cabe por ello agradecer a este Nolan homérico su intento de diagnosticar la enfermedad de nuestro tiempo y su valentía «odiseica» en trazar una ruta tras el héroe griego que nos permita, como a él, sanar de nuestras dolencias lejos de Ítaca.

De las diversas lecciones que nos transmite el director londinense, deseo destacar dos de ellas que enhebran la heterogeneidad de escenas, lugares, personajes y tiempos narrativos que pueblan la compleja pantalla de la película: 1) No cabe la ética del engaño y 2) la ausencia de la figura paterna crea un mundo inhabitable en su pérdida de sentido.

Respecto de la primera, el repudio del engaño, también en la esfera bélica, y la condena explícita del ardid del regalo del caballo a Troya, y su necesaria expiación por parte de su autor, Ulises, contrasta con la universalización de la mentira en que vive nuestro mundo. Baste recordar entre nosotros un dato elocuente: la tesis doctoral de Diego Rubio, actual director de gabinete de la Presidencia del Gobierno y cerebro de la propaganda gubernamental, lleva por título precisamente La ética del engaño (The Ethics of Deception, Oxford, 2016). Para el Nolan homérico, el engaño destruye la confianza mutua, devalúa la palabra y sustituye el vivere civile por el infierno en la Tierra, como nos han mostrado los totalitarismos del siglo pasado fundados en la mentira y su propaganda, y ya advertía la sabiduría griega. Solo reconociendo su mentira troyana, podrá Ulises hacerse digno de volver a Ítaca y rescatar la paternidad perdida con Telémaco. Como contraste, la fidelidad de Penélope a la palabra dada, la promesa conyugal tejida una y otra vez en el tapiz del tiempo de espera, tan reiterada en la película, nos ofrece en la anomia de Ítaca un mínimo reducto y conato de esperanza y sentido. La fidelidad a la palabra, nos enseña Nolan de la mano de Homero, es el fundamento de la confianza individual y social.

No menos importante que la necesidad de la verdad y veracidad para que haya polis, es la preeminencia que otorga Nolan a la figura de un Telémaco herido en su «hambre de padre». La orfandad de Telémaco, «huérfano de un padre vivo», nos recuerda el drama de la quiebra, ausencia y declive de la figura del padre en nuestra sociedad actual. Y al mismo tiempo una verdad ciertamente incómoda de decir hoy: la sola madre (en este caso Penélope heroica) no basta para satisfacer la necesidad de padre que posee todo hijo. Sin la presencia reguladora y normativa de la figura paterna la pequeña polis de Ítaca exilia la ley divina y al propio descendiente. La insistencia obsesiva de Nolan (como la de Eastwood) por la figura del hijo «sin-padre» y su anhelo de él contra toda esperanza, se conecta con la intuición de un libro clarividente titulado El complejo de Telémaco del gran psiquiatra italiano Massimo Recalcati, donde desarrolla los supuestos que nos permiten hablar paradójicamente en el tiempo del ocaso del padre de la era de Telémaco, inédita en la Historia, en la que miles de hijos actuales demandan calladamente un padre y se mueven en su reconquista, como La Odisea anticipa y Nolan remarca. «Mientras que Edipo vivía la figura de su padre como un rival, como un obstáculo en su camino [nos dice Recalcati y muestra Nolan], sus crímenes son los peores de la humanidad: matar al padre y poseer a la madre. (...) Telémaco, en cambio, con sus propios ojos contempla el mar, escruta el horizonte. Esperando a que el barco de su padre –a quien no ha llegado a conocer– regrese para devolver la Ley a su isla, dominada por los pretendientes, que han invadido su casa y disfrutan con toda impunidad y sin restricción alguna de sus propiedades. Telémaco se emancipa de la violencia parricida de Edipo; busca a su padre no como a un rival con el que batirse a muerte, sino como un presagio, una esperanza, como posibilidad de devolver la Ley de la palabra a su propia tierra.»

Y aquí radica la gran pregunta y apuesta de Nolan en su lectura de Homero hoy: en esta «sociedad sin padre», ¿será ese anhelo filial de reintegración, de reencuentro posible en pleno ocaso de la imagen paterna como vivimos? ¿Cabe rescatar los pecios del padre tras su histórico naufragio como aquellos otros de Ulises? Y de serlo ¿qué padre zaherido es el que puede volver con lo que de él queda al encuentro con su hijo expectante, superada ya la vieja concepción del «padre-amo»? Ciertamente, Nolan ha escuchado como pocos el clamor silencioso de tantos jóvenes actuales, como da fe la psicología clínica en la actualidad y como lo expresaba Telémaco en hexámetro inmortal: «Si el poder de los hombres fuera omnipotente yo primero elegiría el regreso del padre querido».

Verdad, fidelidad y paternidad: no son magras enseñanzas para un mundo tan herido como el nuestro. Grande es Nolan a hombros de un gigante como Homero.

  • Ignacio García de Leániz Caprile es profesor de Gestión Internacional, Universidad de Alcalá
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