¿Hacia la obsolescencia del hombre?
Porque el siglo XX y ahora el XXI nos han enseñado una gran verdad entrevista por Anders en su exilio californiano: «El hombre se ha convertido en un dios que no sabe serlo»
El suceso, con toda su carga simbólica, ha sucedido en este Mundial. Durante el Argentina-Egipto, un gran gol egipcio, arrancando desde bien atrás con una larga galopada por el extremo derecho y posterior pase de la muerte, ha sido anulado por la IA que cada vez rige más nuestras vidas. Y en la de los árbitros, cada vez más obsoletos, desplazados por el VAR, caiga quien caiga. En este caso, la belleza del futbol –y su justicia– alterada por una decisión humillante, contra natura. El árbitro tuvo que retrotraerse a ver en el monitor una jugada menor muy anterior ralentizada, en pleno festejo egipcio y desolación argentina. Y como Moisés, tras su encuentro con Yaveh en el Sinai (ahora «monitor sancta sanctorum») anunciar a los cuatro vientos de la grada expectante que el gran gol no era tal. En publica humillación y hablando esta vez en el sacrosanto e inapelable nombre de la Ciencia (VAR-IA) situada más allá en su fría neutralidad de lo justo, bello y deportivo.
Pasemos de la anécdota futbolística a la categoría reflexiva. Hace ya muchos años, en 1956, Günther Anders (en realidad Günther Stern) publicó su excepcional por lúcido y profético primer volumen titulado La obsolescencia del hombre (Vol. II en 1980) A la vista de los hitos conseguidos por la II Revolución Industrial y de los que inexorablemente iban a suceder, Anders anticipaba cómo la técnica moderna nos iba haciendo al ser humano cada vez más superfluo, menos necesario y, por lo tanto, «obsoleto». Nuestra obsolescencia vendría por lo que él llamaba «la vergüenza prometeica»: nuestra fragilidad y limitación frente a la perfección y acabado envidiables de los nuevos artefactos tecnológicos de la primera mitad del siglo XX. Sobra decir cómo las tesis del pensador alemán se «aceleran» en su radicalidad setenta años después con el despliegue de las herramientas digitales que nos desplazan en su «sencillez constitutiva» (el móvil, el reloj, la televisión de plasma ya no tienen engranajes que se rompan) por mor de la electricidad y su velocidad sideral contra las que no podemos competir. El dispositivo digital, en su maravillosa simplicidad de chips, contrasta con nuestro complejo y pesado cuerpo de huesos, músculos y tendones tan inclinados al deterioro y la lesión. Los dispositivos no enferman como nosotros y son en su funcionamiento inagotables, irrompibles e imperecederos, suscitando, por decirlo así, nuestra envidia «ontológica».
Pero hasta hace una década, frente a la tecnología digital, nos quedaba al menos la inteligencia distintiva como reducto de nuestro orgullo humillado de prometeos venidos a menos. Mas con el advenimiento espectacular de la IA, al ser humano se le despoja del último conato de superioridad frente al artefacto electrónico. El ChatGPT de turno nos suplanta cada vez más en cientos de tareas laborales, procesos intelectuales, resoluciones y asesoramientos precisos, ejecutados a la velocidad de la luz. Todo ello aumenta dramáticamente el grado de obsolescencia de lo humano: ante ello parece como si el hombre estuviese de más, en este proceso irreversible de «pérdida del ego» –ahora también del ego cogito–, como apuntaba anticipadamente el propio Anders. A la envidia «ontológica» citada, se añade hoy, pues, una envidia «gnoseológica» que acrecienta nuestra pérdida de autoestima: el dispositivo, además de ser más perfecto constitutivamente, es ahora más inteligente que nosotros.
No hay mejor atalaya para comprobar el desplazamiento del hombre y la mujer por parte de la IA que la profesión docente. En la universidad, la gran amenaza ya real no es tanto que la inteligencia artificial haga superflua la figura del profesor, sino que la propia figura del estudiante quede obsoleta, suplantada por unas herramientas (Claude, ChatGPT, Perplexity…) que les jibariza su función de pensar y ejecutar, de modo que la carrera ya no la hacen ellos, sino la herramienta elegida, capaz de un desempeño excepcional de matrícula de honor indiscriminada. El angustiado profesor de nuestros días ya no sabe quién es el sujeto al que evalúa y puede contar cientos de anécdotas sobre el uso compulsivo de la IA por parte de sus otrora alumnos, cuyas capacidades quedan en barbecho, obsoletas ya antes de ejercitarse frente a la omnipotencia de las herramientas que les suplantan cada día más. Y que les hace ridículo e incomprensible el «cogito ergo sum» tan cartesiano como universitario.
Pero la «audacia suplantadora e imparable» de la IA va todavía más lejos. Como anticipó Anders –y muy pocos se han hecho cargo–, las nuevas tecnologías están sustituyendo al ser humano como sujeto de la Historia que en su obsolescencia y limitaciones cede el protagonismo activo al nuevo Prometeo desencadenado. Queda así, como vemos hoy perplejos, relegada la humanidad a un papel secundario y de dependencia absoluta, condenada a «ir a remolque» (sea militar, laboral, académico o médico, p. ej.) de un devenir histórico que escribe de manera creciente e irreversible la nueva inteligencia en sus múltiples aplicaciones. Para humillación, confusión y desorientación nuestra, la criatura tecno digital se vuelve contra su creador, nosotros mismos, como comprobamos en la anécdota futbolística citada al principio.
Varias de estas anticipaciones y temores de Anders las recoge y hace suyas la Magnifica Humanitas tan reciente. Creo que se engañaría quien no percibiese el carácter dramático y muy bien informado que late entre las entretelas del documento pontificio y la urgencia con que está escrita, muy alejados –más bien al contrario– del optimismo de la tecnociencia digital. Es del todo necesario un «parase a pensar» ante la gravedad del curso de los acontecimientos (por más que China no se acoja a esta pausa) y lograr rectificar el cauce –en principio irreversible– de la dinámica de la IA.
Porque el siglo XX y ahora el XXI nos han enseñado una gran verdad entrevista por Anders en su exilio californiano: «El hombre se ha convertido en un dios que no sabe serlo». Ante lo que habrá que negarse a quedar obsoletos y superfluos en defensa de una humanidad magnífica tan amenazada, paradójicamente, por ella misma.
- Ignacio García de Leániz Caprile es profesor de Gestión Internacional en la Universidad de Alcalá de Henares