19 de agosto de 2022

Editorial

El discurso del Rey: un ejemplo de la España que queremos

Ningún cargo institucional suscita más atención que el Rey cuando, cada Nochebuena, se dirige a la Nación con una autoridad litúrgica y constitucional que sintetiza, sin duda, los valores de la propia Corona como símbolo de España y de sus profundas raíces.
Ese interés es, en sí mismo, probatorio de cuán alejados están de la realidad quienes plantean un debate artificial sobre el futuro de la Monarquía Parlamentaria, tan alejado a la vez de las preocupaciones de los españoles como enfrentado a sus afectos.
Precisamente en tiempos de zozobras, disponer de emblemas y anclajes que remitan a una idea compartida es rabiosamente moderno y goza de un gran futuro: ante el vacío que promueven tantas fuerzas políticas, las sociedades necesitan asideros que refuercen su identidad, su espiritualidad o su historia y que compensen el vértigo y la soledad que ofrecen tantos falsos heraldos de la modernidad.
No defraudó Felipe VI en su alegato navideño, sustentado en una enérgica y necesaria defensa de la Constitución, amenazada por quienes ven en la Corona su mayor embajadora y su mejor escudo y la asedian por ello.
Insistir en la vigencia de la Carta Magna, que resuelve con éxito la convivencia entre desiguales y consagra una idea de España fornida, nunca es baladí. Y menos cuando el Gobierno de Pedro Sánchez nació y se sustenta en fuerzas políticas enfrentadas a la letra y al espíritu constitucionales.
Quienes esperaban escucharle a don Felipe un mensaje para su padre, don Juan Carlos, debieron quedarse algo perplejos al oírle uno alternativo con muchos destinatarios, ninguno con nombre y apellidos, pero que va dirigido, preferentemente, al propio presidente: es él quien más puede hacer por la concordia y el diálogo, dos conceptos presentes en el discurso regio. Y es él quien más está bajo sospecha en la defensa de la Constitución.
Que también se acordara de las víctimas de la epidemia, para esparcir a continuación algo de esperanza en el fin del drama; de los más perjudicados por la crisis económica; de los elevados precios de casi todo o de los jóvenes y su incierto futuro laboral era previsible. Pero también muy oportuno, pues evidencia el interés de la Casa Real por entender y conectar con la sociedad a la que sirve.
Por último, su mención a la necesidad de ejercer cualquier función pública con «integridad» puede ser interpretado como un recado hacia su padre, cuyo retorno no puede demorarse eternamente; pero también para todos y cada uno de los miembros del Gobierno y de cualquier otra institución española: en casi todas ellas, los ejemplos de degradación son bastante más ostentosos que en la Casa Real. Y su contrición, previa dolorosa penitencia, bastante menos nítida y sincera.
Seguramente el Rey no dijo todo lo que piensa. Y probablemente incluyó en su discurso nociones e ideas más próximas a la agenda del Gobierno que a la de los ciudadanos y a la suya propia. Pero eso también es un ejemplo del carácter transversal y superior de la Corona, como espacio común que simboliza lo mejor de España y busca, con denuedo, soluciones a todos los problemas que la afectan.
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