01 de octubre de 2022

En primera líneaRamón Pi

Una cuestión de higiene

El ejercicio de la memoria en política es una actividad de lo más higiénica y, como en el chiste, no basta con lavarse las orejas cuando ya no se oye, sino que hay que lavarse cada día, y a veces varias veces al día

No dejo de pensar en el viejo chiste en que la madre le dice al hijo:
–Lávate las orejas.
A lo que el hijo responde:
–¡Pero mamá, si todavía oigo!
En su genial imitación radiofónica de Leopoldo Calvo-Sotelo, el malogrado Luis Figuerola-Ferretti diría que «la gracia del chiste estriba en un malentendido: el hijo cree erróneamente que la utilidad de lavarse las orejas consiste en lograr una perfecta audición, cuando en realidad es una cuestión de higiene, ja, ja».
La persistencia del recuerdo del chiste es debida a la facilidad con que se puede trasplantar a la vida pública, y más concretamente a la política: tener presente y recordar a menudo lo que los políticos, y sobre todo los gobernantes, han hecho en su vida pública (y a veces en la privada) una cuestión de higiene democrática, pues no se estrena el mundo cuando se convocan elecciones, contra lo que muchos creen de buena fe; sin ir más lejos, los ilustres miembros del Tribunal Supremo que enjuiciaron la colosal corrupción de los EREs de Andalucía declararon que suspendían dar a la publicidad su sentencia ¡porque estaban convocadas unas elecciones!, y que la publicarían una vez celebrados los comicios, cuando es justamente en vísperas electorales el momento de tener presente lo que hizo el PSOE cuando gobernó durante más de treinta años la misma región que se disponía a elegir a su Parlamento regional, del que emanaría el futuro Gobierno autonómico. Sus candorosas señorías creerían seguramente que el niño del chiste tenía razón: mientras se puede oír no tiene objeto lavarse las orejas. Al final resultó que ganó las elecciones el Partido Popular, pero el PSOE quedó en segundo lugar, gracias, entre otras causas, al silencio de Sus Señorías sobre la gigantesca malversación de lustros, institucional, con un montón de altos cargos socialistas condenados (menos sus máximos jefes, con condenas poco más que simbólicas porque no trincaron físicamente la pasta, o sea, todavía oían. Y además con amenaza de indulto por parte del ocupante de la Moncloa, lo que significa que en cuanto puedan lo volverán a hacer).
Psoe

Paula Andrade

El proceso de putrefacción del partido socialista viene de muy lejos, prácticamente desde su fundación entregándose en brazos del marxismo hasta las últimas hazañas de su actual secretario general, escondiendo detrás de una mampara una urna cargada con papeletas a su favor antes de que se celebrase una votación para secretario general; se descubrió la superchería, pero en lugar de haber sido expulsado del partido, los dirigentes de entonces se lo consintieron: todavía oía el candidato y el PSOE no necesitaba medidas de higiene.
¿Quieren memoria democrática? Vamos a ello, pues, que el ejercicio de la memoria en política es una actividad de lo más higiénica y, como en el chiste, no basta con lavarse las orejas cuando ya no se oye, sino que hay que lavarse cada día, y a veces varias veces al día. Nunca se insistirá lo bastante en la denuncia de la roña. Lo penúltimo han sido las maniobras destinadas a neutralizar los mecanismos constitucionales de control del Poder Ejecutivo configurando un Tribunal de Cuentas y, sobre todo, un Tribunal Constitucional de dóciles corderos en manos de los dos grandes partidos, pero con mayoría del PSOE; inmediatamente antes, aprovechando una enmienda en una ley que trataba de otra cosa, para someter el Instituto Nacional de Estadística a los designios del Gobierno; y antes, regalando el CIS a un socialista cuyos pronósticos electorales dan vergüenza ajena; y antes, en una ley que autoriza a los médicos a dar muerte a sus pacientes en determinadas circunstancias, obligándoles a decir en el certificado de defunción que han muerto por causas naturales y no en virtud de una maniobra eutanásica. Y todo esto envuelto en un embuste tras otro, una contradicción hipócrita tras otra, un engaño tras otro, cuando en cualquier democracia que se respete a sí misma la mentira es lo más grave que puede cometer un político, hasta el punto de tener que abandonar todo contacto con la administración del dinero público, o sea, irse de la política, si es hallado mintiendo.
Lamentablemente, en Occidente sufrimos la tentación suicida de no dar la importancia de antaño al castigo de la mentira en los políticos. Jean-François Revel, en su ya clásico La tentación totalitaria alertaba de este peligro; los que no lo han leído y quieren dárselas de cultos creen que Revel habla del peligro de que vengan unos dictadores a cargarse la democracia, cuando en realidad se refiere a la propensión de las sociedades occidentales a aspirar a ser gobernadas totalitariamente. Han pasado cuarenta y seis años, y el libro parece acabado de salir.
  • Ramón Pi es periodista
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