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En primera líneaMiquel Porta Perales

Urge devolver los alumnos a la escuela

El problema de la educación primaria y secundaria en España va más allá. Hablo de la escuela falansterio que impulsa el progresismo. ¿A qué se debe el descenso del conocimiento en la educación secundaria en España? Primero, el sistema educativo. Segundo, la pedagogía progresista

Septiembre. Empieza el nuevo curso escolar después de las vacaciones estivales. Una impresión particular probablemente salida de tono: la educación secundaria obedece a determinados y diversos intereses que acaban convirtiendo el centro escolar en un parquin, en una agencia de colocación, en un laboratorio, en un lugar para el activismo. O en un falansterio. Vayamos por partes.

Para la Administración, la escuela parquin permite reducir el índice de paro juvenil y ofrecer trabajo a un número de funcionarios –me refiero a la burocracia educativa- que si no fuera por la enseñanza aumentaría las listas del desempleo.

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Para muchas familias, dicha escuela es una suerte de guardería en donde tener controlados a los hijos y así poder descansar en casa, o ir al gimnasio, o ir al trabajo.

Para el profesorado, dicha escuela brinda unos lugares de trabajo que permiten –el sueldo- vivir dignamente.

Para los pedagogos, dicha escuela es el laboratorio en donde experimentar las últimas tendencias educativas y formativas que afortunadamente suelen fracasar al ponerse en práctica.

Para el sindicato, dicha escuela facilita la afiliación de militantes que pagan su cuota al tiempo que posibilita aumentar –uno de los sueños del profesorado- el número de profesores sindicalistas liberados del trabajo diario.

Para las asociaciones de padres y madres de alumnos, dicha escuela ofrece el lugar en donde pasar el tiempo creyendo -unos y otras- que tienen poder en el centro educativo.

Finalmente, para los alumnos dicha escuela es el espacio al que asisten voluntariamente, o a la fuerza, y donde pueden socializar y aprender algunas cosas.

Dirán ustedes que exagero, que todo lo expuesto es una simple boutade. No es eso.

El ejemplo: la propuesta del profesorado de adoptar la jornada intensiva en la escuela. Respuesta de los padres: el alumnado ha de asistir a la escuela por la tarde. Repuesta del profesorado: la jornada intensiva es mejor y los sindicatos deberían negociar con la Administración. Respuesta de la Administración: esta es una cuestión que debería negociarse con la Comunidad Autónoma. ¿Cómo no ver en estas respuestas –padres partidarios de la jornada partida porque lo contrario podría implicar reducción del horario laboral y consiguientemente del salario, profesores que desean la jornada intensiva para así descansar por la tarde con el mismo sueldo y una Administración que navega entre dos aguas- un síntoma/manifestación de la escuela entendida como una confluencia de intereses ajenos a la función educativa del centro.

El resultado más preocupante es –dejando a un lado el asunto de los valores- el continuo descenso de los niveles de conocimiento. Tan es así que la universidad se ha convertido, de hecho y en buena parte, en el bachillerato de nuestros días.

En cualquier caso, el problema de la educación primaria y secundaria en España va más allá. Hablo de la escuela falansterio que impulsa el progresismo. ¿A qué se debe el descenso del conocimiento en la educación secundaria en España? Primero, el sistema educativo. Segundo, la pedagogía progresista.

Ese sistema de raíz marxista y/o neomarxista antagonista del capitalismo liberal y la razón instrumental que se fundamentan en el «principio educativo» de Antonio Gramsci que pretende superar la «vieja escuela» de carácter «oligárquico». Ese proyecto que rompe con la escuela conservadora/liberal para formar al joven «como persona capaz de pensar, de estudiar, de dirigir o de controlar a los que dirigen» (Antonio Gramsci). En definitiva, una escuela popular progresista. Una educación –dicen- emancipadora que conecta con el Jürgen Habermas de la «acción comunicativa» que permite que en las aulas exista una razón comunicativa dialógica e intersubjetiva que conduzca a un nuevo modelo de verdad que surge del diálogo entre el profesor y el alumno. Un nuevo mundo en que aprender no solo es transmitir conocimiento, sino construir una sociedad en que también participan el profesor y el alumno. La quiebra de la autoridad en la sociedad de clases. El ascenso de las clases populares.

Esa pedagogía que sostiene que el trabajo fundamental del profesor no es la transmisión del conocimiento, sino la de desarrollar las capacidades intelectuales o no intelectuales del alumno, la de ayudar al alumno para que se realice, la de descubrir las cualidades personales del alumno y la de enseñar a convivir de acuerdo con determinados valores como, por ejemplo, la solidaridad, el pacifismo, el tercermundismo, el ecologismo, el feminismo, el multiculturalismo o la participación activa. El profesor como agitador doctrinario cuya intención es convertir el aula en uno de los falansterios que soñó Charles Fourier.

Durante los años ochenta del siglo pasado, la izquierda llega al poder en España y reforma el sistema educativo. Armada de ideología progresista y pedagogía constructivista y comprensivista, la Ley Orgánica de Ordenación General del Sistema Educativo (LOGSE, 1990) legalizó una filosofía educativa que promovía el igualitarismo, reglamentaba la promoción automática de curso, reducía los contenidos, subestimaba la memoria, fomentaba la educación en valores progresistas, relativizaba el esfuerzo y relajaba la disciplina y la autoridad del profesor. El resultado: fracaso escolar y analfabetismo funcional.

En eso estamos, todavía. Urge devolver a los alumnos a la escuela.

Miquel Porta Perales es escritor

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