04 de diciembre de 2021

Democracia bursátil

No nos quedemos en la simple crítica a esos pobres chicos desorientados, cumplamos con nuestra responsabilidad para conseguir que nuestra democracia sea menos imperfecta, menos bursátil

Un famosísimo cínico inglés, no necesito ni mencionar su nombre, decía algo así como que «la democracia es el peor sistema político si exceptuamos todos los demás». Yo no soy tan cínico, pero sí creo que nuestra democracia no es perfecta. Ni la nuestra ni la de nuestros vecinos, solo que en nuestro caso se nota un poco más por cómo somos los españoles sociológicamente.
Los que hemos dedicado muchos años a gestionar empresas sabemos que un caso muy particular es optimizar el funcionamiento de una empresa que cotiza en bolsa. En una empresa cotizada en el mercado, la bolsa, manda mucho. La opinión de los inversores y, sobre todo, la de los analistas es vital. Un error en cómo presentamos nuestra empresa a los mercados puede terminar con la empresa. También es verdad que si solo te centras en la opinión de los analistas es casi seguro que la empresa se va a pique. Todos los que hemos sido empresarios o ejecutivos sabemos que hay que pensar mucho más en los clientes que en los analistas.
Para conseguir que una empresa tenga una larga vida de éxito hay dos claves: una, entender las necesidades de los clientes y anticiparse a ellas y, la segunda, contar con un equipo de personas que entiendan con profundidad esas necesidades y puedan, de forma estable, es decir, con una visión a medio y largo plazo, organizarse para dar respuesta a sus necesidades. No es raro que una empresa tarde diez o más años en orientar su funcionamiento para dar respuesta a las expectativas de sus clientes.
Nuestra democracia funciona mirando a un mercado de votos que se parece muchísimo al bursátil. Para colmo la permanencia de los «directivos», los políticos de primera fila, está condicionada a conseguir la aprobación de la «bolsa», las urnas, cada cuatro años o menos. Por si esto fuera poco, este mercado bursátil del voto está muy manipulado por unos «analistas» muy particulares, los medios de comunicación, cuyos objetivos reales dependen de ser espectaculares, conseguir la atención de la audiencia.
Entendiendo cómo es el mecanismo, es absurdo pretender que dirijan bien nuestra empresa, España, unos chicos no muy preparados, rodeados de dinero por todas partes y presionados cada minuto por unos «analistas» que buscan sin cesar hacer ruido. Son unos chicos rodeados de cámaras que tienen un contrato de, como mucho, cuatro años. Pretender que estas personas tomen decisiones sensatas y válidas para orientar adecuadamente los destinos de un país es simplemente imposible. Es paradigmático el caso de Iván Redondo, un señor que no es capaz de hablar dos minutos sobre su país, que solo entiende de cómo «manejar» el mercado de votos y sus intermediarios. Que Iván Redondo haya sido una persona clave en Moncloa es como si yo hubiera puesto de subdirector general en mi empresa al chaval que era buenísimo haciendo powerpoints para los analistas.
¿Qué podemos hacer? ¿Qué hacen en otros países con democracias parecidas? La clave está en introducir otras fuerzas que compensen el empuje del mercado de votos y de los medios de comunicación hacia lo inmediato y lo espectacular. La fuerza fundamental, probablemente no la única, para compensar las visiones del estilo Iván Redondo, tiene nombre, un nombre elegante, lo llamamos Sociedad Civil. No me podéis negar que el nombre es chulo. Lo que pasa es que el nombre no resuelve el problema y aquí viene al pelo mi referencia a cómo somos los españoles sociológicamente. En otros países detrás de ese nombre hay organizaciones y estructuras estables, en España, siento decirlo, detrás de ese nombre no hay nada o casi nada.
Los que me conocen saben que no soy derrotista con la forma de ser del español, todo lo contrario, pero tenemos dos hándicaps: por muchas razones el asociacionismo no es nuestro fuerte y, además, nos cuesta mucho trabajar en algo si no tenemos claro para qué lo hacemos.
La Sociedad Civil, es decir, organizaciones e instituciones no sometidas a la «democracia bursátil» y a los intereses de los medios de comunicación como intermediarios de votos, deben servir como fuerza que ayude (u obligue, si es necesario) a los ejecutivos políticos a trabajar para conseguir lo mejor para los españoles con un equilibrio entre el corto, el medio y el largo plazo. Siendo más gráfico, trabajar en lo que es bueno para nosotros, pero pensando también en los intereses de nuestros hijos y nuestros nietos.
Los que tenemos alguna capacidad de influir en nuestro futuro, los que yo llamo las élites reales, tenemos muchísima responsabilidad en conseguir que esas estructuras de la Sociedad Civil cumplan su papel. No nos quedemos en la simple crítica a esos pobres chicos desorientados, cumplamos con nuestra responsabilidad para conseguir que nuestra democracia sea menos imperfecta, menos bursátil.
  • Manuel Galán es ingeniero

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