17 de agosto de 2022

tribunaFederico Romero Hernández

El baluarte andaluz

Entre los electores más o menos recién incorporados, las adhesiones a las siglas son perfectamente quebrantables. En un mundo de volátiles situaciones, las pertenencias a «mi partido de toda la vida» se han acabado

Conocí a Juan Manuel Moreno en el momento en que tomó posesión como concejal del Ayuntamiento de Málaga, con Celia Villalobos como número uno del PP. Me pareció un joven discreto y simpático. Un tipo normal. Entonces, ediles así podían ser asesinados por ETA. Así le ocurrió a Martín Carpena, que lo sustituyó cuando Moreno fue nombrado diputado. Modestamente acudían a mi despacho: «Mire usted, yo de esto no sé mucho, así que le pediré consejo legal algunas veces» –me decían–. «Con mucho gustó –contesté–; y además es mi deber». Nada más que tipos normales, repito. Y nada menos. Mi profesor de Derecho Penal solía decir que el hombre normal es el menos normal de los hombres. El sentido de ese sintagma residía en que todos teníamos una cualidad diferenciadora que nos apartaba de la norma. Para mejorar o empeorar. Menos mal. Si no, todos cortados por el mismo patrón, lo que supondría «la abolición del hombre». Chesterton mantiene en Ortodoxia que «la creencia democrática se resume en que las cosas más importantes… –y a continuación ponía ejemplos– conviene dejárselas a las personas normales».
Cuando este artículo aparezca publicado, habrán abundado las interpretaciones del éxito político –e histórico– del PP desalojando de su bastión andaluz al PSOE. Al de ahora, claro. Y desde luego ha sido un punto de inflexión en la historia de nuestra tierra y no sabemos si extenderá su alcance a toda España. Es verdad que ya lo había hecho parcialmente, pero lo significativo del momento es que ha tenido que ser con votos de la izquierda.
A mí me gustaría destacar, sin embargo, algunos aspectos que pueden pasar desapercibidos pero importantes. Algunos dicen que Andalucía ha girado hacia la derecha. Otros que vuelven el bipartidismo y las mayorías absolutas. También se habla del hartazgo producido por el «sanchismo», incluso para un sector del PSOE, que no ha abandonado el españolismo que campea en sus siglas, y que ha sido traicionado por el maridaje por conveniencia con el independentismo. Incluso que el Gobierno ha equivocado su estrategia ya que, al considerar que el PP solo podría gobernar si se coaligaba con Vox, le daba hecho el discurso de denostación de una derecha que seguía siendo «la de siempre». Con ello, pensaban, anularían el efecto expansivo a nivel nacional. A ello puede añadirse la difícil situación económica derivada tanto por razones internacionales como por la dudosa gestión de los problemas acarreados.
En fin, es cierto que la insólita mayoría alcanzada pueda derivar del conjunto de causas ya mencionado, pero entiendo que ello debe llevar a la clase política española –a toda– a un replanteamiento de actitudes y estrategias de más calado y modernidad. Por lo que concierne a las formas, dándose cuenta de que la gente corriente abominamos del discurso ofensivo, del insulto, del ataque personal, de la estéril agresividad, que –como dice Rodríguez Luño– «no tienen cabida en un debate político digno de tal nombre». Y refuerza tal idea lo dicho por Böckenförde al respecto: «Ha de estarse abierto a la argumentación política y el compromiso en torno a la búsqueda de una decisión»… de solución de los problemas de la ciudadanía. Y en los días preelectorales dados en Andalucía, he atisbado destellos positivos en esa línea.
Pero otra reflexión importante es que entre los electores más o menos recién incorporados, las adhesiones a las siglas son perfectamente quebrantables. En un mundo de volátiles situaciones, las pertenencias a «mi partido de toda la vida» se han acabado. El análisis de la eficacia y la moderación, del cumplimiento de las promesas del programa, de las mentiras solapadas envueltas en el celofán de la propaganda, cuentan a la hora de decidirse al introducir las papeletas en las urnas. La elevación del nivel educativo del electorado y la consciencia de que depositar la confianza en alguien que va a detentar un gran poder en el desarrollo inmediato de sus vidas, obligan a que ese acto de votar sea debidamente sopesado.
El citado Böckenförde recuerda que «la neutralidad del Estado no significa un Estado sin principios». Y Ratzinger – en su debate con Habermas– «que las instituciones políticas democráticas no se sostienen por sí mismas y necesitan algo irrenunciable que está fuera del ámbito político». Existe un componente ético imprescindible para cualquier gobernante. Pero como dice Rodríguez Luño en su ensayo al respecto, si se está cegado por intereses ideológicos, o de poder económico, o peor, de ambos: «No dudará en monopolizar la educación, politizar el poder judicial y la administración de justicia, violar, o al menos forzar, los procedimientos legales establecidos, llegando incluso a propugnar reformas constitucionales ad personam, de quien tiene el poder político». ¿Por qué se pierde un bastión?
  • Federico Romero Hernández fue Secretario General del Ayuntamiento de Málaga y Profesor Titular de Derecho Administrativo de su Universidad
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