La España del «realismo mágico»
«El poblado de «Macondo» de García Márquez será la Suiza del mañana y la España sanchista un arrabal perdido de esa nueva Europa vanguardista, irreal y ensoñada por un presidente que ha traicionado cicateramente a España y a su Constitución»
«El realismo mágico es un movimiento literario y pictórico de mediados del siglo XX, caracterizado por su preocupación estilística y el interés de mostrar lo irreal o extraño como algo cotidiano y común, combinando para ello elementos fantásticos y fabulosos con el mundo real». Siendo estudiante de Medicina en la Universidad de Granada, fue cuando leí algunas de las novelas –más representativas de ese llamado «realismo mágico literario»– Pantaleón y las visitadoras, La casa verde –del peruano Vargas Llosa– y El coronel no tiene quien le escriba y Cien años de soledad –la paradigmática novela de ese movimiento literario escrita por el «aracatacareño» colombiano García Márquez, quien llego a decir que su «Macondo no es un lugar físico sino un estado de ánimo»–. Esos años vivieron una gran eclosión literaria del realismo mágico, período que coincide con las dictaduras políticas y sus infinitas manipulaciones de la palabra para distorsionar los hechos reales.
Han pasado ya casi cincuenta años y no había vuelto a oír hablar en público del «realismo mágico». Hace unos días –mientras desayunaba– escuché a Francisco Maruenda, director del diario La Razón, en Espejo público –ese variado magazine matinal televisivo de Antena 3 TV, conducido y presentado por la telegénica periodística Susana Griso– afirmar que con el Gobierno de Sánchez, España entera parece estar sumida en un «realismo mágico político» que no «literario». Creo que a la tipología clásica de W. Spindler habría que añadirle un nuevo tipo: el «realismo mágico político», de España y de algunos países iberoamericanos, aunque este concepto les disguste a los presidentes de Colombia, Méjico, Perú, Venezuela y Ecuador, entre otros.
Este movimiento fue encabezado por renombrados autores latinoamericanos –algunos, incluso, galardonados con el Premio Nobel– y sus obras, a menudo, se han interpretado como un género de «subversión política», con toda la carga socioeconómica que ella conlleva. La eufórica manifestación, hace ya casi un año, de Pedro Sánchez afirmando que «somos la vanguardia de lo que está por venir en Europa» es lo más parecido al realismo mágico latinoamericano, pero en versión política hispano-europea del siglo XXI. Cuando afirmamos –como lo ha hecho el señor Maruenda– que esto o aquello se parece o es puro «realismo mágico político», estamos aceptando la existencia en el Gobierno de España de algo muy concreto y real, que se define como un utópico interés por mostrar lo irreal o superfluo como algo verosímil y necesario.
El actual Gobierno de Sánchez es –por impreciso y desnortado– pura ficción de la realidad y una falaz narración de «realismo mágico político» sobre España, nuestro «Macondo español». De aquellos lodos y promesas incumplidas… estos barros del momento político actual español. Desde este Gobierno, sin currículum y mal avenido –como dice Felipe González– se «está sembrando la semilla de la destrucción de España», en alusión directa a Sánchez y a sus socios de esa «republiqueta» plurinacional con autodeterminación gratis, e indulto incluido
En una cultura impregnada de realismo mágico, lo fantástico y la tecnología cohabitan, y las realidades políticas y culturales viven esas dualidades. Sánchez y sus socios son expertos y lo demuestran, día a día, navegando por esas aguas en las que conjugan hábilmente sus mitos y sus trileras realidades y utópicas fantasías con un discurso irreal, trilero y mágico para embaucar a sus audiencias –votantes y gobernados–, totalmente ajenas a sus falacias, contradicciones y quiméricas promesas que nunca llegan.
La política, como arte de lo posible, requiere ver el camino del futuro para ilusionar y convencer a un grupo suficientemente grande de votantes y seguidores para contar con su apoyo. Mientras que como ciencia, demanda insistentemente un acertado conocimiento de la realidad y de sus factores de cambio, en tanto que arte, exige transmitir un mensaje y construir una coalición capaz de edificar un futuro posible, pues el mundo real –tecnológico y científico– coexiste con la cultura de la superficialidad, la superstición y la fantasía.
El rigor de expresión y pensamiento, demandar evidencia suficiente y el análisis lógico, son insustituibles para –retornando a la realidad– descartar mitos y fantasías y, así, poder conocernos como sociedad y como personas. Esto supone un gran desafío educativo para los gobernantes y para la política –entendida como educación y no como manipulación– y que como dijo nuestro filósofo y escritor Fernando Savater, «sin educación no hay democracia». A esto, yo añadiría: que sin democracia ningún Estado –ni siquiera la milenaria Atenas de Pericles, llamado el «olímpico», por su imponente voz y sus excepcionales dotes oratorias– podría gobernar con igualdad, libertad, justicia y solidaridad para el pueblo.
¿Podemos afirmar que hoy el «realismo mágico» en España es político? (…) «Si este modelo político de ensoñados fanáticos, comunistas-chic, separatistas, filo-etarras, pijo-progres y globalistas de distinto pelaje, o su versión retro-vintage de la gran coalición a la alemana, son las posibilidades del porvenir europeo, el poblado de «Macondo» de García Márquez será la Suiza del mañana y la España sanchista un arrabal perdido de esa nueva Europa vanguardista, irreal y ensoñada por un presidente que ha traicionado cicateramente a España y a su Constitución». Si esto es así, Entonces, podremos afirmar –con José Papparelli, periodista de El Correo de España–, que el actual Gobierno de España ejerce un auténtico «realismo mágico político».
Pedro Manuel Hernández López es médico jubilado, periodista y exsenador por Murcia