Fundado en 1910
En primera líneaJosé Ignacio Palacios Zuasti

Historia reciente para jóvenes y desmemoriados

Así que, ahora, cuando ETA ya no mata, que a nadie le sorprenda que el PSOE de Pedro Sánchez gobierne con el apoyo de Bildu y hasta le haya entregado en bandeja de plata la alcaldía de Pamplona. ¡Nada hay nuevo bajo el sol!

En 1985, hace ahora 40 años, ETA asesinó a tres personas en Pamplona. José María Izquierdo, teniente de la Policía Nacional, estaba llamada a ser la cuarta, pero el kilo y medio de Goma 2 que el 7 de mayo explosionó en su coche, le seccionó las dos piernas y el brazo derecho y desde entonces tanto a él –que declaró: «no se puede vivir con odio, solo queremos justicia»– como a su familia, se les puede ver paseando por la ciudad con una sonrisa en sus labios, dando a todos una gran lección de discreción, de saber perdonar y de mirar hacia adelante en la vida.

El día 30 de ese mismo mes, como concejal del Ayuntamiento de Pamplona, asistía a la sesión plenaria cuando, a eso de las 21:30 horas, escuchamos una fuerte detonación que hizo retumbar las sólidas paredes de la Casa Consistorial. Los corporativos nos cruzamos miradas de asombro, pero el pleno continuó como si nada hubiese sucedido. Minutos después, a través del boca a boca, nos fuimos enterando de los detalles del atentado.

Eran las nueve de la noche cuando, en la Comandancia de la Policía Nacional, se había recibido una llamada comunicando que, en la Bajada de Javier, una perpendicular de la famosa calle de la Estafeta, un drogadicto que portaba un cuchillo estaba asustando a los viandantes. Hasta allí se desplazaron dos coches patrulla y, antes de que estos llegaran, una mujer embarazada depositó una bolsa negra en el portal del número 16 en el momento en el que un niño de 14 años, Alfredo Aguirre Belascoain, alumno de Jesuitas, que era conocido con los cariñosos apelativos de ‘Godo’ o ‘Guindi’, llegaba al portal de su casa, el Nº 13, casi enfrente del 16, donde dejó su bicicleta y se dirigió al 16 donde sus padres estaban en casa de unos amigos. En el momento en el que tocaba el timbre del piso explosionaron los tres kilos de Goma 2 que contenía la bolsa. Su cuerpo quedó suspendido en el aire para desplomarse después en el suelo, desfigurado y cubierto de sangre. Cerca de él yacía, también, el policía nacional Francisco Miguel Sánchez.

A pesar de que a pocos metros de donde nos encontrábamos habían sido asesinadas dos personas, el pleno no sólo no se suspendió, sino que debatió un asunto fuera del orden del día y «siendo las veintidós horas», como señala el acta, se levantó la sesión sin que en ella se aprobara ninguna declaración de condena por el atentado. A continuación, estaba organizada una cena para celebrar el segundo aniversario de la toma de posesión de la Corporación, por lo que me dirigí al alcalde y le pedí que la suspendiera en señal de luto. Su respuesta fue tajante: «No. Porque la vida tiene que seguir».

Y mientras ellos se iban al restaurante, me acerqué al lugar del atentado en donde, entre el humo y las luces de los coches de policía y sanitarios, contemplé una escena dantesca.

Al día siguiente asistí al funeral del policía nacional. Al llegar a la iglesia coincidí en la puerta con el general Juan Atarés Peña, con él entré al templo y juntos estuvimos sentados en el mismo banco. Cuando acabó la ceremonia alguien despidió al ministro del Interior, José Barrionuevo, con un grito de: ¡Hasta el próximo muerto! Sin que yo pudiera imaginar que la que iba a ser la siguiente víctima mortal de ETA en Pamplona la tenía tan cerca de mí pues, unos meses después, el 23 de diciembre, víspera de Nochebuena, Juan Atarés caía abatido de tres tiros, por la espalda y a bocajarro, en la vuelta del Castillo, a escasos metros de su domicilio. Minutos después, su esposa, María Luisa Ayuso, ante el cadáver del general, que yacía sobre un suelo alfombrado de hojas, perdonó a sus asesinos. Atarés fue enterrado la mañana del día de Nochebuena y aquella noche, como declaró su viuda, «el Niño Jesús nació especialmente en nuestra casa».

Tampoco en esa ocasión el Ayuntamiento condenó su atentado. No hubo minuto de silencio ni pleno extraordinario para debatir lo sucedido. Como tampoco se había inmutado la Corporación aquella fría mañana del 7 de mayo en la que José María Izquierdo quedó terriblemente mutilado. Entonces, el Pleno municipal fue tan mezquino que ni tan siquiera felicitó a un sargento de la Policía Municipal que, en un alarde de eficacia y con tres cinturones de otros tantos viandantes, consiguió cortarle en gran medida el flujo de sangre, salvándole así la vida.

Cualquiera que lea todo esto pensará que estos hechos ocurrieron hace mucho tiempo, pero tan sólo han pasado 40 años. Esto sucedió con el PSOE de Felipe González, en unos años en los que en el Ayuntamiento de Pamplona se alardeaba de que la «mayoría natural» la conformaban PSOE y Herri Batasuna (brazo político de la sanguinaria ETA), que sumaban 15 votos. Por eso, aunque los concejales de UPN y Coalición Popular (11) presentábamos sistemáticamente mociones de condena por los atentados, estas eran rechazadas con el rodillo de PSOE, HB y PNV (16). Así que, ahora, cuando ETA ya no mata, que a nadie le sorprenda que el PSOE de Pedro Sánchez gobierne con el apoyo de Bildu y hasta le haya entregado en bandeja de plata la alcaldía de Pamplona. ¡Nada hay nuevo bajo el sol!

José Ignacio Palacios Zuasti fue senador por Navarra

comentarios

Más de Tribuna

tracking

Compartir

Herramientas