Garbo, el espía español que engañó a Hitler y fue clave en Normandía
La intervención de un español había salvado el Día D y miles de vidas. Y lo más asombroso, armado únicamente con la palabra, un maestro del engaño, el agente doble más importante de la II Guerra Mundial, había derribado el Muro Atlántico, la colosal estructura defensiva nazi
Detrás de uno de los héroes anónimos que cambiaron el curso de la Historia en beneficio de la Humanidad se esconde la figura de un misterioso espía español. Apodado Garbo por el Servicio Secreto Británico (MI5) para el que trabajó durante la II Guerra Mundial, Juan Pujol García (Barcelona, 1912-Caracas, 1988) resultó vital en el éxito del Desembarco de Normandía y, por ende, en la victoria del Ejército Aliado ante las tropas del III Reich.
Personaje clave en la mayor campaña de desinformación y manipulación bélicas, el agente doble catalán convenció al mismísimo Adolf Hitler de que la invasión en la Francia ocupada se produciría por el Paso de Calais, dato completamente falso.
Tras su extraordinaria contribución a la paz, Pujol se convirtió en el único participante en la II Guerra Mundial condecorado por británicos y alemanes. Finalizado el conflicto bélico, y ante posibles represalias nazis, el MI5 publicaría la falsa noticia de la muerte de Pujol. En realidad, se había trasladado de incógnito con su primera mujer, Araceli González Carballo, (Lugo, 1914-Madrid, 1990), a Sudamérica. La vida y gestas de Pujol, dignas de un personaje de película, permanecerían ocultas durante cuatro décadas, hasta que el político e historiador inglés Nigel West descubrió que no había fallecido. Ese hecho propició que se hiciera pública la hazaña del español y fuera recibido con todos los honores por el Duque de Edimburgo en el Palacio de Buckingham en 1984. Días antes se había reunido en Barcelona con su exesposa Araceli y los tres hijos en común (Juan, Jorge y María Eugenia). Todos ellos habían perdido el contacto tras la separación del matrimonio en Venezuela y la vuelta de la esposa a España. Después de su paso por Europa, Pujol, convertido ya en un héroe de la II Guerra Mundial que acaparó portadas de la prensa internacional, regresaría al país caribeño. Allí se había casado en segundas nupcias con Carmen Cilia Álvarez. Tuvo tres vástagos más: María Elena, Carlos Miguel y Juan Carlos. Pujol moriría el 10 de octubre de 1988 en Caracas, casi año y medio antes que su exmujer Araceli (6 de marzo de 1990). Ella, por su parte, también había rehecho su vida, en este caso, en Madrid, junto a Edward Kreisler, un influyente empresario norteamericano, con quien fundó una afamada galería de arte.
Desde joven, Pujol había mostrado una ferviente defensa de la libertad, la paz y la democracia, influido por los sólidos valores inculcados por su padre. En ese sentido, los horrores experimentados en la Guerra Civil Española, donde no empuñó un arma, le provocaron una frontal oposición a los totalitarismos de la época (comunismo y fascismo). Tras la victoria del general Francisco Franco, se establecería en Madrid junto a su esposa Araceli, natural de Lugo. Tras conocerse en Burgos, habían contraído matrimonio (1940) en la capital donde se instalarían. Allí se encontrarían una ciudad devastada y triste, lo que exacerbaría los principios humanistas de la pareja. No obstante, el punto de inflexión en sus vidas se produciría con el estallido de la II Guerra Mundial. Sintieron la necesidad de combatir el nazismo. Para entonces ya soñaban con ser espías y abandonar nuestro país.
«Quiero espiar para ustedes»
Pujol se presentó una mañana en la embajada británica en Madrid, donde ofreció su colaboración. Quería luchar —a su manera— contra las potencias del Eje. Sin embargo, le rechazaron al temer que se tratara de un intento de infiltración de un agente pronazi.
Tras esa negativa, urdió un plan para convencer a los ingleses. Trabajaría para los alemanes como agente encubierto, demostrando sus habilidades. Con ese objetivo solicitó una cita en la legación germana en la capital de España. Tras dos duras entrevistas, que superó gracias a unas dotes interpretativas extraordinarias, fue reclutado por el Tercer Reich. Bajo supervisión de la Abwehr (Servicio de Inteligencia Alemán) en Madrid, recibió formación básica en escritura con tinta invisible y códigos cifrados. Además, se le entregaron 3.000 dólares y cierta documentación para su primera misión. Alaric Arabel, nombre nazi en clave relacionado con su esposa (Araceli la Bella), debía trasladarse al Reino Unido para obtener todos los datos posibles de los Aliados. Pero había un problema. No tenía contactos, ni el modo de viajar a Inglaterra.
Portugal, centro secreto de operaciones de Pujol
Ante esta dificultad, se desplazó en secreto a Portugal, nación neutral donde la información fluía libremente. Precisamente en el país luso, corazón del espionaje europeo, entraría en contacto por primera vez con el mundo real de los agentes encubiertos.
Instalado en Lisboa con su mujer, Pujol se documentó a través de diarios internacionales, guías de viaje, mapas y diccionarios militares. Simultáneamente, visitaba asiduamente librerías, bibliotecas y, sobre todo, un famoso quiosco de prensa y un café contiguo por los que desfilaban las noticias, los rumores y la élite de la inteligencia continental. Con esos rudimentarios medios y mucha imaginación, Pujol comenzó a escribir cartas con tinta invisible y contenidos falsos, que enviaba a los alemanes en Madrid… simulando encontrarse en Londres. Para dar mayor credibilidad a los relatos fantásticos, creó una extensa red imaginaria de colaboradores, cada uno de ellos con una identidad y anécdotas personales y profesionales propias. Poco a poco se fue ganando la confianza de los germanos, que lo llegarían a considerar su fuente más fiable. Mientras, en el otro bando, los británicos seguían la pista de un escurridizo agente del Tercer Reich.
El MI5 recluta a Pujol gracias a su esposa
Después de la segunda negativa inglesa a los ofrecimientos de su marido, Araceli se personó en la embajada estadounidense en Lisboa. Allí demostró con pruebas que su esposo era el agente ‘nazi’ Arabel, buscado por el Reino Unido. Inmediatamente, se lo comunicaron a sus colegas británicos, que acabarían aceptándole en abril de 1942.
Ya en Londres sería sometido a intensos interrogatorios por dos agentes del servicio secreto británico (MI5). Asombrados por sus niveles interpretativo y persuasivo, le apodarían Garbo, en referencia a la que uno de ellos consideraba mejor actriz del mundo: Greta Garbo.
Poco después, el 27 de abril, enviaría la primera de las 315 cartas a los nazis en Madrid. En el texto oculto explicaba que había obtenido un trabajo como traductor en la televisión pública británica (BBC). Haciendo gala de su desbordante imaginación, se inventó una red ficticia de 27 informantes en Inglaterra, por los que llegaría a ¡cobrar gastos de representación al Tercer Reich! Sus mensajes comenzaban a inundar la sede diplomática germana en la capital de España, antes de ser reenviados a Berlín, donde eran leídos por el Führer.
La obra maestra de Garbo: Operación Fortaleza
El culmen de la interpretación de Garbo se produciría con la denominada Operación Fortaleza. Iniciada en 1942, esta misión de desinformación y engaño buscaba persuadir a Hitler de que la invasión Aliada de Francia se produciría por el Paso de Calais –ruta marítima más corta entre el Reino Unido y Francia– y no a través del punto real, Normandía, a 250 km de aquella zona.
Para preparar el terreno, entre los centenares de mentiras e imprecisiones, Garbo había comunicado a los alemanes la existencia de un importante contingente enemigo en Escocia. Los cazas nazis, tras sobrevolar dicha zona, confirmaron la concentración de efectivos ingleses. Sin embargo, no podían sospechar que, en realidad, habían divisado unidades falsas de lanchas, tanques y aviones (maquetas) hinchables. Habían mordido el anzuelo del agente doble español.
En medio de esta intensa batalla comunicativa, llegaría la fecha del Desembarco de Normandía. A las 3:00 de la madrugada del 6 de junio de 1944, mientras el mayor contingente anfibio de todos los tiempos viajaba rumbo a Normandía, Pujol comunicaba el inminente ataque por la zona de Calais. Sospechaba que los radiotelegrafistas nazis no se encontrarían activos a esa hora. Y estaba en lo cierto. No le respondieron hasta las 8:00 de la mañana. Para entonces, los Aliados habían ganado un tiempo crucial (dos horas) con el factor sorpresa de su parte y las temidas divisiones Panzer alejadas del escenario bélico real. La intervención de un español había salvado el Día D y miles de vidas. Y lo más asombroso, armado únicamente con la palabra, un maestro del engaño, el agente doble más importante de la II Guerra Mundial, había derribado el Muro Atlántico, la colosal estructura defensiva nazi.