22 de mayo de 2022

Intervención artística en el memorial de Pitesti. Foto - Memorial Prisión Pitesti

Intervención artística en el memorial de Pitesti. Foto - Memorial Prisión PitestiM.P.P.

Pitesti, la cárcel de los horrores que convertía a los cristianos en torturadores

La Universidad CEU San Pablo acogió la proyección de un documental sobre el experimento de reeducación que sufrieron cientos de jóvenes en los primeros años de la Rumanía comunista

«Si intentabas persignarte, te ganabas una paliza de una hora. Una vez me golpearon durante ocho horas seguidas». Emil Sebesan sufrió en primera persona uno de los episodios más oscuros del siglo XX: el experimento de reeducación en la cárcel de Pitesti, en Rumanía. Ocurrió entre 1949 y 1951, durante los primeros años del régimen comunista que se instauró en el país tras la derrota del Eje.
Durante estos tres años, cientos de jóvenes presos políticos –los estudiosos más cautos, como Arleen Ionescu, hablan de 780; otros llegan a los 5.000– fueron sometidos a un violento proceso de reeducación, a través de la tortura constante. «Me obligaron a comerme mis heces y las de los demás –relataba Sebesan, en un testimonio recogido por el Memorial Prisión Pitesti–; no se nos permitía ir al baño, y tuvimos que defecar en el mismo cuenco en el que estábamos comiendo».
El objetivo era extirpar de sus mentes las convicciones políticas y religiosas, y convertirlos en fieles súbditos del Partido. José Luis Orella, profesor de Historia Contemporánea en la Universidad CEU San Pablo, destaca que en Pitesti el objetivo no era –como en Auschwitz– matar a los presos, sino «destruir la voluntad humana; aniquilar el alma manteniendo vivos los cuerpos, para convertir a los disidentes en dóciles marionetas del sistema».

Torturas entre mejores amigos

«Torturas físicas igual de graves se han practicado en el siglo XX –y se siguen practicando en diversos rincones del mundo–, pero la tortura psicológica llevada a este nivel, tan difícil de imaginar para una mente normal, solo se ha practicado en Pitesti», explica Ilie Popa, presidente de la delegación de Argeș de la Fundación Cultural Memoria. El epítome de esta crueldad fue el hecho de que los presos eran obligados a torturarse entre sí.
Popa explica que los torturadores sabían –debido a los interrogatorios– qué presos eran más cercanos, y los hacían torturar a sus mejores amigos. Pone el ejemplo de tres estudiantes de la facultad de Medicina de Iași, arrestados juntos. Al llegar a Pitești, uno de los tres cedió a los castigos recibidos y aceptó convertirse en torturador. «Lo hicieron torturar a su mejor amigo y, como el amigo no cedió, lo torturó hasta la muerte», relata Popa.
Los métodos incluían –entre otros– golpes en la espalda o en los pies hasta el desmayo, u obligar a los presos a mantenerse con una pierna en el aire y cargando una mochila de piedras. Orella señala dos objetivos de los torturadores: «Eliminar cualquier sentido de solidaridad entre presos, y ahondar el compromiso de las víctimas, fomentando su sentimiento de culpa por participar en la violencia, y llevándolas a formar parte de la máquina».
Entrada a la antigua prisión de Pitesti

Entrada a la antigua prisión de PitestiWikimedia

Retorciendo rituales

Entre los prisioneros que acabaron en este agujero había algunos judíos, pero la mayoría eran fervientes cristianos, incluyendo a muchos estudiantes de la facultades de Teología de diversas confesiones cristianas. Orella reflexiona que en los totalitarismos «la política se vive como una fe religiosa», y que -por tanto- el choque entre regímenes como el comunismo con los creyentes es «absoluto».
En Pitesti, los torturadores disfrutaban retorciendo los rituales y las prácticas de fe: obligaban a los creyentes a besar un pene de jabón en lugar de un crucifijo, les ‘bautizaban’ con residuos fecales y les hacían comulgar con heces. «Todo lo que era más sagrado para nosotros, en la mente enferma de los torturadores, se convirtió en ocasión de blasfemia», relataba otro de los cristianos prisioneros, Nicolae Purcărea.
Durante y después de las torturas -relata Popa-, la gran mayoría de los torturados hacían el signo de la cruz con la punta de la lengua, en el paladar, ya que con la mano era imposible, porque si les veían les podían someter a tormentos adicionales. «La fe en Dios los fortaleció psicológicamente y todos los que resistieron hasta el final afirmaron que solo la fe en Dios los salvó», destaca el también profesor de la Universidad de Pitesti.
Una de las estancias donde se perpetuaban todo tipo de atrocidades en Pitesti

Una de las estancias donde se perpetuaban todo tipo de atrocidades en PitestiM.P.P.

Este experimento «se puede repetir»

El experimento de Pitesti estuvo liderado por un ex miembro de la Guardia de Hierro, Eugen Turcanu, que llegó a la prisión como detenido y se convirtió en colaborador de la dirección del centro. Convenció a otros nueve prisioneros para formar el primer equipo de torturadores, directamente amparados por los guardias de la prisión. En 1951, Turcanu fue trasladado a otra prisión, Gherla, donde continuó con los horrores.
Cuando el caso trascendió a los países más allá de la esfera soviética, la reeducación por tortura se detuvo. Para exculpar al régimen, señala Popa, se obligó a los torturadores a decir que sus acciones habían estado motivadas por infiltrados pro-occidentales. En 1954, Turcanu y otros 15 torturadores fueron llevados a juicio y condenados a muerte, siendo fusilados pocas semanas más tarde. Se ejecutaría a dos más en 1957.
El propio régimen reconoció indirectamente la implicación de las autoridades, condenando a prisión a algunos suboficiales y empleados de Pitesti, incluyendo al propio director, Alexander Dumitrescu. Fueron liberados al poco tiempo. Con ello se buscaba cerrar un capítulo que el Nobel de Literatura ruso Aleksandr Solzhenitsyn, que sufrió los gulags en su propia carne, tildó como «el acto de barbarie más terrible del mundo contemporáneo».
Los profesores Popa y Orella recordaron esta semana la negra historia de Pitesti al presentar la proyección del documental La reeducación de Pitesti. El drama de una generación, dirigido por Lucia Hossu-Longin. Fue un acto organizado por la Fundación Cultural Ángel Herrera Oria y el Instituto Cultural Rumano, y celebrado en la Universidad CEU San Pablo.
Para Popa, es importante recordar estas «monstruosidades diabólicas» para evitar que vuelvan a ocurrir. El profesor explica que algunas universidades estadounidenses realizaron diversos experimentos tras conocer el caso de Pitesti, con ayuda de los miembros de la Fundación Memoria: «La conclusión final –advierte– fue que este procedimiento se puede repetir».
El investigador rumano insiste en que la guerra en Ucrania hace más urgente recordar estos horrores. El experimento de Pitesti, apunta, fue de inspiración soviética, y «lo que sucede hoy en Ucrania recuerda directamente a la crueldad de los métodos utilizados por la ideología bolchevique rusa en contra del individuo».
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