Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla!
Jesús aceptó que su bautismo pasara por la cruz. No la buscó por masoquismo, sino por fidelidad al amor. Nosotros también podemos descubrir que, detrás de la cruz que pesa sobre nuestros hombros, hay una vida nueva que espera florecer
«Con un bautismo tengo que ser bautizado, y cuánto sufro hasta que éste se cumpla» (Lc 12,49). Cuando Jesús pronuncia estas palabras, está revelando el centro de su vida y de su misión. No ha venido al mundo como un turista que visita un lugar sabiendo que luego va a marcharse, ni para dejar un mensaje agradable, ni siquiera para contemplar desde fuera, con misericordia, los dolores humanos. Su destino está escrito y anunciado en las Escrituras: morir en la cruz y resucitar para darnos vida. Ése es el «bautismo» al que se refiere: la inmersión total en la voluntad del Padre, hasta el extremo del amor.
De algún modo, todos los hombres participamos de esta verdad. También nosotros hemos sido llamados a la existencia por un designio de Dios Padre. No somos fruto del azar ni de una mera cadena biológica: somos llamados a la vida para ocupar nuestro pequeño —pero insustituible— lugar en el gran mosaico de la historia. Aunque nuestra misión parezca modesta o discreta, sin ella el plan de Dios no estaría completo. Y, al igual que Jesús, llevamos dentro el deseo de ver cumplido ese destino.
Aquí surge una de las fuentes más comunes de angustia: muchos vivimos con la sensación de que nuestros sueños, planes y proyectos no se cumplen. Nos preguntamos qué hemos hecho mal, por qué las cosas no han salido como esperábamos. Quizá la clave esté en que confundimos el proyecto de Dios con el nuestro. Nuestras metas, por legítimas que sean, pueden no coincidir con lo que Él ha pensado para nosotros. Y, cuando esto ocurre, experimentamos una tensión parecida a la que Jesús expresa: un sufrimiento que no nace solo de las dificultades externas, sino de la espera interior hasta que se cumpla la misión que Dios nos confió.
El camino que lleva a ese cumplimiento rara vez es lineal. El proyecto de Dios pasa muchas veces por el fracaso, por la incomprensión, por las equivocaciones, por las heridas y por el dolor. A nuestros ojos, todo eso puede parecer un estorbo; para Dios, en cambio, es terreno fértil. Las circunstancias que no elegimos, las que hubiéramos evitado a toda costa, pueden ser precisamente el lugar donde Él nos espera para que allí, misteriosamente, se cumpla su plan de salvación por vivencias que nunca hubiéramos imaginado.
Jesús aceptó que su bautismo pasara por la cruz. No la buscó por masoquismo, sino por fidelidad al amor. Nosotros también podemos descubrir que, detrás de la cruz que pesa sobre nuestros hombros, hay una vida nueva que espera florecer. Vivir el propio «bautismo» es aceptar que la historia no la escribimos solos, que Dios conoce el final y que nuestro papel, por pequeño que parezca, tiene un valor eterno.