10 de diciembre de 2022

Animal de AzoteaJosé María Contreras Espuny

Un obispo blasfemo

¿Cómo podría hacer el señor obispo para no cabrear al personal? Lo tiene difícil porque no se puede ser ortodoxo al mismo tiempo en dos religiones que se contradicen

El pasado 8 de septiembre, a la salida de la misa por la festividad de la Virgen del Pino, el presidente del Gobierno de Canarias, Ángel Víctor Torres, mostró su descontento con la homilía pronunciada por el obispo José Mazuelos. A su parecer, monseñor dijo lo que no tocaba. En lugar de limitarse a «agradecer y compartir con los grancanarios», que habría sido lo suyo según Torres, Mazuelos criticó las políticas del gobierno respecto a la maternidad, así como las facilidades que se dan a la menores para abortar, silenciando a veces sus consecuencias físicas y psicológicas. Así, el presidente corrigió al obispo porque no cree que los obispos tengan que corregir a los políticos, y menos aún en la fiesta de la Virgen del Pino.
El partido Nueva Canarias publicó en redes que condenaban «energéticamente», que sin duda es la mejor forma de condenar, «las irresponsables declaraciones del obispo», ya que atentaban contra el sacrosanto derecho de la mujer a decidir tanto sobre su cuerpo como sobre lo que este contiene.
También en la SER le dieron cera a monseñor Mazuelos. El periodista Evaristo Quintana, durante su intervención diaria en el programa Hoy por hoy, no ocultó su decepción. Hasta ese momento el nuevo obispo no le había disgustado, ya que, aseguraba, se había mostrado «condescendiente en los asuntos civiles, en defensa de los migrantes y los más desfavorecidos». Pero qué desilusión cuando, de improviso, va el prelado y se desmarca con unas palabras no del todo condescendientes. Por el resto de su intervención deduzco que el señor Quintana es un anticlerical de libro, de esos que dijo Gómez Dávila que se creen enemigos de Dios pero no llegan a serlo sino del sacristán. Y parece que, con monseñor Mazuelos en las islas, seguirá siéndolo.
En realidad no hay nada novedoso en que un sacerdote, mitrado o no, denuncie el aborto; lo que ha cambiado ha sido el estatuto de lo que se suele llamar derecho a la maternidad y que, por lo común, ha de entenderse como derecho a malograr la maternidad. En poco tiempo se ha constituido una nueva trinidad: mujer, anticoncepción y Gobierno; de modo que ya no es posible criticar a uno sin atentar contra los otros dos, no en vano son uno y trino. Cualquier palabra sobre el aborto, así como sobre la última ocurrencia legislativa al respecto, es una palabra contra la mujer. No hay manera de escupir sobre uno sin salpicar a los otros. Y ese ha sido el problema con el obispo, que al final ha resultado ser un impío, un blasfemo.
¿Cómo podría hacer el señor obispo para no cabrear al personal? Pues lo tiene difícil porque no se puede ser ortodoxo al mismo tiempo en dos religiones que se contradicen. Podría limitarse a ser un elemento pintoresco, decorativo: ir con su báculo y su túnica de aquí para allá, limitándose a dar un toque añejo a ciertas celebraciones. Podría callar, pero entonces nos llevaríamos un soberano susto cuando empiecen a hablar las piedras. Está claro que un obispo no tiene que ser molesto por obligación, pero hay veces que, por ministerio y por fidelidad, no le queda más remedio que tocar las narices.
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