01 de diciembre de 2022

Ángel Barahona

Necesitamos ser acompañados en el matrimonio

El peso del egoísmo es fundamental. Yo-mi-me-conmigo es el elenco de pronombres personales que es capaz de poner en juego el narcisista que somos todos

Desde la perspectiva de los psicólogos y los abogados matrimoniales, las variables son múltiples y fáciles de justificar como naturales: el desgaste o desencantamiento, el alejamiento y la falta de comunicación al que lleva el estrés provocado por la crianza de los hijos, y el trabajo que no permite la conciliación de los tiempos. Desenamoramiento, infidelidad, desavenencias respecto al dinero, y la educación de los hijos por los estilos de vida que cada uno lleva a la relación; la injerencia de la familia en los asuntos particulares de la pareja; la incompatibilidad del carácter que se descubre a los pocos años de convivencia en los que la confianza hace perder las formas educadas; las adicciones (el alcohol, las drogas y otras costumbres individuales a las que no se renuncia); los episodios asociados a la falta de respeto que se manifiesta en violencia, psicológica o física. El rechazo a la fragilidad del otro, a la enfermedad, a cualquier tipo de sufrimiento, y algo que últimamente está de moda, el cambio de orientación sexual en alguno de ellos, son factores añadidos a la causa. Cuando la fuerza de atracción sexual mengua, aparece la necesidad afectiva, la demanda de ser querido, aceptado, tratado con ternura, cosa que es más fácil entre los amigos semejantes sexualmente que entre los diferentes. Todo esto es lacerante y terrible y merece ser tratado con respeto. Pero debemos ir más allá.
Las soluciones que proponen los expertos son todas tan pragmáticas y racionalistas, que difícilmente pueden conjugarse con lo que puede que no sea más que un problema de inmadurez y de gestión de las emociones, que funcionan como una dictadura psicológica del egocentrismo en el que hemos sido educados y en el que vivimos y del que difícilmente podemos escapar. Todo gira en torno a mí mismo: el otro está en deuda conmigo, porque somos incapaces de pensar que no nos merecemos ser queridos. Lo que yo suelo llamar el «mal de madre» y que ahora incluye también al padre. El peso del egoísmo es fundamental. Yo-mi-me-conmigo es todo el elenco de pronombres personales que es capaz de poner en juego el narcisista que somos todos.

La inmadurez afectiva, el enamoramiento romántico, enseguida ponen de manifiesto la imposibilidad de amar al otro como es, que es lo que en el fondo anhelamos

El advertir el daño que se hace a los hijos cuando son utilizados en nuestro favor, no sirve de nada a un narciso que no está educado para sufrir, para aguantar nada que le haga salir de sí mismo. Racionalizar la situación solo sirve para evitar lo que los abogados llaman una «mala separación», que al final se dirime en torno al piso, la renta, el dinero. Se logra la mayoría de las veces una entente cordial cuando se negocia la equitatividad en la custodia de los hijos y en el reparto de los bienes, que casi siempre estaban previamente separados.
Pero la clave de este desmoronamiento de la pareja está en los principios tácitos y explícitos que rigen una relación. La inmadurez afectiva, el enamoramiento romántico, enseguida ponen de manifiesto la imposibilidad de amar al otro como es, que es lo que en el fondo anhelamos. El narciso busca en el otro la ratificación de que su mirada nos devuelva adoración. Pero las manías, las costumbres heredadas, la libertad del otro son una barrera infranqueable sin una buena educación al respecto.

¿Acaso un ciego puede guiar a otro ciego? El resultado es exigencias y soledad al cuadrado

En los cursillos prematrimoniales se trata de poner este tipo de asuntos sobre el tapete, pero este paso es ya minoritario. La gente se empareja confiando en que la atracción sexual, y la burbuja romántica, duren para siempre, sabiendo en su interior que durará solo un tiempo. Toda relación es sufriente, porque la singularidad del otro y sus características personales son infranqueables, y nadie nos ha enseñado a sufrir, a esperar, a pensar en el otro, no como aquel que ha de satisfacer nuestros deseos infantiles de ternura, afecto, y protección, sino un verdadero «igual que yo», necesitado como yo de compañía, de afecto y de ternura. Pero ¿acaso un ciego puede guiar a otro ciego? El resultado es exigencias y soledad al cuadrado. Cuando no encontramos ese entorno amable anhelado, nos sostiene cualquier cosa durante un tiempo, pero al final son caminos individualistas que se bifurcan.

Reservarse algo para sí mismo es morir poco a poco, nos aboca al infierno de la soledad

Si en la relación no entra un Tercero, y no se toma en cuenta la dimensión que en el catolicismo se llama la cruz, es decir, se aprende de Cristo a esperar del sufrimiento el aprendizaje necesario para vivir, nos perdemos la miel que viene después de superar esta etapa en la que el conocimiento de lo que del otro es nos destruye, nos escandaliza o juzgamos intolerable. En realidad, lo que la Revelación y la teología nos dicen es que el otro es siempre nuestro enemigo, nuestro antagonista, y que solo por la necesidad de ser amados arriesgamos a ir a su encuentro. Cuando descubrimos esto, si no tenemos en vista que, en el matrimonio, el otro no es la realización de nuestras necesidades afectivo-sexuales, ni nuestro esclavo, ni nuestra proyección romántica, sino alguien llamado a recoger el testigo de una vocación: dar vida, de una u otra forma, la relación pierde la capacidad de generar ilusión. Ser es ser entregado -fijémonos en la pasiva para no caer en un moralismo donde podemos pensar que somos tan buenos que sostenemos la relación, masoquistamente, solo nosotros-. La resignación ya no se acepta como respuesta. El error es pensar que la huida de la cruz reporta algún beneficio. Reservarse algo para sí mismo es morir poco a poco, nos aboca al infierno de la soledad, al juicio negativo respecto de las actitudes del otro que se nos presentan como una montaña insuperable.
En conclusión, es el haber perdido el valor social de la fe compartida el que nos impide vivir en la verdad anti romántica. La pérdida de la sabiduría de la cruz es lo que nos impide valorar la justa medida de todas las cosas, que nos dificulta el salir del infantilismo, el descubrir, en definitiva, lo que se esconde tras este misterio revelado solo a los sencillos. La cruz irrumpe contumaz, tarde o temprano en toda relación. El antídoto contra esta terrible pandemia que desmorona la natalidad, que sume en el aislamiento y la frustración a la mayoría de los que optan por la ruptura, que destruye afectivamente a los hijos, que a veces nos vuelve violentos, ácidos y cínicos, y que nos impide dar el paso a un amor en otro nivel no romántico, que es el que en el fondo anhelamos sin saber verbalizar, es el matrimonio que pasa por el sacramento. Evidentemente no un sacramento de carácter puramente social, sino formado en el seno de la vida eclesial. Aprender a esperar al otro en su necesidad de maduración, auto–criticar nuestra propia inmadurez y a esperarnos unos a otros en el crecimiento personal que mana del sufrimiento compartido, de la aceptación de la libertad -manías- del otro, como hemos sido esperados por Cristo en nuestras debilidades, y nuestros egoísmos que imposibilitan la convivencia, es la única solución para este invierno afectivo, de solitarios, miedosos, egocéntricos narcisistas e incrédulos del amor en el que estamos convirtiendo a nuestros hijos. Necesitamos ser acompañados en esto.
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