10 de diciembre de 2022

Ángel Barahona

La decimoquinta estación

¡Cristo resucitó! La resurrección es otro absurdo para nuestra ciencia y lógica humana, pero es justo lo que puede transformar nuestras vidas: es la muestra del amor alucinante y abrumador de Dios

¡Qué callen los cañones, que se apaguen los micrófonos y los altavoces, que dejen de hablar los políticos, los profetas y los agoreros, porque van a gritar las piedras como teloneros del Rey de la Gloria
¿Pero no es demasiado antiguo volver a dejar hablar al viento silbando entre las rocas la vieja melodía de que un hombre que ha resucitado?
Nos hemos contemplado a nosotros mismos demasiado, nos hemos quedado sordos con tantos aullidos y lamentos. Mirando la muerte de frente hemos maldecido al Dios de la vida. La cruz se nos presentó como una maldición, sentimos la necesidad de reprocharle a Dios nuestro sufrimiento, y tal vez el impulso de tener que perdonarle por eso que nos pasa de lo que no tenemos culpa: la enfermedad, la muerte, el dolor, la soledad. Y, también de lo que sí tenemos culpa: la guerra, la pandemia, la catástrofe ecológica, el hambre, y la violencia ¿A quién se lo atribuiremos? Si es a la Naturaleza, esta es parte de la Creación, por tanto, él sigue siendo la causa última del accidente genético, físico, moral, histórico.
En nuestra lógica la cruz no entra como premisa de nuestra felicidad. Por eso, no nos engañemos: nos encanta contemplar el viacrucis de la vida como escenificación del dolor de otro. No finjamos entender el por qué de las guerras, la muerte, las pandemias, las catástrofes que nos asedian, no demos crédito a los sociólogos, politólogos y filósofos, porque no saben lo que dicen. Todo es absurdo, el sufrimiento no tiene sentido en nuestra lógica. Volvámonos descreídos y cínicos, y vagabundeemos por la vida en la amargura disimulada que dibujan nuestros rostros. «Porque si no creéis que Yo Soy, moriréis en vuestros pecados». La muerte nos asusta y tratamos de ocultarla, disfrazarla, luchando denodadamente para evitarla a toda costa. En este combate nos olvidamos de que la muerte que realmente nos asusta es la muerte óntica, la del sinsentido de la vida, la que es consecuencia de nuestro egocentrismo, de nuestro endiosamiento, de nuestra tremenda orfandad sin Dios. Tratamos de pujar con el orgullo para salir adelante frente a la precariedad, la soledad, el desamor, la vejez, la enfermedad, nuestras debilidades, pero cada vez somos más conscientes de nuestra impotencia, y la frustración de no ser dioses es más lacerante. Pero la Pascua viene a nosotros para cerrar el grifo por donde gotea la sangre de nuestros patéticos intentos de darnos a nosotros mismos la felicidad.

La Pascua, el paso poderoso de este Hombre singular por la muerte para abrirnos la esperanza de par en par, nos ofrece una oportunidad nueva

¡Cristo resucitó! La resurrección es otro absurdo para nuestra ciencia y lógica humana, pero es justo lo que puede transformar nuestras vidas: es la muestra del amor alucinante y abrumador de Dios. El dolor existencial se convierte en el paradójico camino para experimentar que Jesús es Dios. La Cruz que preparamos para Él facilita la locura a través de la cual Cristo quiere mostrarnos la salida de nuestro pozo. La maldición que tantas veces hemos lanzado a Dios por los fracasos y desastres de nuestra historia ha crucificado a Cristo. Pero la cruz, como el leño con la serpiente enroscada en el desierto, está ahí levantada para que alcemos los ojos al cielo y podamos ser curados. ¿De qué? Repasemos nuestras terribles envidias, los juicios que nos llevan a una rivalidad interminable, nuestras mentiras, los recovecos hipócritas que guardamos en nuestra intimidad, las murmuraciones que han «matado» a tantos a nuestro alrededor, los crímenes morales que hemos cometido pensando y hablando mal de otros. ¿Con qué derecho seguimos vivos? Sin derecho a seguir vivos, la Pascua, el paso poderoso de este Hombre singular por la muerte para abrirnos la esperanza de par en par, nos ofrece una oportunidad nueva para no terminar de destruirnos en las mil guerras que se ciernen sobre nosotros, para no romper el matrimonio por completo, para reconciliarnos con todos, los hijos, los vecinos, los odiosos otros. La cruz no es un destino maldito. No es un suicidio, sino el regalo más grande para una humanidad doliente. Ahí están clavados nuestros pecados. Levantar la mirada significa reconciliarnos primero con Dios, al que hemos condenado y culpado de nuestras desgracias, y perdonarle, y luego con nuestros hermanos. Precisamente donde el sufrimiento es más duro es donde experimentaremos, de manera escandalosa y paradójica, que él está más cerca, que Dios se hace el encontradizo, y que su amor es más fuerte que la muerte, que los miedos que nos esclerotizan. La última piedra que gritó al descorrerse dijo: «¡Ha resucitado!». Finalmente podremos «ir a donde Él» ha ido antes que nosotros para prepararnos un lugar.
Ante la piedra corrida sobre la tumba no cabe la sospecha de que Dios ha muerto. La profecía de Nietzsche se cumplió solo en parte, por eso es falsa. Todos le hemos matado, cierto. Ninguno dejó de participar en el crimen más ignominioso de la historia. Nuestra capacidad de traición es infinita, pero es la vía que se abre para que experimentemos que la capacidad de misericordia también lo es. A partir de lo cual todos los traidores estamos llamados a completar lo que falta a la pasión de Cristo: a saber, que llegue a todos los hombres. Para lo cual nuestra misión es la misma: entregar nuestro cuerpo a la muerte por amor. Si el sepulcro contuviese unos huesos secos, la vida no pasaría de ser una broma de mal gusto. Pero el cristianismo no es una reliquia del pasado, una historia mil veces relatada para crédulos, ni el Sepulcro Vacío un panteón mortuorio, donde los ingenuos adoran piedras mudas. El sentido de ese templo es hacer presente su vacío.

Nunca la fe podrá aniquilar la libertad

Los testimonios y los testigos son tan pobres y naifs en el relato de lo acontecido que no pueden ser más que verdaderos, confiables. Las mujeres fieles hasta el final son los primeros testigos, inválidos para la jurisprudencia judía, hiper válidos para la credibilidad humana. La vida humana siempre estará ante la incertidumbre de si la piedra se descorrerá, si el cuerpo muerto resucitará, si el viacrucis por los valles de lágrimas sirios, ucranianos, hospitalarios, y demás tanatorios, tendrá sentido. Nunca la fe podrá aniquilar la libertad. Esta fe es un «aprender a apoyarse en lo sólido», en la experiencia de lo vivido, en los acontecimientos y en los testimonios. Pero la única garantía de que todo se cumplirá según lo prometido es la confianza en la veracidad de los testimonios. Por eso necesitamos la Iglesia, la asamblea de los testigos que nos han precedido, y de los que comparten con nosotros el tiempo que vivimos. Las piedras han gritado, por un momento se hizo silencio, pero ahora suena una melodía nueva, siempre nueva: hay motivos para la esperanza.
El evangelio de San Juan empieza con que Él es la Luz que vino al mundo, y acaba con la resurrección, preanunciada en la Transfiguración, nueva luz esplendente del triunfo sobre las tinieblas que se ciernen siempre sobre nuestras vidas. El apocalipsis ya ha empezado, pero no es el final de la historia, sobre la tierra desciende la Nueva Jerusalén cuya lámpara es el cordero manso, testigo fiel y veraz (Apocalipsis 21:23, 11; 22:5b).
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