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Santa Bernardita

Santa Bernardita

La odisea que sufrió la pequeña Bernardita Soubirous por demostrar que «una Señora de blanco» se le apareció

Las apariciones de Lourdes comenzaron el 11 de febrero de 1858. Tan solo cuatro años después, tras una de las investigaciones más rápidas y concluyentes de la Iglesia, fueron declaradas auténticas

Nació en un pueblo de las montañas de Francia, en el seno de una familia paupérrima. No aprendió a leer ni a escribir hasta los 14 años y, además, padeció problemas de salud que la acompañaron hasta su muerte a los 35 años. Su vida no fue fácil y la Virgen le adelantaría esto en una de las apariciones que comenzó a tener a partir del 11 de febrero de 1858: «No te prometo hacerte feliz en este mundo, sino en el próximo».

Quizá fue precisamente por esa fragilidad y humildad que Bernadita Soubirous fue la escogida por la Madre de Dios para llevar a todos los hombres un mensaje de penitencia, oración y conversión. Pero no fue tarea sencilla. Estas manifestaciones divinas desataron una tormenta de escepticismo y hostilidad en su pueblo.

La joven fue sometida a intensos interrogatorios por parte de las autoridades civiles y religiosas, quienes la acusaron de engañar y perturbar la paz pública. La prensa local la ridiculizó, tildándola de fantasiosa y perturbadora. A pesar de la presión y el aislamiento, Bernadette se mantuvo firme en su testimonio: «Estoy encargada de decíroslo, no de hacéroslo creer».

La Virgen era «una Señora» y «Aquello»

Fue en la gruta de Massabielle, a orillas del río Gave de Pau en Lourdes, donde ocurrieron las apariciones. Todo comenzó con el susurro del viento entre los álamos que Bernardita oyó entre las rocas de la cueva. De repente, en un hueco, vio «una Señora de blanco». «Creí engañarme. Me froté los ojos… Volví a mirar y veía siempre a la misma señora». Con un rosario entre las manos y un gesto casi instintivo, la niña se postró, pero lo que vino a continuación fue todo menos común. Aunque no comprendía quién era aquella mujer radiante, la serenidad de la aparición la envolvió con una paz que nunca antes había experimentado.

Bernardita no sabía quién era la mujer que se le aparecía. En su dialecto la llamaba Aquero (Aquello). Tras el primer sobresalto, la paz que emanaba de «Aquello» la envolvía hasta tal punto que, pese a su ignorancia sobre los misterios que le rodeaban, continuó viendo a la Señora 18 veces hasta la última aparición el 16 de julio de ese mismo año.

En un principio, su encuentro con la Señora fue algo personal, casi íntimo. Pero poco a poco, los rumores sobre lo que estaba sucediendo empezaron a extenderse. Las autoridades locales, temiendo que se produjeran disturbios o alborotos, comenzaron a tomar cartas en el asunto. A pesar de ser solo una niña, Bernardita se encontró frente a una creciente presión. La amenazaron con llevarla a la cárcel si continuaba hablando sobre las apariciones de la Señora. La gente que no creía en lo que ella decía la trataba de desquiciada o la consideraba demasiado insignificante para ser testigo de un milagro. Los rumores comenzaron a sugerir que la mujer que se le aparecía era nada menos que la Virgen María, lo cual hizo que la presión social fuera aún mayor.

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Un dogma de fe revelado a una humilde pastora

El 22 de febrero, la Virgen no apareció ante Bernardita, lo que causó cierta angustia en ella. Sin embargo, la niña no perdió la esperanza. El 23 de febrero, miles de personas se congregaron en la gruta, ansiosos por ser testigos del prodigio del que tanto se hablaba. Cuando Bernardita regresó, la Virgen apareció nuevamente. Esta vez, le dio una misión clara: debía comunicarle a las autoridades eclesiásticas que en ese lugar debía erigirse un santuario, un lugar sagrado al que los peregrinos pudieran acudir a rezar y pedir perdón.

Bernardita, al compartir este mensaje con un sacerdote, recibió otra solicitud: debía preguntar esa misma Señora por su nombre y pedirle una señal que confirmara su identidad. Al día siguiente, algo extraordinario sucedió: apareció un rosal blanco en la gruta, entre las piedras, como un claro signo que dejó asombrados a todos los presentes.

Fue el 25 de marzo cuando la Virgen reveló su identidad: «Yo soy la Inmaculada Concepción». La niña, sin conocimiento de los complejos dogmas eclesiásticos, no podía imaginar que esas palabras que ahora resuenan con tanta claridad, se habían pronunciado apenas cuatro años antes por el Papa Pío IX, cuando el dogma de la Inmaculada Concepción fue proclamado oficialmente.

La incredulidad de las autoridades locales fue inmediata. ¿Cómo podía una joven sin educación y de origen humilde, ignorante de teología y sin instrucción formal conocer tales verdades de fe? Sin embargo la autenticidad de las apariciones no hizo más que consolidarse a través de la sencillez de Bernadette y la magnitud de los mensajes que recibía.

Las apariciones de Lourdes marcaron un antes y un después en la historia de la fe. En 1862, tras una de las investigaciones más rápidas y concluyentes de la Iglesia, fueron declaradas auténticas. Bernardita Soubirous, aquella niña despreciada y amenazada, fue canonizada en 1933, convirtiéndose en santa y en prueba de que el Evangelio se revela a los más humildes. Hoy, el santuario de Lourdes es un epicentro mundial de peregrinación, donde millones de personas siguen el rastro de aquel poderoso misterio que comenzó en una sencilla gruta de Francia.

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