Juana De Arco de Albert Lynch
Juana de Arco, la campesina con armadura que escuchó a Dios y puso en jaque las tropas inglesas
Durante tres largos meses, Juana de Arco luchó con valentía por demostrar su inocencia, pero pese a la ausencia de pruebas contundentes, la doncella de Orleans fue condenada y murió en la hoguera en 1431, dejando una huella imborrable en la historia
En una pequeña aldea francesa nació en 1412 una joven campesina que cambiaría el destino de Francia y la historia para siempre. La 'doncella de Orleans', más conocida como Juana de Arco, no solo escuchó voces divinas que la guiaron en plena Guerra de los Cien Años, sino que se convirtió en la heroína que puso en jaque a las poderosas tropas inglesas.
Sin embargo, su historia no terminó en victoria, sino en una condena ingrata e injusta que la llevó a morir en la hoguera a los 19 años, acusada de herejía y brujería.
Pero, ¿cómo una campesina sin experiencia militar logró convencer al heredero al trono francés, el Delfín Carlos, de liderar un ejército contra la invasión inglesa? ¿Qué fuerzas motivaron a esta joven a enfrentarse a un destino cruel, y cómo su legado ha perdurado siglos después hasta alcanzar la santidad?
Una misión divina
Desde los doce años, Juana aseguraba recibir visiones de santos y ángeles —entre ellos, santa Catalina de Alejandría y el arcángel san Miguel— que le instaban a liberar a Francia del dominio inglés. El país por entonces se encontraba desgarrado por la Guerra de los Cien Años, un largo y sangriento conflicto en el que Inglaterra y Francia se disputaban el control de la corona gala.
En ese escenario de caos, Juana sostenía haber recibido un encargo divino: acudir ante el legítimo heredero, el Delfín Carlos, y ayudarlo a expulsar del territorio francés a ingleses y borgoñones, estos últimos aliados del invasor.
Aunque al principio fue recibida con escepticismo en la corte, Juana —lejos de ser una simple campesina analfabeta— dominaba el francés, tenía nociones de latín y conocía bien la Biblia y la doctrina cristiana, como quedó reflejado en las cartas que llegó a enviar al Papa y al rey de Francia.
Además, la crítica situación militar —con los ingleses avanzando por el Valle del Loira— obligó al Delfín Carlos a prestarle atención. Juana causó una profunda impresión en él. Tenía entonces veintiséis años y, aunque al principio dudó, decidió encargar a un grupo de teólogos que evaluaran a la joven.
Tras examinarla, concluyeron que su fe católica y su moral eran intachables. A partir de entonces, Juana fue aceptada y se unió al ejército, marchando hacia Orleans. Su sola presencia elevó el ánimo de las tropas y renovó la moral del ejército francés. Con tan solo 17 años, fue puesta al frente de una milicia de más de 5.000 hombres, demostrando una inesperada desenvoltura en el campo de batalla.
Una mujer para la eternidad
Su fuerte carisma y fe infundieron un nuevo espíritu entre las tropa y su papel fue decisivo para levantar el asedio de Orleans. Aquella victoria allanó el camino para que Carlos VII fuese finalmente coronado rey en Reims en 1429, con Juana a su lado, cumpliendo la misión divina que le había sido encomendada.
Pero la suerte de Juana cambió drásticamente en 1430, cuando fue capturada por los borgoñeses durante la campaña militar en Compiègne. Poco después, fue entregada a los ingleses, quienes la sometieron a un tribunal eclesiástico. No consta que el rey Carlos VII —a quien Juana había llevado hasta la coronación— hiciera intento alguno por interceder o liberarla.
A pesar de su firme y elocuente defensa, Juana de Arco fue condenada sin pruebas contundentes a morir en la hoguera en 1431. Fue acusada de herejía, blasfemia, brujería, de recibir visiones demoníacas y de vestir con ropas de hombre, un acto considerado herejía en su tiempo.
Antes de su ejecución, pidió que le acercaran un crucifijo, deseando que fuera la última imagen que viera. Su trágico final no apagó su ejemplo: su figura se convirtió en icono de resistencia para el ejército francés, que acabaría venciendo a los ingleses dos décadas después.
El tiempo, afortunadamente, acabaría también corrigiendo los hechos. El rey Carlos, arrepentido, ordenó a los teólogos de la Universidad de París llevar a cabo una investigación sobre el juicio, que finalmente fue declarado fraudulento, mientras que en 1920 Juana de Arco fue canonizada como santa, reconociendo su valentía, fe y sacrificio.