Aunque mide unos 136,6 metros, lejos de las alturas de los gigantes góticos, su valor va más allá de lo físico: es un símbolo universal del cristianismo y uno de los templos más visitados y venerados del mundo. Su cúpula domina Roma y marca el corazón de la cristiandad.
520 años de la 'primera piedra' de la Cristiandad: el día que Julio II bajó al foso para cimentar la basílica de San Pedro
Un proyecto que duró más de un siglo, involucró a 20 Pontífices y a los mayores genios del Renacimiento para 'expresar en piedra' el primado petrino
Tal día como hoy, el 18 de abril de 1506, un sábado después de Pascua, Roma asistía al nacimiento del mayor proyecto arquitectónico y espiritual de la Edad Moderna. El Papa Julio II (1503-1513) no se limitó a bendecir un plano desde un balcón; vestido con el hábito pontifical, el «Papa Guerrero» descendió por una escalera de madera a una fosa de más de siete metros de profundidad para colocar personalmente la primera piedra de lo que hoy conocemos como la Basílica de San Pedro.
Aquel gesto no fue un mero formalismo. En el fondo de aquel cimiento, situado en el actual pilar de Santa Verónica, el Pontífice depositó un recipiente de terracota con doce medallas conmemorativas modeladas por Cristoforo Foppa, «Caradosso». Comenzaba así una aventura que se prolongaría durante 120 años y veinte pontificados, transformando para siempre el perfil de la Ciudad Eterna.
Una roca sobre una tumba
La construcción de la nueva basílica no fue un capricho estético del Renacimiento, sino una 'traducción en piedra' del pasaje evangélico: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». A pesar de las diversas soluciones arquitectónicas que se barajaron durante décadas, los Papas mantuvieron una premisa innegociable: la tumba de San Pedro debía permanecer en el centro exacto del edificio.
Para la teología católica, la primacía del obispo de Roma no es una cuestión administrativa, sino un encargo directo de Cristo a Simón bar Jonás, tal como recoge el episodio de Cesarea de Filipo. Levantar la cúpula de Miguel Ángel sobre los restos del Apóstol fue, por tanto, una afirmación visible de la centralidad del ministerio petrino en la vida de la Iglesia.
Un ejército de genios para una sola fe
La construcción de la Basílica de San Pedro reunió a algunos de los arquitectos y artistas más importantes del Renacimiento y el Barroco, hasta el punto de que sus nombres forman una auténtica constelación de la historia del arte europeo.
Julio II confió inicialmente en Bramante, pero por el foso de San Pedro pasaron figuras de la talla de Rafael Sanzio, Giuliano da Sangallo, Miguel Ángel Buonarroti y Carlo Maderno, este último responsable de completar la imponente fachada a principios del siglo XVII.
Fue una obra de relevos. Mientras Miguel Ángel moldeaba la estructura que debía sostener la cúpula, Bernini, décadas después, se encargaba de la grandiosa plaza y de buena parte del aparato escenográfico barroco del conjunto.
Hoy, cinco siglos después de que aquella primera piedra de mármol tocara el fondo de la fosa, la basílica de San Pedro sigue siendo considerada el centro de la cristiandad y punto de referencia para los católicos de todo el mundo. No solo por albergar la tumba de Pedro, sino por ser la sede su sucesor que continúa su misión como Cabeza de la Iglesia.
Para la Iglesia católica, esta primacía es un dogma —reafirmado en el Concilio Vaticano I con la constitución Pastor Aeternus— y se entiende como una continuidad histórica del ministerio de Pedro en la figura del obispo de Roma, que ejerce una primacía entre los obispos. No obstante, esta cuestión ha sido también uno de los principales puntos de fricción entre las distintas confesiones cristianas surgidas a lo largo de los siglos.
En todo caso, el edificio que hoy vemos es el resultado de una fe que no se detuvo ante las dificultades técnicas ni el paso del tiempo, demostrando que en Roma el arte ha sido el lenguaje elegido para expresar lo invisible.