Seung-Gyu Kim, portero de Corea del Sur
El Mundial que lo ve todo: cómo el fútbol se ha convertido en el mayor experimento de vigilancia del planeta
El Mundial 2026 llega con más cámaras, algoritmos e identificación biométrica que nunca. Lo que se presenta como un salto en seguridad puede convertir los estadios en laboratorios de vigilancia masiva
El Mundial 2026 será, además de un espectáculo deportivo, un gigantesco laboratorio de vigilancia biométrica en tiempo real, dentro y fuera de los estadios. Un Mundial rodeado de cámaras inteligentes para la seguridad del aficionado, especialmente en Estados Unidos que acogerá la mayoría de partidos, pero que deja muchas dudas sobre la recopilación y explotación de los datos más sensibles como las caras, cuerpos y hasta la forma en que los seguidores se mueven.
Los grandes torneos de fútbol ya llevan años sirviendo como banco de pruebas para tecnologías de seguridad cada vez más intrusivas. En Brasil 2014 ya se instalaron sistemas de reconocimiento facial y robots de vigilancia; en Qatar 2022 se desplegaron unas 15.000 cámaras conectadas a herramientas biométricas para monitorizar a los aficionados en los ocho estadios y sus alrededores.
Aficionados de Corea del Sur
El Mundial de 2026 va un paso más allá y en los estadios en Estados Unidos, Canadá y México se combinan circuitos cerrados de televisión de alta resolución, lectores automáticos de matrículas, sensores en los accesos y sistemas de inteligencia artificial capaces de seguir a cada espectador desde que se acerca al recinto hasta que abandona la zona. Wired detalla cómo muchos de estos campos están integrados en redes urbanas de vigilancia que permiten reconstruir el recorrido de un aficionado con enorme precisión.
La FIFA y los organizadores venden todo este despliegue como una evolución natural de la seguridad con menos colas, más control de incidentes, respuesta rápida ante avalanchas o peleas en las gradas. La narrativa oficial es que si queremos eventos masivos seguros, hay que aceptar más cámaras, más análisis automático y más datos personales en manos de empresas y autoridades.
La cara como entrada
La pieza central de esta nueva seguridad es el reconocimiento facial aplicado al acceso y a la experiencia del aficionado. En varios estadios norteamericanos los espectadores pueden vincular su entrada a su rostro, de modo que una cámara en el torno verifica en milisegundos que la persona que pasa es quien dice ser. En algunos recintos este mismo patrón se extiende al pago sin efectivo donde la cara autoriza la compra de una cerveza o de una camiseta sin sacar la tarjeta.
LaLiga y otros campeonatos ya tantearon hace varios años cómo sería este modelo preguntando a los aficionados la manera en la que se imaginarían el fútbol del futuro y planteando escenarios donde el estadio puede reconocerles en cuanto llegan, sin necesidad de enseñar abonos ni QR. En España, sin embargo, el marco legal sigue siendo mucho más restrictivo y recoger datos biométricos solo se permite en casos de interés público y con consentimiento expreso, lo que ha frenado proyectos de reconocimiento facial masivo en recintos deportivos.
Un aficionado a las puertas del estadio Aztena antes del México-Sudáfrica del Mundial 2026
Mientras en Europa los clubes se ven obligados a pedir selfis y DNI a sus socios uno a uno para poder usar sistemas de identificación automatizada (como ha ocurrido con Osasuna en El Sadar), en Estados Unidos y otros países el estadio se conecta sin problemas a grandes bases de datos biométricos y a redes de cámaras urbanas. Esa asimetría normativa que ya sufre la tecnología y de la que se ha vuelto a quejar Apple esta misma semana, puede convertir eventos como el Mundial en una especie de zona de excepción tecnológica donde se prueban herramientas que luego se exportan, con más o menos matices, al resto del planeta.
Vigilancia de masas
Los defensores de estos sistemas insisten en sus beneficios porque impiden la entrada a ultras con prohibición de acceso, identifican a autores de agresiones o insultos racistas, reaccionan antes ante avalanchas o movimientos extraños en la grada. Cuenta Wired que ya casos en los que la combinación de cámaras y reconocimiento facial ha permitido localizar a un aficionado violento cuya conducta tuvo consecuencias fatales para otros espectadores.
El problema es que para localizar a los pocos que buscan, primero tienen que escanear y analizar el rostro de todos. Eso crea una infraestructura de vigilancia masiva, donde el aficionado se convierte en un dato que hay que monitorizar, clasificar y almacenar durante años. Organizaciones de derechos digitales llevan tiempo alertando de que, una vez desplegados estos sistemas, resultará muy difícil revertirlos o limitar su uso a contextos estrictamente deportivos.
La policía contiene una protesta durante la inauguración de la Copa Mundial de la FIFA 2026, en Ciudad de México
Wired subraya que muchos de los contratos firmados para el Mundial fijan redes de cámaras, centros de datos y plataformas de análisis que seguirán funcionando tiempo después. El Mundial se convierte en la excusa perfecta para normalizar un nivel de vigilancia que, en tiempos normales, encontraría más resistencia política y social.
Sesgos algorítmicos
A este escenario se suman los problemas técnicos y éticos del propio reconocimiento facial. Diversos estudios han demostrado que estos algoritmos fallan más con mujeres y personas racializadas que con hombres blancos, lo que multiplica el riesgo de falsos positivos precisamente sobre las minorías. En este tipo de torneos, un error así puede traducirse en detenciones injustas, expulsiones del estadio o la inclusión indebida en listas negras sin merecerlo.
El presidente de la FIFA, Gianni Infantino en el estadio Akron en Guadalajara (México)
La experiencia de países como China o Irán, donde el reconocimiento facial se utiliza para rastrear manifestantes o controlar la vestimenta de las mujeres, alimenta las sospechas de que esta tecnología podría derivar hacia un control social mucho más amplio. Aunque el contexto legal de Europa o Norteamérica es radicalmente distinto, la tentación de reutilizar infraestructuras ya desplegadas, por ejemplo, para monitorizar protestas alrededor de un estadio siempre está ahí.
El fútbol del futuro... y de Europa
Más allá del Mundial, lo que pase en estos 40 días de fútbol y seguridad marcará el rumbo del fútbol y de los grandes eventos en la próxima década. Si el modelo de entrada por rostro, pagos biométricos y circuitos de cámaras inteligentes se consolida sin grandes polémicas, es previsible que acabe aterrizando, con adaptaciones, en ligas nacionales y competiciones europeas.
La tecnología acabará funcionando sin errores, el problema (como siempre) es quién la controla, con qué límites y bajo qué garantías. Se puede aceptar un Mundial hipervigilado y que pase a ser la nueva normalidad o si habría que aprovechar esto para exigir transparencia y mecanismos de rendición de cuentas.