10 de diciembre de 2022

David Foster Wallace en 2006

David Foster Wallace en 2006

La figura de Roger Federer (y la de Rafael Nadal) en la literatura del extinto David Foster Wallace

El escritor estadounidense, que se suicidó ahorcándose en 2008, escribió con admiración sobre el juego del suizo confrontándolo con el de su némesis

La particular y multitemática literatura de David Foster Wallace (1962-2008), el autor de La Broma Infinita, también dejó espació para escribir sobre tenis (deporte del que fue jugador universitario y gran aficionado) en distintas ocasiones, y en concreto sobre el jugador que acaparaba por entonces, en 2006, todas las miradas del mundo de la raqueta, con permiso de un joven español recién llegado de apenas 20 años, Rafael Nadal, que ya acumulaba victoria tras victoria sobre el inmaculado tenista suizo.
Foster Wallace escribió un artículo en The New York Times sobre el jugador que se acaba de retirar a los 41 años, alabando su técnica y su estética, apoyándose en la confrontación tópica de la belleza de los movimientos del helvético contra la fuerza «bruta» del mallorquín. En su texto, el escritor de Ítaca hacía un análisis tenístico-científico-metafórico, basado en su personal visión. Todo empezaba con una devolución de revés «a través un tubo de dos pulgadas» a un revés ganador cruzado de André Agassi en la final del US Open de 2005.

«Belleza cinética»

«Mis globos oculares parecían globos oculares de tiendas de novedades», escribió Foster Wallace quien consideraba al jugador de 25 años entonces «el mejor tenista vivo. Quizá el mejor de todos». «La belleza humana de la que estamos hablando aquí es una belleza de un tipo particular; podría llamarse belleza cinética», puesta enfrente del «mesomórfico y totalmente marcial Rafael Nadal (...) la némesis de Federer y la gran sorpresa de Wimbledon de este año...».
Una rivalidad que describió como «la brutalidad apasionada del sur de Europa contra el intrincado arte clínico del norte. Apolo y Dionisio. Bisturí y cuchilla. Derecho y zurdo. Número 1 y 2 del mundo. Nadal, el hombre que ha llevado el juego moderno de línea de fondo y potencia hasta sus límites, contra un hombre que ha transfigurado ese juego moderno, cuya precisión y variedad son tan importantes como su ritmo y velocidad de pie, pero que puede ser peculiarmente vulnerable para el primero».
Rafael Nadal y Roger Federer, finalista y campeón, respectivamente, de Wimbledon en 2006

Rafael Nadal y Roger Federer, finalista y campeón, respectivamente, de Wimbledon en 2006©RADIALPRESS

El desarrollo del artículo que psicoanalizó, no solo a Federer y Nadal, sino también a Lendl, McEnroe y Borg, con referencia a Hewitt y Nalbandián (la final donde no hubo ni un solo punto de saque y volea característico de Wimbledon), donde el suizo quedó inmortalizado literariamente, como objeto puro de literatura y estudio introspectivo desde el movimiento hasta la mente.
Dieciséis años después de aquel texto sus dos máximos protagonistas, con el autor muerto, lloraban por la despedida del personaje principal (Roger Federer como experiencia religiosa, se titulaba el panegírico que, con base en la final de Wimbledon de 2006, en la que Nadal se había plantado contra todo pronóstico amenazando el reinado londinense del suizo, lanzaba sus loas de gran alcance), luego de doce Grand Slams más para Roger y veinte para Rafael.

La esencia de una rivalidad en ciernes

Un documento literario y tenístico de gran valor que se quedó demasiado atrás, justo al principio de una de las más grandes rivalidades del deporte de todos los tiempos, de la que sin embargo Foster Wallace dejó para la posteridad su esencia, con la salvedad de que era una esencia cuyos límites estaban destinados a trastocarse y a superarse.
No sólo por «su inteligencia, su anticipación oculta, su sentido de la corte, su habilidad para leer y manipular a los oponentes, para mezclar giros y velocidades, para desviar y disfrazar, para usar la previsión táctica y la visión periférica y el rango cinestésico en lugar de solo el ritmo de memoria...», sino por cómo terminó todo, de la mano y entre lágrimas, y por todas esas mismas cosas que aprendió no sólo su «némesis», sino también el otro invitado del que apenas supo, aunque puede que no hubiera sentido interés por él, el aficionado al tenis David Foster Wallace.
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