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Pamela Anderson en la premier de A love Story film

Pamela Anderson en el estreno de A love Story filmGtres Online

Pamela Anderson, ¿juguete roto o metáfora de un tiempo frívolo y vacío?

Un documental, un libro y una serie han devuelto a la actualidad a la protagonista de Los vigilantes de la playa, icono de los 90 que anticipó la llegada de las influencers

El Hollywood clásico puso de moda a las sweater girls, más tarde conocidas como sex-symbols. El anzuelo con el que se pretendía animar a los espectadores masculinos (eran los básicos años 40, todavía no se llevaba el «género fluido») consistía en mostrar a una actriz de poderoso atractivo embutida en un insinuante suéter que realzase los rotundos perfiles de su anatomía. La primera sweater girl oficial fue Lana Turner, nada menos. El apodo se lo había granjeado gracias a su testimonial aparición en una única escena de They Won’t Forget (1937), un filme, como su propio título en inglés ya indicaba, destinado a perecer en el olvido salvo por quienes tomaron buena nota de la fugaz pero decisiva aparición en la pantalla de plata de aquella temprana diosa enmarcada en una ceñida prenda de punto.

Lana Turner, lo mismo que Marilyn Monroe en Amor en conserva, en la que cautivaba a Groucho Marx durante casi un nano segundo, y otras muchas actrices de aquella época dorada habían sido puestas a prueba de esa nada sofisticada manera antes de encargarles cometidos mayores para los que poseían sobrado talento, como luego se encargarían de certificar sus espléndidas filmografías.

Hasta Anita Ekberg, cuyo baño en la Fontana di Trevi de La Dolce Vita felliniana ha permanecido como el momento sin duda más rememorado de un filme no precisamente fácil, tuvo oportunidad de demostrar sus capacidades interpretativas durante su etapa americana a través de un papel relevante en el clásico de King Vidor, Guerra y Paz. Un encargo que a la vestal nórdica le llegó solo después de haber pronunciado cinco escasas líneas de diálogo en Artistas y modelos, concebida para mayor gloria de aquel irresistible dúo cómico formado por Dean Martin y Jerry Lewis.

La fórmula que precedía al talento

Pero el tiempo todo lo transforma, y ya durante los años 90 del siglo pasado, esa fórmula de belleza que debía preceder al talento, indispensable para luego escalar el consiguiente peldaño que permitiera franquear la puerta que daba acceso a exhibirse en personajes relevantes mediante actuaciones memorables, se quebró de manera definitiva. O así ocurrió, al menos, en algunos casos célebres como el de Pamela Anderson, la antigua conejita de Playboy que más portadas de la revista llegó a acaparar, hoy inmortalizada por un documental acompañado oportunamente de un libro sobre su fascinante existencia y hasta de una serie. Poder interpretar era ya lo de menos, o como la propia modelo de desnudos ha resumido estos días en una frase digna del mejor Montaigne: «Fueron mis tetas las que tuvieron una carrera».

Anderson no debió someterse a grandes pruebas, ni realizar cameos en películas de su época, antes de llegar a triunfar en Los vigilantes de la playa, una serie televisiva de éxito planetario en la que le bastaba con mostrarse en un ajustado bañador rojo, trotando despreocupada por las playas de Malibú: el argumento era inexistente. La propia protagonista de aquel fenómeno audiovisual cuenta ahora que las líneas de diálogo, e incluso algunas de las tramas (si es que alguna vez llegaron a existir), se improvisaban en muchos casos sobre la marcha, minutos antes de rodarse. Si la escena no quedaba demasiado bien, los miembros de producción disparaban alimento con tirachinas apuntando al cielo, que rápidamente se teñía de gaviotas ávidas, dispuestas a robarse el plano como algunos actores secundarios, desviando así la atención de una secuencia más propia de Sopa de ganso, a falta de un Groucho que proporcionara pleno sentido al surrealismo del momento.

Los vigilantes de la playa

Los vigilantes de la playaGtresOnline

En los 70, a Farrah Fawcett ya le había bastado una sola temporada de Los Ángeles de Charlie para convertirse en el gran icono sexual de los 70. Pero al menos aquellos episodios en los que lucía los cálidos destellos de su perfecta melena blonda parecían ligeramente más cuidados, había siempre algún urgente delito que aclarar, un despiadado asesino que llevar ante la justicia. La Fawcett, por cierto, nunca digirió bien del todo aquel tsunami de la celebridad y, cual muñeca rota de esa trituradora que a menudo resulta ser el espectáculo, sucumbió a las tinieblas de la enfermedad psíquica. Cuando Robert Altman la recuperó en aquella resultona comedia, El Dr. T y las mujeres, a través de su extraviada mirada se adivinaban ya los estragos de una existencia atormentada, pero entre aquellas ruinas aún podía intuirse el prodigioso magnetismo que había encandilado a esa generación que reemplazaba los cines por la inmediatez gratuita del televisor.

Animada por los excelentes resultados de audiencia que Los vigilantes de la playa cosechó en todo el mundo, hubo quien incluso llegó a creerse que Pamela Anderson podía triunfar también en el cine, esta vez actuando: las biquini girls habían desembarcado para seguir los pasos de las primitivas sweater girls. Aunque aquella diminuta escultura canadiense, moldeada por algún cirujano siguiendo el consejo de una de las asistentes del mago Hugh Heffner (a tiempo librado del escarnio de una más que probable cancelación), no pudiese aspirar nunca a convertirse en Margarita Cansino transmutada en Rita Hayworth para satisfacción de un Orson Welles encantado de convertirla en inolvidable Dama de Shanghai.

Un legado baladí

A la medida de sus limitadas dotes se tejió el corsé de cuero que apenas contenía sus desaforadas formas en Barbwire, un bodrio sin paliativos que ni siquiera convocó a los acérrimos partidarios de la chica, y que para los más curiosos acaba de ser rescatado por Netflix como oportuno complemento para terminar de configurar esas obras completas de la Anderson que no constituyen, como erróneamente pudiera pensarse, un legado baladí. La trayectoria de esta mujer ya camino de los sesenta, que ha demostrado una indeclinable fe en el amor: se ha casado casi tantas veces como Liz Taylor, y como aquella, al final no ha tenido reparos en encontrar pareja incluso entre el servicio (su último marido fue uno de los albañiles que le arreglaron su casa de la isla donde creció), ilustra como pocas algunas de las tendencias que han marcado y explican nuestros perplejos tiempos.

Pamela Anderson ha sido, en cierto modo, una pionera. Si al inicio de los 90 nos descubrió un nuevo tipo de celebridad, aquella que podía triunfar en la pequeña pantalla gracias exclusivamente a su imagen, sin necesidad si quiera de atesorar un mínimo talento para la interpretación, poco después se convertiría en la involuntaria referencia de esa nueva clase de fama que prescinde ya sin prejuicios de la necesidad de formar parte del elenco de una película o serie, cantar, bailar o de algún otro atributo artístico o hazaña deportiva que la sustente.

El robo de las cintas

Uno de los episodios más populares de la vida y milagros de Pam (no confundir con la otra, nuestra estrafalaria secretaria de Estado) fue aquel del supuesto robo de unas cintas que contenían imágenes explícitas de la luna de miel que gozó con el amor de su vida, el rockero Tomy Lee. Aquel hurto y sus posteriores consecuencias han dado para tanto que hasta la otrora ingenua Disney ha auspiciado una serie de éxito que explicaría sus azarosas circunstancias, y contiene además escenas tan delirantes como aquella en la cual el antiguo batería de Motley Crue mantiene una animada charla con uno de los miembros más populares (gracias a los vídeos) de su tatuada anatomía, su pene parlanchín.

Según narra ahora ella misma, aquella anécdota marcó su vida para mal, sumiéndola en una depresión cuyas secuelas aún arrastraría. Ni ella ni su pareja de entonces se lucraron con el gran negocio de su proceder más íntimo expuesto sin tapujos ni censuras, y en cambio vieron afectadas sus respectivas carreras, sobre todo ella, por la presunta publicidad negativa que les ocasionó. La gestión de aquel vodevil con tintes de porno-light, y sus inesperadas repercusiones de celebridad aún mayor para sus protagonistas, habría de servir como ejemplo para una nueva generación de muchachas dispuestas a ir un paso más allá en la rentabilización de la propia imagen, al margen ya de cualquier actividad artística o profesional.

La primera 'influencer'

Con la difusión de su vídeo, la Anderson anticipó el reinado de las influencers, esas prescriptoras convertidas en celebridades de un día para otro por algún hecho específico, generalmente vinculado con algún escándalo sexual en el caso de las pioneras, y por supuesto ajeno a la publicación de un libro, la participación en una película o el logro de un récord deportivo. Siguiendo la estela de la actriz, con la publicación de sus particulares hazañas eróticas «inconvenientemente» robadas, Kim Kardashian o Paris Hilton han devenido en paradigmas de este nuevo reinado de las creadoras de contenido vacuo, pero con posibilidades infinitas de conectar directamente con millones de usuarios a través de las redes sociales.

Más allá de su condición de icono de una época que antepone siempre la forma sobre el fondo, Pamela Anderson se ha convertido en una de las figuras determinantes, fundamentales y esenciales en el advenimiento de este último, más reciente capítulo de la civilización del espectáculo, o de «la muerte de la cultura» que proclamaba Revel: el de la fama por sí sola que ya no obedece a ningún criterio sólido, cualidad elevada o logro sustancial. Lo cual no es poca cosa para una mujer que concede todos sus logros a la virtud de unos implantes.

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