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16 de junio de 2024

Alejandro Gándara con su nueva novela, 'Primer amor', en su entrevista con El Debate

Alejandro Gándara con su nueva novela, Primer amor, en su entrevista con El DebateAlejandro Vega

Alejandro Gándara: «La vejez es un regalo: es la posibilidad de volver a vivirlo todo con sentido»

Tras un silencio narrativo de cinco años, el escritor publica Primer amor, un relato de pasiones imposibles de juventud; una novela para ese momento en que uno necesita, de una vez, «empezar a entender el amor»

Dice Alejandro Gándara (Santander, 1957) que él escribe para entender no tanto el mundo como a sí mismo. Y que en esta etapa en declive que es la ancianidad (en sus propias palabras) tenía atravesada su primera experiencia amorosa, y no comprendía por qué. «Quería empezar a entender el amor; no digo a manejarlo ni nada parecido, solo a entenderlo. A que no me destruya y a no destruirlo: tan fácil es lo uno como lo otro», dice serio y adusto sentado en las oficinas de su editorial.

Ganador del premio Nadal de 1992 con Ciegas esperanzas; del Anagrama de ensayo con Las primeras palabras de la creación (1998) y del Herralde de novela de 2001 por Últimas noticias de nuestro mundo, hubo un tiempo en el que Gándara era referencia obligada de nuestras letras. Y ahora, con Primer amor, vuelve a serlo, buceando en otro tema universal, más allá de la muerte, el saber y el sentido de la vida. Distintas caras de una misma moneda que el escritor lanza a menudo, para regocijo de sus lectores. Aunque él no escribe para nosotros.

–A sus 65 años, ¿por qué le ha interesado retrotraerse a su primer amor?

–Creo que a medida que uno se va haciendo mayor tiene más posibilidades de experimentar la vida con todo el sentido que tiene. Es decir, cuando uno es joven, las experiencias le pasan por encima. Está sintiendo todo el tiempo, todo está desbordado. Cuando uno es mayor tiene la posibilidad de volver a vivir esos momentos y tratar de darles algún sentido con toda la experiencia que ha acumulado o con todo lo que ha aprendido. A mí la historia de este amor me ha perseguido, como a casi todas las personas que han tenido un primer amor de cierta importancia cuando eran jóvenes, y en este momento es cuando han encontrado el sentido que tenía, cuando he descubierto qué significaba para mí.

–¿Llega a entenderse entonces ese amor impetuoso de la juventud? ¿Llega a tener un sentido?

–Yo creo que el amor se entiende como casi todo lo que depende de las decisiones que has tomado: con el tiempo. Por eso, en cierto modo, la vejez es un regalo: es la posibilidad de volver a vivir lo anterior con sentido. Creo que los 60 es una buena edad para reflexionar sobre lo que uno ha hecho. Con la vida en general y con el primer amor en particular.

–Hay un momento en el que dices que esas dos palabras, «te quiero», sólo se dicen de verdad una vez en la vida.

–Bueno, depende de cómo sea uno. Yo soy muy gamberro, ya lo he dicho muchas veces, pero realmente lo que no entendemos casi nunca es la profundidad y la responsabilidad que implica decir esas dos palabras. Yo realmente siempre he pensado que cuando a uno le dicen te quiero, lo primero que debe hacer no es irse a casa corriendo lleno de alegría y contárselo a los amigos, sino decirle: ¿para qué? ¿Para qué me quieres? ¿Con qué me quieres? ¿Y qué significado tiene que me quieras? Yo le haría un examen en profundidad al sujeto antes de ponerme tan contento. Porque el querer es un tesoro, y un te quiero" es una forma de hablar muy engañosa, que se puede aprender por muchas razones. Hay apegos, hay obsesiones, hay necesidades e intereses, hay soledad... y todo eso está metido en una declaración amorosa. No basta con decir te quiero, hay que saber algo más de ese amor. Y, de hecho, creo que las relaciones amorosas se inician para saber qué clase de amor es el de cada uno.

No entendemos casi nunca la profundidad y la responsabilidad que implica decir esas dos palabras, 'te quiero'

–Sin embargo, las cosas más importantes de la vida no tienen un para qué. Son un fin en sí mismas, ¿no?

–Sí, y cuando es un amor bueno, es así. Pero para saber si lo es hay que cuestionarlo. El cuestionario Gándara se aplica para que uno se entere antes. Casi todo lo que llamamos felicidad no es nada más que tener una vida en que la mayor parte de las cosas que hacemos se bastan a sí mismas y no tienen ningún fin. Es como sentir placer por la comida o sentir el amor mismo, o ver un paisaje o contemplar a la persona amada. Esta definición de la felicidad ya la daban los griegos.

–Por un lado, la primera experiencia amorosa es pura, y por ello es verdadera: uno ama sin reservas, sin miedos, sin heridas. Por otro lado, como señala, uno carece de recursos para hacerle frente, para manejarla. Es lo que le pasa a su protagonista, Andrés, que siente ese amor con violencia, con desesperación. ¿Es mejor el amor sin mediatizar?

–No lo sé, pero este primer amor sí está muy mediatizado. Lo está por la tragedia de su casa, por la posición social, por su propio miedo. Y Brígida está absolutamente coaccionada por los padres y por el entorno social. Pero con el tiempo aprendemos que esas cosas influyen, intervienen. Es lo que se llama «la red social del amor». No es solamente que tú quieras, que eso es una cosa que piensas en la adolescencia y la primera juventud; que lo que tú quieres se tiene que producir, que no tiene ningún tipo de condición, que la vida no tiene condiciones. Lo que acabas descubriendo con el tiempo es que la vida tiene condiciones que no te gustan. En el caso del amor que cuenta la novela, la condición social, que es determinante para que se interrumpa, no es lo único que impide el amor; sería un error pensar que ese amor se interrumpe por la intervención del padre de Brígida. Hay más cosas. Está también la propia intensidad del protagonista masculino, el perfil más acomodaticio del personaje femenino... Es que lo que decía Freud: «Debemos aprender que no podemos tener todo lo que queremos». Eso se lo cuentas a alguien de 16 o 18 años y se descojona de risa en tu cara.

–Porque vivimos en la dictadura del sentimiento, según la cual lo que uno siente es ley, y, elevadas las satisfacciones a derechos, se exige su cumplimiento.

–Es el lema de nuestra sociedad: «Estoy insatisfecho porque no tengo lo que quiero». Es de un infantilismo absoluto. Hay una inmediatez entre la voluntad del sujeto y el objeto que persigue a la que no se puede resistir. Es una enfermedad.

Es el lema de nuestra sociedad: «Estoy insatisfecho porque no tengo lo que quiero». Es de un infantilismo absoluto

–Mencionaba antes la intensidad del personaje masculino. Es sorprendente, por arquetipo y por época, que sea él el emocional y ella la fría.

–Es verdad. Pero creo que ese amor violentamente romántico fue una ideología de una época, transmitida básicamente por el cine americano y por las novelas malas. Yo ahora miro a mis hijos, por ejemplo, y no les veo tan desesperados. A veces lo pasan muy mal, pero no veo la violencia que hay en Andrés pegada al amor. No es una fuerza de la naturaleza, exactamente. En esa época es una violencia, una crispación, una angustia que está por encima incluso del placer que procura el propio amor.

–Escribe: «Se atormenta. El tormento es un pozo: hoza y hoza». ¿Tormento y amor, violencia y amor, van de la mano?

–El amor es un juego de cartas con la muerte, sobre todo cuando eres joven. El primer amor (que suele suceder cuando eres joven, aunque hay muchos que lo tienen bastante después) te pone en una situación en la que te juegas la vida, pero no tienes ni recursos ni herramientas para defenderte, no sabes qué es. No tienes el lenguaje articulado suficiente como para enfrentarte a ella, te arrasa completamente. De ahí que, por ejemplo, sea la adolescencia la zona con mayor tasa de suicidios de todas las edades. Aunque sí creo que amas con la misma angustia y desesperación en otras etapas de la vida, pero con esa edad estás desarmado.

–No tienes herramientas para afrontarlo, pero en la juventud, al ser una intuición tan pura, sí que tienes herramientas para reconocerlo. A veces el problema del amor en la edad adulta es el reconocimiento. En la juventud uno nunca duda cuando está enamorado...

–No hay dolor como reconocerse enamorado, porque el amor causa dolor, el amor duele. Si no te duele nada, no te está pasando nada. Eso también lo dice Andrés en el primer capítulo de la novela. Si el amor es dolor o si el dolor es amor... llega un momento en que no sabes si lo que quieres es el torrente o si lo que quieres es enamorarte.

Alejandro Gándara, en su entrevista con El Debate

Alejandro Gándara, en su entrevista con El DebateAlejandro Vega

–Los personajes sufren grandes transformaciones a lo largo del libro, que abarca casi cinco décadas. Sabemos lo que es acompañar a un protagonista como lectores, pero ¿cómo es como escritor?

–Es igual que para el lector: acabas conviviendo con él, acabas estando con él y encariñándote, no hay ninguna diferencia. Y lloras con él y tienes miedo con él y te pasa todo con él. En este caso, además, la novela tiene algunos rasgos autobiográficos... pero es exactamente lo mismo. Estás en su piel.

–Hablando de rasgos autobiográficos, dice que se está volviendo más vago a la hora de elaborar los personajes. ¿Por eso tira de autoficción?

–Pues déjame que piense. No, las últimas no han sido muy autobiográficas. Primer amor sí es bastante biográfico, pero está muy elaborado. Yo no soy exactamente el personaje, ni hice lo que hizo. Pero siempre hay algo que me sirve de inspiración en mi vida: algo que se convierte en un problema o en algo que no entiendo, o en un dilema, en una paradoja. Entonces lo investigo con los materiales que mejor conozco (la escritura), que tiene que ver con la propia vida, pero no necesariamente soy yo. Son también otros que están muy cerca. La novela que más me ha gustado que he escrito es La vida de H, y en ella yo estoy prácticamente desaparecido, pero es la mirada absolutamente asombrada sobre una hija (y no como hija siquiera, sino como como ser humano).

–En esa novela se preguntaba cómo mira un niño la muerte. Siempre hay una pregunta en su escritura...

–Como ahora, que me pregunto: ¿por qué me sigue doliendo tanto el primer amor? Se convirtió en una historia que era una especie de paradigma de la vida. Pensaba que el primer amor es el último, y todos los demás son o variaciones sobre ese modelo original o consecuencias de ese primer amor. Pero descubrí que todo eso era mentira. Andrés utiliza el amor como símbolo de la ruptura que va a tener con todos y con todo. Toda su vida va arrastrando en realidad la imagen de ese primer amor, escondiendo la pregunta de por qué hizo lo que hizo.

–Ahí está el mito también de «la mujer atravesada», ese modelo masculino por el cual siempre tienen un gran amor que utilizan como excusa para no avanzar, como si fuera un ancla rodeada de una idea romántica algo rancia...

–Al hombre le encanta esa situación. Eso de un amor imposible le parece que le dota de un aura romántica especial, específica. Pero lo masculino, propiamente hablando, es enamorarse de alguien que no existe y después pegar a la que está en casa. El problema aquí es que hay una violencia masculina social contra la mujer aceptada durante muchos años. Para el hombre el ideal de la mujer está siempre en las alturas, pero después se quita el cinturón con la de casa. El hombre quiere es amar a una mujer que no exista, esa es su principal pasión, y de hecho la reviste de todo tipo de cosas: es un producto de su imaginación.

Al hombre le encanta esa situación: un amor imposible le parece que le dota de un aura romántica especial, específica

–¿Cree que la deriva actual, de relaciones líquidas, de incapacidad de compromiso, incluso de una cierta sexualidad fluida, es la consagración de ese modelo?

–Yo estuve en la universidad española en los años 70. A mí la sexualidad líquida esta y todo lo demás me da risa. No sé qué es ni qué tiene de moderno, pero sí es cierto que el compromiso está muy eludido, que hay un pánico a comprometerse o a arriesgarse. Hay un cierto miedo al otro. Yo creo que tiene mucho que ver con el miedo a los demás, que se han convertido en auténticos enigmas en nuestra vida. Decía Sartre que el infierno son los otros. Italo Calvino decía que el infierno es lo que nosotros hacemos los unos con los otros. Tenemos miedo al otro, al diferente.

–Usted nació en Santander, y sin embargo describiendo Segovia, su muralla y sus arrabales uno podría trasladarse allí. ¿Cuál es su vínculo con la vida castellana? ¿Cree que hay una cierta forma de sentir en Castilla?

–Yo nací en Santander, pero a los dos años me llevaron a Salamanca. Me siento más castellano, y lo digo con orgullo. Yo nací en Santander por casualidad, estoy casado con una santanderina y veraneo en Santander, pero soy de Castilla. Los de Salamanca me parecen más brutos que los de Santander, pero en cambio tengo más empatía con su brutalidad, por decirlo así, que con que con la elegancia de los santanderinos. Supongo que es la educación... donde uno aprende a jugar, con quien uno juega de pequeño, es con quien acaba manteniendo después relaciones de empatía.

–¿Cree que el carácter lo marca el juego?

–El juego es básico en el lenguaje. Yo todavía tengo muchísimos giros salmantinos, absolutamente, y llevo en Madrid desde los 17. Pero reconozco enseguida las palabras y voy mucho más por Santander que por Salamanca. Pero soy castellano.

–Y como castellano, ¿cree que hay una forma específica de amar en Castilla?

–Creo que los castellanos han heredado la gratuitas romana. Esa sobriedad, esa seriedad, ese estar siempre tieso en la vida. En el amor, el castellano no es una persona especialmente explícita, ni hipersensible, y tiene un horror a que se confundan sus gestos. Como el Cid Campeador. Siempre cuento que en la biblioteca de de mi pueblo, Ciudad Rodrigo, había sólo una biblioteca, y debía haber sólo dos anaqueles: la mitad eran las obras completas de José Antonio Primo de Rivera y la otra mitad las obras completas de Astérix y Obélix. Esa ha sido mi educación sentimental.

–¿Esa fue su educación sentimental?

–Con el tiempo les pareció que tenían poca biblioteca y adquirieron las obras completas de Platón. Así que yo leía a Primo de Rivera, Astérix y Obélix y Platón, y así me he quedado.

–Mi profesor de Filosofía decía que uno sólo lee lo que lee antes de cumplir los 18, en el sentido formativo.

–Lo mejor es que yo fui después profesor durante años de Historia de las ideas políticas. O sea que coincido: a mí me marcó absolutamente.

–Hablando de Primo de Rivera, la novela se desarrolla paralela a una situación muy cambiante en España. Hay un paralelismo entre la historia de amor y desamor de los protagonistas y la situación política española. ¿Cree que la situación política, económica, social y cultural de un país influye en la conceptualización del amor?

–El amor tiene una serie de interferencias estructurales y en aquel momento, siendo además un medio rural, eran absolutas. La presión social es lo que caracteriza al mundo rural y provinciano. Y eso no ha variado en absoluto; ya se sabía que nada iba a cambiar. Hay una Constitución y es democrática; es decir, ha habido cambios, pero lo que no ha cambiado es que la vida en los pueblos sigue siendo absolutamente asfixiante; no ha cambiado la presión social y el absoluto convencionalismo, tradicionalismo y conservadurismo. Eso no ha cambiado ni lo más mínimo. La diferencia entre el medio rural y el urbano continúa existiendo; es algo estático.

En los pueblos sigue siendo absolutamente asfixiante la presión social y el convencionalismo, tradicionalismo y conservadurismo

–En 2020 se desvió de sus temas y se atrevió con el presente, con «el tema». No es frecuente apartarse de los caminos trillados para abordar una realidad tan abrumadora como la pandemia de la Covid-19… ¿No necesitaba en este caso cierta distancia para mirarlo?

–El libro Dioses contra microbios lo escribí en un mes. Llevaba mucho años dando clases de Historia de las ideas y nunca me había apetecido escribir sobre eso, porque me parecía que no tenía lectores, pero de pronto vi algo de la realidad que podía sacar a flote todas las ideas que había estudiado y todo lo que había en la historia de la filosofía. Lo escribí porque me pareció que tenía que hacerlo, que era urgente y que además, desde el punto de vista de la filosofía, denunciaba muy bien el sistema y las operaciones que se habían hecho desde el punto de vista de la salud pública y de las restricciones que se impusieron después de la pandemia.

'Dioses contra microbios: Los griegos y la COVID-19' (Ariel), de Alejandro Gándara

'Dioses contra microbios: Los griegos y la COVID-19' (Ariel), de Alejandro Gándara

–También era un tema que, de nuevo, le llevaba a un tema universal: el de la familia, los «núcleos de convivencia» los vecinos, la ciudad (también mucha «ciudad» frente al «arrabal» en Primer amor)....

–Sí, efectivamente, es una reflexión sobre qué significa la comunidad. Vamos haciendo comunidad en los diferentes grados, el familiar, el afectivo y después en la casa, en el barrio. Y me sorprendió que por debajo de la apariencia absolutamente superficial que tienen las relaciones urbanas, que son básicamente instrumentales y utilitarias, durante la pandemia surgieran lazos de vecindad, lazos de solidaridad. En mi barrio se crearon brigadas para llevar comida a los ancianos. Yo creo que fue algo que nos cambió a todos, de alguna manera.

–Muchos en cambio opinan que no hemos cambiado en absoluto.

–Los que dicen eso ya lo decían antes también. Desde luego, las urgencias psiquiátricas demuestran que algo ha cambiado. Y si algo ha cambiado para mal, también algo ha cambiado para bien. Los cambios son los de siempre. Yo sí noto, por ejemplo, que la relación con los vecinos es francamente distinta. Hay barrios que no han necesitado una pandemia para trazar lazos de solidaridad, pero después estamos los pijos entre los pijos (yo vivo en Chamberí), que creo que sí que hemos despertado.

–La muerte y el duelo están muy presentes en su escritura. «Cuantificación, como reflejo homogeneizador del dolor, la soledad y el desamparo», dice sobre el recuento de víctimas.

–Nos meten en la escuela a los 3 años y nos salimos hasta los 16 de forma obligatoria, algunos hasta los 21, los 23 o los 25. Después de estudiar 20 años uno debería ser astronauta, médico, piloto de carreras, neurocirujano y atleta. Y resulta que salimos medio analfabetos. No sé qué es lo que hacemos en la educación. No sabemos nada de nuestro cuerpo, no sabemos dar consuelo a otros, no sabemos cómo se cura el dolor, cómo ayudarnos. Y forma parte de la convivencia y de la calidad de vida. Una de las labores propias de cualquiera que se dedica al pensamiento o a la escritura es recuperar para la comunidad y para la vida civil los aspectos fundamentales que los programas de educación no tocan jamás, como la muerte. Pero eh, sabemos inglés, que por lo visto es una cosa importantísima, aunque yo no lo uso jamás. Por no hablar de que el inglés tiene una ideología detrás muy concreta: un convencionalismo y una literalidad de primera división. Estas cuestiones son fundamentales para mí, empezando por que no sabemos pensar. Por eso mi pensamiento y mis clases empezaron a hablar de otro tipo de filosofía, de una filosofía que tiene que ver con la búsqueda del bien, como los griegos, y el conocimiento de uno mismo. Por otra parte, tampoco estaba haciendo nada nuevo...

Una de las labores propias de cualquiera que se dedica al pensamiento o a la escritura es recuperar para la comunidad y la vida civil los aspectos fundamentales que los programas de educación no tocan jamás

–Y en 1989 fundó la Escuela de las Letras y en el año 2000, la Escuela Contemporánea de Humanidades. Como con el amor… ¿qué lugar cree que ocupan las Humanidades hoy?

–Tenemos habilidades profesionales, pero no habilidades sociales y personales. Sólo tenemos habilidades para hacer empleos, para crear empleados. Eso es lo que le parece a ellos (los políticos) que queremos ser, y todo lo demás es la oscuridad más absoluta. Pero como yo no he nacido para ser esclavo, desde luego no tengo ninguna intención de soportar semejante sistema.

–Justo esa es su frase más citada: «La diferencia entre un esclavo y un ciudadano es que el ciudadano puede preguntarse por su vida y cambiarla». En el curso de esos proyectos se adentró en la investigación de las relaciones entre la palabra y la curación, el duelo y la pérdida, y el pensamiento en imágenes. Aunque da cursos especializados sobre esto, ¿cuál cree que es el poder de la palabra en la curación?

–Diría que es el lugar de Dios. Es el lugar desde el que podemos pensarnos a nosotros mismos. Pero estamos perdiendo la palabra (y no es sólo porque la gente no lee, que a mí me parece una tontería: no es importante leer en cuanto a cantidad, sino en cuanto a calidad). La gente no sabe expresarse. Si antes el paradigma, el modelo que seguíamos, era el del lenguaje escrito, que ha sido el modelo para el lenguaje hablado durante varias décadas, ahora es el modelo de la comunicación periodística, que es informativo y falsamente transparente. Parece que lo que dice es exactamente lo que significa y que detrás de ello no hay nada. La gente habla así de sus sentimientos, habla así de sus problemas: habla y no dice nada, porque la palabra tiende a la oscuridad. Hablas para poder iluminar la oscuridad de tu propia vida. No hablas para comunicar que sales de una habitación para entrar en otra: ¡eso no hace falta que lo digas! Por eso la palabra ocupa el lugar de Dios: es el lugar desde el que nos podemos pensar a nosotros mismos, igual que Dios nos ha pensado a nosotros. Y da igual en qué Dios creas, aunque yo sí creo que un uno.

–Y el lenguaje configura el pensamiento. Por lo que si no hay forma de expresarse, también se reduce la capacidad de pensamiento.

–Hay, por ejemplo, un pensamiento al que nadie presta atención, que es el pensamiento intuitivo. Lo que los griegos llamaban el idioma de la filosofía, en realidad es tuya, a veces cargada de experiencia. A los 12 años a un niño le han pasado tantas cosas que no necesita aprender mucho, pero sí necesita no ponerse obstáculos a sí mismo, dejar salir la experiencia, eso que es el primer golpe de vista, las sensaciones que se tienen. Todos «sabemos» mucho ya, pero si tenemos que traducirlo a palabras, entonces nuestra experiencia de las cosas se reduce y nuestra memoria se reduce aún más, y empezamos a ser ignorantes, a saber demasiadas pocas cosas. El pensamiento intuitivo permite unir toda experiencia que atesorada y toda tu herencia. Si lo dejas salir, si no lo constriñes con normas o con reglas sociales, pedagógicas o de otro tipo, el pensamiento ayuda a la palabra. El pensamiento de las imágenes, el intuitivo, el pensamiento discursivo, deben apoyarse, no separarse. Todo lo que somos nos vale.

–En ese sentido entonces usted es un privilegiado al trabajar con la palabra (y con el pensamiento).

–Para mí sí ha sido así, pero no he tenido éxito al transmitirlo. No me han escuchado, no me han hecho caso. En general, la creación sirve para eso: para poder pensar lo que me ocurría en unos términos que no me han sido dictados por nadie y que yo puedo ver de una forma más o menos limpia o más o menos personal. Eso ha sido un regalo impagable.

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