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13 de abril de 2024

Estatua ecuestre de bronce de Marco Aurelio (176)

Estatua ecuestre de bronce de Marco Aurelio (Museos Capitolinos, 176)

¿Fue Marco Aurelio, el emperador estoico, el gobernante perfecto?

Ni los derechos dinásticos ni la democracia proporcionaron el gobierno que hizo realidad quizá el mayor período de altura y prosperidad en la historia de las civilizaciones

Si el gobierno utópico de los mejores, de los filósofos de Platón, hubiera existido, es posible que Marco Aurelio hubiera sido el líder ansiado. El último de los llamados por Maquiavelo los «Cinco Buenos Emperadores» (Nerva, Trajano, Adriano y Antonino Pío como antecesores) significó la culminación y el fin de la época más elevada del Imperio, que coincidió con el fin de la sucesión por adopción. Los cinco emperadores fueron elegidos por el precedente sabio emperador que obvió los derechos dinásticos en favor de la personalidad, el talento y la formación que vendría, esta, determinada una vez comprobado que quedaban cumplidos los dos requisitos anteriores.
Ni los derechos dinásticos ni la democracia proporcionaron el gobierno que hizo realidad quizá el mayor período de altura y prosperidad en la historia de las civilizaciones: la Pax Romana. Más de dos siglos de estabilidad y desarrollo en que, con Marco Aurelio al final, se alcanzaron todos los ideales y propósitos para un pueblo, que decayeron con la decisión equivocada de nombrar como heredero a su inepto hijo Cómodo: la ironía del inicio del nepotismo después de la excelencia. El último de la gran dinastía hispánica de los Antoninos fue un filósofo estoico que empezó a desarrollar su carácter tomado del brazo del emperador Adriano desde muy joven.
Su madre, Domicia Lucilla, se empeñó en que el niño Marco estudiara siempre en griego, la lengua de los grandes filósofos. Aprendió en casa (gracias a una exención de la escuela permitida por su condición patricia) de los seguidores y miembros de El Pórtico, la escuela estoica de Séneca donde decidió no solo conocer la filosofía, sino ser miembro de ella más allá o a propósito de su condición de gobernante. Una condición que superó en su única condición de aristócrata de cuna y también de saber y virtud: el ideal platónico, como el amor. No le interesaba la guerra, ni el ejército, pero en su aceptación vital, cultural, serena, estoica, de las cosas, sin formación militar se convirtió en un líder mantenedor de las fronteras del vastísimo imperio y amado por el pueblo y las tropas, a las que, en una demostración de honestidad, negó un aumento de la soldada tras la última campaña victoriosa en Germania.
Sin dádivas triviales, sin engaños, el filósofo y guerrero por destino fue un gobernante insuperable en fama y aprecio popular, con una impronta que alcanzó mucho más adentro de su envoltorio, desde donde escribió Meditaciones en la simple observación y aceptación de la realidad. Los pensamientos y las reflexiones de un hombre de hace 2.000 años tan vivos como la filosofía que sigue aguantando el peso del mundo moderno: «Cuando te levantes por la mañana, piensa en el privilegio de vivir: respirar, pensar, disfrutar, amar», escribió. Un gobernante. Esto lo escribió un gobernante en su intimidad, el mayor líder mundial hace dos milenios. Los pensamientos que aplicó a la política sin olvidar el estoicismo necesario para su obligación.
El emperador que aceptó su destino vital sin que el cultivo del alma se inmiscuyera (todo lo contrario: fue el complemento ideal, platónico) en sus deberes. «Verissimus» (honesto), dicen que le apodó el emperador Adriano cuando se fijó en él siendo solo un niño para sucederle. Cuando fue nombrado emperador, después de un «entrenamiento» filosófico y político (como cónsul y poseedor de gran influencia previa desde pronta edad en las decisiones del Imperio por deseo de su antecesor, Antonino Pío), quiso que su hermano adoptivo, Lucio Vero, fuera tan emperador como él, y así fue hasta su muerte en combate ocho años después. Rey cristiano sin serlo, en el fondo y en la forma, Marco Aurelio fue el gobernante perfecto que avergüenza sin remedio, inalcanzable, a la mayoría de sus homónimos para la posteridad.
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