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Franco Battiato

Franco Battiato

El Debate de las Ideas

Nosotros, los melancólicos

Nosotros que hemos nacido bajo la égida de Saturno. Nosotros que vivimos en «el mes de las avellanas y el silencio» (Julio Llamazares). Nosotros que supuramos bilis negra. Que conservamos una vaga sensación del Edén perdido. Nosotros, taciturnos, hipocondríacos, misántropos… espíritus fraternos, nebulosas almas, ¡Salve!

Nosotros que sabemos que la belleza puede doler. Nosotros a los que nos envuelve desde el andén el vapor de la vida que traquetea y se nos va. Que excavamos grutas en nuestro interior, no con avaricia de minero ni curiosidad de arqueólogo, sino con el instinto del hibernante. Nosotros que estamos emparedados en nosotros mismos. Que somos un pozo sellado bajo el que discurren torrentes hondos y bulliciosos. Que somos exiliados, náufragos y huérfanos. Todo lo humano nos es ajeno y aun así somos los depositarios del misterio de la humanidad: nuestra desazón nos dice que no pertenecemos y que no nos pertenecemos.

Hemos mirado la brasa deshecha del sol en el mar con Manuel Machado. Con José María Valverde hemos reposado nuestra angustia en las rosas, que mueren al decir su palabra. Como Claudio Rodríguez, resucitamos una y otra vez aquel tizón de la infancia. Miramos las huellas del tiempo en las nubes como José Hierro. Somos el «Dámaso frenético», el amarillo ciempiés que clama hacia Dios con sus tentáculos enloquecidos.

Como don Quijote velamos en las florestas y dormitamos «sin dormir ni estar despiertos». Como el protagonista de Noches Blancas «imaginamos novelas enteras». Apuramos un sucedáneo de vida, nos arrojamos a las fauces de quimeras imposibles; diseñamos y ensayamos encuentros fortuitos y vivas conversaciones; nos entregamos a un baile de sentimientos imaginados que como a cenicientas se nos desvanecen, dejándonos al desabrigo de la realidad; «saqueamos avaramente / siempre una misma imagen» (Francisco Brines).

Vivimos dispersos, descuartizados como Osiris y Dionisio, y nuestros pedazos repartidos entre el pasado y el futuro, entre la añoranza y la zozobra. El presente se nos presenta como anfitrión poco hospitalario. A veces escalamos los riscos de lo sublime y nos creemos capaces de cualquier cosa; a veces lo cotidiano nos derrota. En ocasiones experimentamos consuelos tiernísimos y nuestro pecho se hincha y se colma nuestra sensibilidad; pero siempre hay un esclavo detrás retirando la corona al tiempo que susurra: «Recuerda quién eres».

Si prestamos atención, nos reconocemos sin saludarnos en medio de la multitud, como miembros de una logia cuya seña es casi imperceptible: una derrota en los párpados, una respiración al borde del suspiro, un frenetismo interior que desemboca en la mordida. Nos reconocemos y formamos una república de hombres sentados y pensativos de la que habló Walt Whitman. Lo veo y lo sé: este es compatriota. Kafka, Virginia Woolf, Durero, Borromini, Kierkegaard, Zurbarán, Adrien Brody, Sufjan Stevens, Ratzinger, Krzysztof Kieślowski, Terrence Malick, Baltasar Gracián, Robert Pattinson, Greta Garbo, San Juan apóstol, Santa Teresa del Niño Jesús, Liv Ullmann, Novalis, Juan Ramón Jiménez, Buster Keaton, T. S. Eliot, Blaise Pascal, Rachmaninoff, Schubert, Shostakóvich, y entre los italianos Bellini y Verdi, aunque no lo parezca de primeras.

Y también reconocemos a los intrusos, a los que usan de la melancolía como una pose, aquellos que hacen una máscara de nuestra afección para simular hondura espiritual, como Orson Welles, Lord Byron o Pedro Pascal. ¡Fuera! No, no queremos extranjeros en nuestra república de hombres sentados y pensativos.

Y a veces nos encontramos y nos sentimos comprendidos. Y por un momento vencemos la egolatría y aprendemos a habitar un poco más la soledad. Nos encontramos en la mirada perdida y narigona de Franco Battiato (sobre todo cuando dice: «Si salverà chi non ha voglia di far niente e non sa fare niente»), en la voz aterciopelada de Lana del Rey, en las estepas urbanas de Hopper, en las coloridas soledades de Munch, en las oscuridades no efectistas de Ribera, en las torres solitarias de Mesanza, en el viento suave de la Pavana de Ravel, en la mezcla inquietante y triunfante de Muerte y Transfiguración de Strauss.

Los melancólicos somos sabedores de un secreto. Muchos no llegan nunca a ponerle palabras: hay un escondido goce en la tristeza. Esto hace que no siempre la rechacemos, sino que la bebemos de a poco, como un fármaco pronto a convertirse en veneno, y nos recreemos en ella. Las más de las veces sobrepasamos la dosis. Freud habla de la melancolía como de un duelo en el que no se sabe bien qué se ha perdido. Se da así una identificación del yo con el objeto perdido: en vez de buscar un nuevo objeto de deseo, la energía libidinal se repliega y «la sombra del objeto cae sobre el yo». Esto produce, en términos freudianos, un «automartirio gozoso».

Aristóteles y Marsilio Ficino nos alientan vinculando la melancolía con la genialidad. El primero dice que es la condición de todo filósofo y poeta. El segundo la caracteriza como la theia mania platónica (la locura divina), como furor que puede elevar el alma hacia las regiones más elevadas. Pero ambos coinciden en que debe estar equilibrada a riesgo de caer en la desesperación y la apatía. Ficino recomienda contrarrestar la influencia de Saturno con la de planetas benéficos: Sol, Júpiter, Venus y Mercurio. También recomienda aromas, vinos, aire puro y música.

Partiendo de los sabios consejos de Ficino (sol, aire, limpieza), he podido observar que a los melancólicos nos hace bien el cielo abierto. Un día soleado de campo puede oxigenar las viciadas estancias del alma. Es importante pasear diariamente. Kafka decía que todo encajaba cuando andaba solo y Nietzsche que solo valoraba las ideas «ganadas por el paseo» que le llegaban como pájaros inopinados. También la actividad nos saca de nuestros confinamientos. Nada es más necesario para el melancólico que superar la parálisis y sazonar sus días con las pequeñas satisfacciones de las tareas diligentemente realizadas. En general, todo lo que nos saque de la autocompasión y la autocomplacencia es beneficioso. Cuando uno se siente abatido, en vez de achantarse, hay que doblar la apuesta y atender las necesidades de los demás.

Franco Battiato

Franco Battiato

Tenga paciencia con nosotros, extranjero de la República de los hombres sentados y pensativos. La reclusión no es pasotismo, sino fragilidad. Las palabras dichas con la mayor liviandad hienden en nuestra alma y se quedan ahí a vivir. El melancólico es capaz de una vida apasionada si se le respetan sus tiempos. Y si un melancólico le confía su corazón es porque ha encontrado en usted un lugar donde descansar. Y a ese hogar, a ese lugar de retorno y de reposo, le profesará la más alta fidelidad.

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